Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

miércoles, 23 de febrero de 2022

Se acuerdan cuando abuela nos tostaba semillas de girasol?

 Cuando íbamos de visita a la casa de abuela, ella se tomaba tiempo para tostar semillas de girasol. Llenaba hasta desbordarla una enorme fuente y la introducía al horno de la cocina a leña. Luego de unos minutos la casa se impregnaba del olor característico del tostado de las semillas. De vez en cuando sacaba la fuente, revolvía su contenido, probaba alguna que otra semilla para comprobar si estaban crocantes y listas para ser comidas.
Una vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita con los dedos.
Nosotros la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a comer!!!

Decir refranes es decir verdades...

Los Kreppel de mamá

En las mañanas de otoño, parada frente a la cocina a leña, mamá freía Kreppel. Los freía y los espolvoreaba con abundante azúcar. El aroma llenaba la cocina y llegaba hasta nuestra habitación, dónde dormíamos mi hermana y yo. Éramos niños y mamá y la casa eran nuestro mundo, nuestro universo. El paraiso donde el amor reinaba y la felicidad desbordaba nuestros corazones. Por eso rescaté las recetas de mi madre, y de todas las madres, en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", para conservar aquellos sabores y aquellos aromas que forman parte de mi identidad y de mi cultura, la identidad y la cultura de los alemanes del Volga.

sábado, 12 de febrero de 2022

“Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”

 Un libro en el que palpita el sentimiento y vibran las sensaciones de nuestros antepasados. Esos antepasados que nos legaron además de la vida una rica historia, cultura y tradiciones. Se rescatan anécdotas, historias de vida, costumbres, tradiciones, fotografías antiguas y mucho más que hace a nuestro pasado, ese pasado que no debemos olvidar jamás.
 Rescatemos juntos lo que nos legaron nuestros ancestros!

A elaborar ricos Maultasche y conocer su historia

 Este plato característico de la gastronomía de los alemanes del Volga, es típico de la región de Suabia (Alemania), y muy popular y altamente valorado en la cocina alemana. En alemán significa literalmente bolsillo de morro.
Sobre su origen existen varias versiones. Una de ellas sostiene que un monasterio cisterciense denominado Monasterio de Maulbronn (de aquí puede provenir Maultasche) que en la época de Cuaresma ocultaban la carne entre capas de pasta, dando origen al plato (bolsillos de Maul). Los monjes denominaban a este plato de forma coloquial Herrgottsbscheißerle" (engaño a Dios).
Otras fuentes sostienen que en las familias protestantes de Suabia era costumbre comer este plato en el Jueves Santo, pero solo con hierbas. Es muy probable que con el correr de los años fueran introduciendo carne picada a escondidas para hacer más llevaderos los ayunos de la Cuaresma.
Y por último, una tercera fuente, aunque poco creíble, dice que esta comida proviene de los ravioli y tortellini, aunque también del plato chino denominado Jiaozi.
Como verán, el origen del plato es sumamente humilde pero de un sabor y aroma únicos.
Nuestras abuelas llevaron la receta de Alemania a las aldeas fundadas a orillas del río Volga, en Rusia, y la trajeron consigo a las colonias y aldeas que erigieron aquí. Siempre manteniendo vigente el legado y la tradición.
Los Maultasche de nuestras abuelas, o sea la receta tradicional del pueblo de los alemanes del Volga, se rellenan con ricota. Aunque esto no significa, que algunas familias, a lo largo de los años, tanto en el Volga, como aquí en la Argentina, hayan ido variando su contenido y modificado un poco la tradición.
La receta original la pueden encontrar en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", una obra escrita para rescatar, revalorizar y difundir nuestro patrimonio gastronómico, con más de 150 recetas tradicionales recopiladas a lo largo de más de cinco años de incansable y paciente trabajo de investigación.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Se viene la séptima edición de la Strudel Fest

