
“Y cómo si eso no fuera poco –continuó
su madre- Luis ni siquiera es de la colonia. No sabemos quiénes son sus padres
y cómo son. Él vino a trabajar acá, al campo, y eso es todo lo que conocemos de
él. Puede ser un cualquiera” –manifestó su madre. “La gente de la ciudad no es
cómo nosotros. Tiene otras costumbres y no creen en Dios” –agregó. “Además no
quiero a alguien como él en la familia” –concluyó.
María se alejó llorando. Caminó con la
cabeza baja rumbo al galpón a llorar en soledad. Se sentó sobre unas bolsas de
trigo. Junto a ella estaba uno de los perros de la familia, que la miraba llorar
en silencio, meneando la cola. María lo acarició en la cabeza. El perro se
acostó a sus pies.
Sus padres no le dejaban opción. Y Luis
tampoco. Eran ellos o él. Quedarse junto a sus padres, trabajando en el campo y
dentro de dos años casarse con Juan o escaparse en la madrugada con Luis e irse
a vivir lejos y no volver a verlos nunca más ni a ellos ni a sus hermanos. Esas
eran las alternativas y ella debía decidir.
Y decidió: se fugó
con Luis. Se casaron a los dos días. Se radicaron en la Capital Federal, dónde
él trabajo en una fábrica y ella en una casa de familia. Tuvieron tres hijos, seis
nietos y once bisnietos.
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