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lunes, 14 de marzo de 2016

Doña Ana cuenta su historia de vida

Doña Ana no tiene inconveniente en contarme su historia de vida pero me pide que no cite su apellido porque teme que sus hijas se enojen con ella por haber revelado su pasado públicamente. Aceptada esta condición me cuenta que su padre se llamaba Joseph y que llegó al país en 1905. “Era de la aldea Kamenka” –agrega. “Tenía ocho años y vino con sus padres y tres hermanos” –completa.

“Mi padre recordaba algunas escenas que vivió sobre el barco. El miedo que pasaron. Me contaba de cuando bajaron en Buenos Aires sin entender una sola palabra en castellano. También se acordaba algunas cosas sobre su viaje en tren a la colonia. Cómo los recibieron los parientes que los esperaban deseosos de recibir noticias del Volga” –resume doña Ana.
“Mi papá se puso a recordar cuando envejeció. Siempre andaba muy triste, sentado debajo de los árboles, solo, pensando. Seguramente se acordaba de la familia que quedó allá. Lástima que en aquel tiempo a nadie le importaban esas historias” –se lamenta.
“Mi padre fue un buen hombre. Trabajador, honesto, muy recto y estricto, eso sí. Teníamos que ir todos los domingos a misa y todos mis hermanos varones tenían que ayudarle al sacerdote, en la iglesia y en la casa parroquial. Era muy católico. Nunca lo escuché decir una sola mala palabra ni tampoco rezongar por nada. Iba siempre a misa” –enfatiza.
“Era un hombre muy bueno” –repite. “Me permitió casarme con la persona que quería. No me puso ninguna objeción. Me dijo ‘la elección es tuya. Fijate bien lo que hacés. Una vez que te cases con él ya no vas a poder volver a casa’. Y me casé. Tenía diecisiete años. Mi novio veintiuno. Nos fuimos a vivir a la casa de sus padres y a los pocos meses nos fuimos a trabajar al campo, de matrimonio. Y ahí nos quedamos hasta que él murió, a los cincuenta y ocho años. Entonces yo me vine a la colonia. Tuvimos ocho hijos: dos varones y seis mujeres” –detalla.
“Hace muchos años que quedé viuda pero todavía rezo por mi marido. Todavía lo extraño.  Él era muy bueno conmigo y con mis hijos. Pero Dios sabe lo que hace. Él murió tan joven. Cómo es la vida ¿no? Yo acabo de cumplir ochenta y nueve. Es increíble ¿no?” –pregunta.
Doña Ana habla de sus nitos. De su vida cotidiana.
“Todavía me hago todo sola. Me cocino, me lavo la ropa, todo. Despacito, a mi tranco; pero lo hago” –afirma. “Y estoy contenta con la vida que Dios me dio” –concluye.

2 comentarios:

  1. Historias que se repiten...muy similares. El desarraigo es doloroso

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  2. Historias que se repiten...muy similares. El desarraigo es doloroso

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