 Este multitudinario evento se llevará a cabo los días 5 y 6 de marzo teniendo como espectáculo central la elaboración de un Strudel gigante de 60 metros de largo. Asimismo presentaciones de grandes bandas musicales, bailes tradicionales, stand de gastronomía alemana del Volga, exposiciones y eventos culturales, torneo de Kosser, todos con acceso gratuito.
La fiesta tendrá lugar en Pueblo Santa María, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires.
Durante toda la jornada los vecinos que se acerquen disfrutarán de paseo de artesanos, patios de comidas, inflables para niños, venta de gastronomía alemana, música típica y danzas alemanas y mucho mucho más.
Los esperamos a todos!
Se pueden hospedar en Alojamiento Rural La Palmera , en WeimannHaus de Javier Graff y si no en algún hotel de Coronel Suárez, pónganse en contacto con Turismo Coronel Suárez que les van a ofrecer información.
También pueden visitar La Casa del Fundador - Colonia Alemana Santa María que es un viaje al pasado incomparable y van a querer regresar.


Tres libros que rescatan la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los alemanes del Volga

 Tres libros que rememoran en palabras y fotografías, la vida en las colonias de antaño, con sus cocinas a leña y sus hornos de barro, sus mesas larga de madera y mamá amasando los fideos del domingo, papá roturando la tierra y los niños jugando a la sombra de una higuera, las largas noches de invierno con el cielo estrellado y las frías y heladas mañanas en que toda la familia ordeñaba las vacas, el inconmensurable amor de la familia, la ternura de la abuela, la magia de los recuerdos de las aldeas del Volga y la casa de adobe y los parientes, los vecinos, los amigos, compartiéndolo todo.
Tres libros: "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga" y "La vida privada de la mujer alemana del Volga". No deje de leerlos.


domingo, 30 de enero de 2022

La inolvidable sonrisa de mamá

Pintura de George Augustus Freezor
Mamá siempre me espera con una sonrisa cuando llego a su casa, mi casa de la infancia. Mamá es bella. Mamá tiene cabello cano. Una carita de niña con algunas arrugas y unos ojos claros hermosos. A mamá le encanta hablar y recordar, por eso siempre me cuenta historias de su vida.
Mamá me cuenta que de niña casi no tuvo infancia, que tuvo que empezar a realizar las labores domésticas desde muy niña, que tuvo que dejar su muñequita de trapo para ponerse a lavar la ropa de toda la familia, mientras su madre traía hijos al mundo, uno tras otro, a la par que trabajaba junto a mi papá en las tareas rurales.
Mamá me cuenta que nunca tuvo abrazos ni mimos ni felicitaciones por haber efectuado bien una tarea. Dice que, lo que recibió, siempre fueron retos y reproches, y más trabajo, que no podían verla sin hacer nada, porque enseguida la llamaban haragana, al igual que a sus hermanos, que eran once.
Mamá me cuenta que de niña la pobreza era grande, que el dinero siempre faltaba, que su madre se las ingeniaba para cocinar con lo que había, que era muy escaso, y que más de una noche se acostaron a dormir con hambre.
Mamá me cuenta que la casaron muy joven, con quince años, que su marido tenía veintitrés años y que, sin embargo, fue feliz, porque su esposo era muy trabajador y que nunca le faltó nada.
Mamá tuvo seis hijos. Está anciana ya. Tiene dieciséis nietos que la miman y la llenan de ternura. Es una abuelita dulce y alegre. Habla y canta en alemán. Tiene muchas amigas. Va a misa. Reza el rosario. Y dice que es inmensamente feliz.

