
Los
habitantes de las aldeas apenas conseguían sobrevivir llevando una existencia
miserable e indigna, sobreviviendo a costa de tremendos sacrificios mientras la
aristocracia residía en enormes y lujosas mansiones, disfrutaba de la
fastuosidad y de los adelantos técnicos y científicos que podía dispensar el
siglo XVIII, Siglo de las Luces o de la Ilustración, una edad iluminada por la
razón, la ciencia y el respeto por la humanidad.
En
circunstancias tan tristes y nefastas un anuncio a modo de pregón recorre
Europa: un Manifiesto emitido por Catalina II La Grande de Rusia, fechado el 22
de julio de 1763 en San Petersburgo, ofrece a través de leyes extraordinarias
la salvación a los desheredados y menesterosos aldeanos. El Edicto prometía a
los colonos que desearan emprender la aventura colonizadora de transformar
tierras incultas en un territorio civilizado, prerrogativas demasiado
atractivas como para ser rechazadas, como la libertad y la tan ansiada paz para
construir un presente sin guerras y sin hambre. Por eso no es de extrañar que
el 80% de los alrededor de 30.000 europeos que emigraron a Rusia, entre los
años 1763 y 1767, fueran de origen alemán.
Es en
ese momento crucial de su historia cuando se inicia la epopeya de un numeroso
grupo de familias alemanas que dos emigraciones y varias generaciones después
serán conocidos mundialmente como descendientes de alemanes del Volga,
radicándose, algunos de ellos, en la República Argentina. (Para conocer más
sobre la historia de nuestros ancestros, consultar mi libro “Historia de los
alemanes del Volga”).
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