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miércoles, 30 de noviembre de 2016

El amor prohibido en tiempos de nuestros abuelos

Le contó a su madre que le gustaba Luis y su madre la retó y le dio un sermón de nunca acabar. “¿Cómo se va fijar en Luis si su padre ya le dijo que dentro de dos años se tiene que casar con Juan? Juan es buen muchacho. Es el hijo del primo José. Un hombre bueno, honesto, trabajador. Y seguramente Juan va a salir igual que el padre” –le dijo su madre aquella tarde de otoño en que María sintió la necesidad de ser sincera con su mamá.
“Y cómo si eso no fuera poco –continuó su madre- Luis ni siquiera es de la colonia. No sabemos quiénes son sus padres y cómo son. Él vino a trabajar acá, al campo, y eso es todo lo que conocemos de él. Puede ser un cualquiera” –manifestó su madre. “La gente de la ciudad no es cómo nosotros. Tiene otras costumbres y no creen en Dios” –agregó. “Además no quiero a alguien como él en la familia” –concluyó.
María se alejó llorando. Caminó con la cabeza baja rumbo al galpón a llorar en soledad. Se sentó sobre unas bolsas de trigo. Junto a ella estaba uno de los perros de la familia, que la miraba llorar en silencio, meneando la cola. María lo acarició en la cabeza. El perro se acostó a sus pies.
Sus padres no le dejaban opción. Y Luis tampoco. Eran ellos o él. Quedarse junto a sus padres, trabajando en el campo y dentro de dos años casarse con Juan o escaparse en la madrugada con Luis e irse a vivir lejos y no volver a verlos nunca más ni a ellos ni a sus hermanos. Esas eran las alternativas y ella debía decidir.
Y decidió: se fugó con Luis. Se casaron a los dos días. Se radicaron en la Capital Federal, dónde él trabajo en una fábrica y ella en una casa de familia. Tuvieron tres hijos, seis nietos y once bisnietos.

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