miércoles, 19 de enero de 2022

La cocina a leña de la casa de mi infancia

Fotografía de: muebles.house/cocina/cocina-lena/
 Sobre la cocina a leña hervía el agua con los Kleis. Al lado, en una sartén, se doraban las cebollas con trocitos de pan duro. En el horno se asaba la carne. Todo a la vez y en perfecta armonía. Un conjunto de aromas y sabores que mamá sabía amalgamar correctamente y que después degustaba toda la familia sentada alrededor de la enorme mesa de madera, en la cocina, que quedaba chica.
Papá se sentaba en la punta: presidía la mesa siempre. Rezaba una oración agradeciendo a Dios el plato de comida. Solamente mamá y él tenían permiso para conversar, los hijos debíamos permanecer callados y responder únicamente si se nos consultaba. Y ojo con discutir o pelear durante la comida. Si por descuido u olvido hacíamos eso, papá nos cerraba la boca con la mirada. Ni siquiera mis hermanos mayores tenían autoridad para contradecirlo. Había que bajar la cabeza y obedecer –confiesa.
¡Éramos felices! ¡Qué rica era la comida que preparaba mamá! Los Kleis con la cebolla y los trocitos de pan dorados bañados en mucha crema de leche eran una delicia! ¡Un manjar! La fuente siempre quedaba vacía. Nunca sobraba nada. Mamá se ponía contenta por eso. Cocinar para su marido y sus hijos era su máximo placer.
Después de comer las mujeres ayudaban a mamá a limpiar la mesa y lavar los platos mientras los varones nos íbamos al campo a trabajar con papá.
Para mas recuerdos, vivencias, anécdotas, tradiciones y costumbres no dejen de consultar mis libros “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga”, “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, “La gastronomía de la mujer alemana del Volga”. Llegan a través de Correo a todo el país. Para mas información comunicarse por mensaje privado o al 011 22977044.

“La gastronomía de los alemanes del Volga”

 Kreppel, Wückel Nudel, Dünne Kuchen, Strudel, Maultasche, Vanerick, Füllsen… y 150 recetas más, en el libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”. El libro que rescata las recetas de todas las ricas comidas tradicionales que preparaban nuestras abuelas en las cocinas a leña de antaño. Además de recetas de panes, sopas, quesos, dulces y mucho más. Se puede adquirir desde cualquier lugar del país! No se lo pierda!!!

¿Quién se acuerda de esta canción de cuna que nos cantaba mamá: Schlaf, Kindlein, Schlaf?

 Schlaf, Kindlein, Schlaf es la canción de cuna por antonomasia de los alemanes del Volga. La cantaron las madres en Alemania, en las aldeas en el Volga y en las colonias y aldeas de la Argentina, mientras acunaban al bebé en brazos o dentro de la cuna. La llevaron consigo durante las dos emigraciones. Su origen se pierde en los tiempos, por eso existen varias versiones. También se podría afirmar que existen varias versiones porque antiguamente la transmisión era de manera oral y también porque muchas veces la creatividad de las madres le agregaba o cambiaba la letra.

jueves, 13 de enero de 2022

¿Cómo era la vida diaria de una familia alemana del Volga?

Fotografía de razafolklorica.com
El abuelo había encendido el horno de barro con plantas secas de girasol, maíz, cardo más marlos, chalas, cabezas de girasol, ramas que los niños traían de la vera del arroyo cuando iban a pescar, bosta de vaca, mientras la abuela tenía levando varios panes, dentro de latas de dulce de membrillo ennegrecidas por el uso, y otros tantos Dünnekuche en fuentes fabricadas por el abuelo con retazos de chapas, obtenidos aquí y allá, en los basurales o gracias a la generosidad de los vecinos.
La chimenea del horno de barro despedía humo negro en el amanecer del verano, con los niños alimentando el cerdo encerrado en el chiquero, esperando el tiempo de la carneada, para hacer chorizos y embutidos, en el invierno, ordeñaban la única vaca de la familia que prodigaba la leche que se utilizaba en la casa, regaba y carpían la quinta, donde producían abundante verdura y hortalizas, cuidaban los frutales y limpiaban el gallinero, de donde la familia se aprovisionaba de huevos y de carne de pollo, gansos, patos, pavos y otras variedades más, como algún avestruz, que daba carne y plumas para fabricar plumeros, lo mismo que las plumas de pato servían para hacer suaves y hermosas almohadas.
Otros barrían el patio con una escoba casera, fabricada con rama de los árboles, acacias, eucaliptos. Sobre todo las mujercitas que también se ocupaban de todos los quehaceres de la casa. Hacer las camas, ventilar las habitaciones, barrer prolijamente el piso de tierra de la vivienda de adobe, apisonándolo, afirmándolo, con un poco de agua y un trapo de piso hecho con bolsa de arpillera, lavar la ropa en los grandes fuentones de chapa acarreando agua con los baldes desde la bomba y tenderla, en el tendal que se levantaba al fondo del patio, para que le sol y el viento la secara. Mientras una niña baldeaba la letrina con un líquido popularmente conocido como “fluido” o con lejía. Las paredes se pintaban con carburo que se obtenía juntando los deshechos de las soldaduras que realizaba el herrero y se diluía en agua. Con esta misma preparación se coloreaban las paredes de la casa, afuera de blanco, y dentro se recurría a la fabricación de colores caseros utilizando no sólo la imaginación sino inteligentes estratagemas, como desteñir productos naturales para crear anilina, para después proceder a la decoración generando un símil empapelado.

¿Se acuerdan del Tros, Tros, Trillie que nos cantaba la abuela?

¿Quién se acuerda de esas largas y frías noches de invierno, cuando la abuela nos sentaba sobre su falda y haciendo saltar sus rodillas, imitando el trotar de un potrillito nos cantaba “Tros Tros Trillie/ der Bauer hat ein Fihllien…”, cada vez con más velocidad mientras el potrillito brincaba más y más, y nuestras risas aumentaban y aumentaban hasta llegar a la carcajada… hasta que de pronto, sorpresivamente, y sin previo aviso el potrillito intentaba desmontarnos con un brinco aún más fuerte que los anteriores, asustando nuestra alma de niño y temiendo caer al piso de espaldas…pero eso nunca sucedía, porque ahí siempre estaban los brazos y las tiernas manos salvadoras de la abuela, que nos rescataban a último momento y nos abrazaba riendo?
Pensando e imaginando en qué remotos lugares de la historia, con potreros llenos de pasto de brotes tiernos y agua fresquita, trotarán todos aquellos potrillitos que llenaron nuestra infancia y nuestras largas noches de invierno sentados en la falda de la abuela, llenando la cocina de risas, mientras mamá tejía o bordaba, papá jugaba a las cartas con sus hijos varones y las hijas mujeres también realizaban tareas hogareñas igual que mamá, es que un día decidí comenzar a investigar y reunir material para escribir mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”, en memoria de todos esos potrillitos que quedaron allá lejos en el tiempo, en algún lugar hermoso de nuestro recuerdo trotando sin fin, al compás de las piernas de la abuela, esa abuela dulce y tierna que hoy también extrañamos y que, como el potrillito, también rescato en mi libro, al igual que toda la idiosincrasia y vivencias que hacían a nuestra infancia de antaño. Esa infancia simple, clara y transparente, humilde pero honrada, con padres y abuelos trabajadores, con casitas de adobe y techos cubiertos de paja, una chimenea exhalando humo y una aldea o colonia que recién nacía.

martes, 11 de enero de 2022

La quinta edición de su libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga” lanza el escritor Julio César Melchior

Continuando con el éxito a nivel nacional e internacional que vienen alcanzando sus obras, el escritor Julio César Melchior lanza hoy la quinta edición de su libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”. Fruto de un largo y paciente trabajo de investigación y recopilación fotográfica de imágenes antiguas, el libro rescata además de historias cotidianas, anécdotas, vivencias, modos de vida, costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga de antaño. Es decir trae al presente un pasado que jamás se debió haber perdido porque forma parte de la identidad y la idiosincrasia no solamente de un pueblo sino de una colectividad, un conjunto de descendientes de inmigrantes que un día dejaron sus aldeas allá lejos, en el Volga, su terruño natal.

El libro está dividido en dos partes bien definidas. En la primera reconstruye el espíritu de aquellos pioneros que llegaron a estas tierras para forjar su destino y construir una patria nueva. Hace hincapié en la niñez, adolescencia, adultez y en los rasgos y actitudes que definían la vida cotidiana y social de una época que hoy es historia. Mientas que en la segunda rescata y reconstruye, mediante fotografías antiguas y relatos, la forma y los modos de antiguas tradiciones y costumbres que identifican al pueblo de los alemanes del Volga.
Un libro que en sus cuatro ediciones agotadas ha llegado a cada rincón del planeta para hoy estar nuevamente a la venta en su quinta edición con un centenar de ejemplares ya reservados. El escritor continua en su trabajo de rescatar, revalorizar y difundir la historia de sus raíces, la cultura a la cual pertenece y se siente orgulloso y de las costumbres y tradiciones de un pueblo que se fueron perdiendo pero que, gracias al trabajo en conjunto entre el escritor y los lectores, vuelven a ponerse en vigencia para ser legadas a las generaciones venideras.

Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga

El libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga” es la columna vertebral de todo descendiente alemán del Volga que sienta curiosidad por sus raíces, por sus ancestros, por conocer de dónde proviene, cuál es su origen y como es la cultura a la cual pertenece. Para poder hacer sólida su ascendencia, para poder conocerse y conocer las costumbres que trajeron los que decidieron partir de Alemania, que mantuvieron por siglos aun estando en tierras rusas y que no abandonaron al llegar a la Argentina. Las tradiciones que identifican, que diferencian, que hacen único a este pueblo tan arraigado a ellas. Para no dejar que la identidad se pierda, se devalúe o se desconozca, el libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga” no puede faltar en el hogar de cada descendiente, incluso no puede faltar en la biblioteca de los amantes de la historia, ya que el libro contiene material sumamente valioso, colmado de costumbres y tradiciones que el escritor ha vivido en sus años de infancia y juventud y que se fueron con las ancianos de las aldeas y que ya casi nadie recuerda. Un tesoro en papel, invaluable para los alemanes del Volga que crecieron lejos de su tierra y que no pudieron mamar la vida dentro de una colonia alemana del Volga.
Para más información escribir al WhatsApp: 011-22977044 o al correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com.

sábado, 8 de enero de 2022

Una de las tantas tareas que realizaban las mujeres en verano

Fotografía de us.yunasdestiny.net
 Cuenta mi madre que mi abuela y sus cinco hijas se sentaban alrededor de la mesa a pelar y quitarles el carozo a baldes y baldes de ciruelas, que cosechaban de los frutales que tenían en el fondo del patio. Lo hacían generalmente bien temprano a la mañana, con el fresco del amanecer. Y también para que no hubiera tantas moscas molestando su quehacer. A esa hora de la mañana la casa, que era de adobe, estaba fresca. Las cortinas se mantenían cerradas para que no hubiera tanta luz y el ambiente se mantuviera fresco.
Pelaban las ciruelas, les quitaban el carozo, y las arrojaban dentro de una enorme fuente. Cuando estas se llenaban, abuela la tomaba y se dirigía a la bomba para lavar las ciruelas ya peladas y descarozadas. Después regresaba a la cocina y las arrojaba dentro de una enorme cacerola con agua que estaba sobre la cocina a leña. En esa enorme cacerola se cocinaban kilos y kilos de dulce de ciruela. Tarea que llevaba sus horas y sus días. Porque no solamente se elaboraba dulce de ciruela sino también de higos, duraznos, manzanas, peras, tomates, zapallo.
Una vez cocinada y fría la preparación se trasvasaba a frascos de todos los colores y especies, que abuela y los niños lograban reunir a lo largo del año. Pidiendo aquí y allá a vecinos, familiares y amigos. De más está decir, que el que colaboraba con frascos recibía uno lleno para probar el dulce cocinado en la ocasión.
Finalizado este proceso, los frascos eran sellados y estibados en un lugar fresco y seco, generalmente un sótano o en el Schepie. Bajo el estricto control de la abuela, que mantenía un justo equilibrio y decidía cuando abrir uno, los dulces duraban hasta la cosecha del año siguiente y a veces más allá.
La vida secreta, oculta, imperceptible de las mujeres alemanas del Volga cobra vida en las páginas del libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y todas las recetas, comidas, postres, dulces, conservas, panes, bebidas y demás elaboraciones conservadas por siglos de generación en generación ahora recopiladas en un libro único "La gastronomía de los alemanes del Volga". Para más información escribir a WhatsApp: 011-22977044. Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com.

miércoles, 5 de enero de 2022

Se cumple un nuevo aniversario de la fundación de Colonia Hinojo, la colonia madre de los alemanes del Volga

 Un 5 de enero pero de 1878 se fundaba Colonia Hinojo, en el partido de Olavarría, provincia de Buenos Aires, el primer asentamiento alemán del Volga en la República Argentina. Los fundadores habían nacido en la aldea Kamenka. Traían consigo su lengua, su arquitectura, sus costumbres, sus tradiciones y su idiosincrasia. Un legado cultural que conservan con orgullo sus descendientes. La colonia madre fue fundada, entre otros, por Andrés Fischer, Jorge Fischer, José Kissler, Miguel Kissler, Andrés Kissler, Pedro Pollak, José Simon, Juan Schamber, Jacobo Schwindt y Leonardo Schwindt, acompañados por sus esposas e hijos.

Todavía se conservan algunos testimonios de esas primeras épocas, como por ejemplo un breve manuscrito que el Schulmeister José Gottfried encontró en la iglesia local. Se lee allí que: "Duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos (...) primero el idioma (...) los pajonales (sic), no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la conquista de (sic) desierto siempre quedaban algunos indios los hombres (que) tenían que (ir) a sus chacras a trabajar (ilegible. Quizá: "les temían").
Con mejor sintaxis pero con datos parecidos, informa a su vez esta otra reseña: “Llegaron hasta un lugar llamado San Jacinto. Lo único que respondía a ese nombre eran los pajonales, donde los patriarcas permanecieron unos dos años, debiendo organizar continuamente guardias, armados con implementos antediluvianos para defenderse de los malones indios."
De cualquier forma, los rastros de esta primera fundación prácticamente se han perdido.
“A raíz de algunos conflictos suscitados con otro grupo de colonos, en este caso franceses establecidos en la zona acogida por la misma ley de colonización, los alemanes solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladarse a un kilómetro de distancia”, escribe Olga Weyne.
Acordado este permiso, desmontaron todas las viviendas para trasladarlas al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevos emigrantes del Volga en cantidad bastante apreciable.
Así quedó fijado el lugar definitivo de colonia Hinojo.
Como las familias estaban formadas por personas todavía jóvenes y los hijos eran numerosos, tanto los hombres como las mujeres, al principio, tuvieron que realizar tareas sumamente agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo. Uno de los más jóvenes principiantes, el primer año, contra viento y marea pudo sembrar de cuatro a cinco hectáreas; el segundo año anduvo mejor y llegó a las 14 hectáreas.
Después de fundarse la colonia de Hinojo, se desplazó otra corriente inmigratoria desde el Volga y unas veinte familias fundaron la colonia Nievas, llamada también Holtzen. El cielo los favoreció y, obteniendo buenas cosechas en los años siguientes, pudieron acomodarse bien. La producción abundante de la hacienda sumó nuevos ingresos, que fortalecieron la economía que ya tomaba bases sólidas.
Estas circunstancias estimularon su progreso y dos años más tarde se fundó colonia San Miguel.
Los colonos orientaron sus actividades hacia las dos ramas fundamentales del campo: agricultura y ganadería. Las chacras de las tres colonias contaban con pasto muy bueno para la hacienda. Ese fue un factor de peso para que algunos se consagraran con preferencia a lo último, por lo cual podía observarse chacras que contaban hasta con mil y dos mil cabezas de animales, entre vacunos, lanares y equinos.

Nuestra gente, unsere Leute, los alemanes del Volga

Fotografía de canalc.com.ar
Mis libros hablan de sueños cumplidos, de ilusiones que se hicieron realidad, de proyectos que se concretaron, de familias que creyeron en su destino y lograron todo lo que se propusieron, de abuelos inmigrantes que cruzaron el mar para fundar nuevas colonias o aldeas, levantaron casas de adobe, en el medio de la más absoluta soledad. Hablan de familias que llegaron hermanadas de aldeas lejanas, de allá el Volga, que hablaban un idioma común, compartían sus costumbres y tradiciones y profesaban una inquebrantable fe en Dios, y tenían una moral y una ética a las que jamás renunciaron. Mis libros hablan de hombres que tenían palabra, que tenían honor, que sabían lo que querían de la vida. De personas, hombres y mujeres, que honraban la vida, que luchaban codo a codo, no solamente para progresar y crecer sino para tener hijos, criarlos, educarlos y formarlos como personas de bien. Mis libros hablan de nuestros ancestros, de la cultura que nos dejaron, de todo los que nos legaron, de todo aquello que un día casi perdimos, de todo lo que tenemos que rescatar, conservar y cuidar. Mis libros le hablan a las generaciones presentes y a las futuras. Mis libros son la voz de mi pueblo, nuestro pueblo, tu pueblo. El pueblo que nunca debemos dejar de ser. El pueblo de las comidas suculentas, originales, hechas a base de harina e ingredientes para soportar profundos fríos. El pueblo de las casas típicas a dos aguas, con sus largas galerías, sus cocinas a leña y su horno de barro. El pueblo que pese a tantos años transcurridos, desde el día que se alejó de su tierra natal todavía conserva viva la memoria de sus orígenes. Por eso los invito a leerlos. Porque en ellos late el corazón de mi gente. Nuestra gente. Unser leute. Los títulos de mis libros son: “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “La vida privada de la mujer alemana del Volga”.
 (Para más información escribir a WhatsApp: 011-22977044. Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com).

sábado, 1 de enero de 2022

Wünsche gehen: una antigua tradición de Año Nuevo de los alemanes del Volga

 “Cuando éramos niños, el día de Año Nuevo era para nosotros una jornada de fiesta. Salíamos a visitar a toda la parentela vor wünsche. Entrábamos en todas las casas para desear un feliz comienzo de año a todos los integrantes de cada familia, y ellos, a cambio, nos obsequiaban caramelos y masitas. Para los niños humildes de la colonia era, quizás, la única fecha del año en que recibían una golosina. Por eso no dejábamos de visitar ningún pariente ni amigo. Con cada regalo armábamos un paquetito que llamábamos Pindllie: poníamos las golosinas en el centro de un pañuelo y uníamos sus cuatro puntas mediante un nudo”.

Wünsche gehen und gross neusjahr

El primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando un poema varias veces centenario y de autor desconocido, que dice así: Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach eren Tod die ewige klückseeligkeit”. “Das wüsnsche mir dir auch”, respondían mama y papá mientras les obsequiaban golosinas.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero esta ocasión el poema era otro: glück und segen / auf allen Wgen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns gott!
Al finalizar la jornada todos los niños de la colonia, sobre todo los más humildes, se sentían dichosos con la enorme cantidad de golosinas que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes.
La tradición se completaba el Día de Reyes con el gross naeusjahr (Año Nuevo Grande), cuando los que salían a expresar sus augurios de felicidad en el año que se iniciaba eran las personas mayores. Pero estos, en lugar de ser recibidos con golosinas, eran agasajados con sendas copitas de licor. Por lo que a medida que avanzaba la jornada y la visita de las casas se repetía una tras otra, con parientes y amigos, y con ellas, una tras otra las copitas de licor, la borrachera comenzaba a surgir, y con ella los cánticos satíricos. (Julio César Melchior).

Para conservar, difundir y legar nuestra cultura no deje de leer mis libros "La infancia de los alemanes del Volga", "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y "La gastronomía de los alemanes del Volga". Para más información comunicarse por privado o al 01122977044. O al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com.

martes, 28 de diciembre de 2021

Extraño el pueblo de mi infancia

Extraño el pueblo de mi infancia, la gente sencilla, los amigos de las interminables horas jugando en los inmensos patios de nuestros padres, esos patios en los que abundaban la huerta y frutales, las gallinas y los chiqueros, y una alegría inmensa por compartir momentos que nunca vamos a olvidar, mientras mamá colgaba la ropa en el largo tendal de alambre, papá trabajaba la huerta, abuelo reparaba alguna cosa, a veces haciendo de carpintero, otras, de herrero y todos juntos, unidos, viviendo la vida, compartiéndola, como nunca más volvimos a compartirla.
Extraño la infancia de mi pueblo, en que la gente se hablaba en alemán, compraban pan, carne y todas las cosas de almacén en la vereda, en los carros que pasaban cada uno a su debido tiempo y hora y cada vendedor gritando su pregón, a la mañana temprano se oía: lecheeerooo, después panadeeerooo y así sucesivamente hasta llegar al mediodía, mientras se compraba se compartían las novedades del día, las vecinas se quedaban en grupo conversando, mientras los árboles eran un arrullo de pájaros y un alboroto de felicidad se esparcía por ese universo que hoy ya no existe.
Extraño el pueblo de mi infancia, ese pueblo de calles de tierra, que había que regar a la tardecita con grandes baldes de agua igual que el patio, para sentir un poco de fresco al sentarnos a la vereda al anochecer, a conversar y a comer girasoles, mientras nosotros, los niños, jugábamos en grupos, que casi siempre eran gigantes, porque cada vecino en promedio tenía más de diez hijos.
Extraño el pueblo de mi infancia, ese pueblo en el que todos se conocían, ese pueblo en el que todos se hablaban con todos, ese pueblo en que a nadie le faltaba nada, porque la gente era solidaria, se preocupaba por el vecino, estaba atento por el prójimo, compartía la crianza de los niños y hacía del compromiso social un mérito.
Extraño el pueblo de mi infancia, extraño a mis padres, a mis abuelos, a toda esa gente trabajadora y honesta, noble y justa, seria, pero a la vez muy alegre, que educaba con el ejemplo, que nos formó y nos educó como mujeres y hombres de bien, esa gente que no debemos olvidar, esa gente a la que le tenemos que rendir homenaje diariamente, conservando nuestra identidad, manteniendo vigente su legado de vida, siendo lo que ellos esperaban que nosotros fuéramos. Hombres y mujeres de bien.
Todo lo que extraño de mi pueblo sobrevive en mi libro “La infancia de los alemanes del Volga” y otros detalles de aquel pueblo que extraño muchísimo sobreviven en mis libros “La gastronomía de los alemanes del Volga” y “La vida privada de la mujer alemana del Volga”.

jueves, 23 de diciembre de 2021

La Navidad de nuestra niñez en las colonias

Fotografía de www.chipatremendo.blogspot.com
Para Nochebuena toda la familia sentada en la mesa larga de madera de la cocina cenando comidas que preparaba mamá con sus delicadas manos, curtidas de trabajar durante todo el año, comidas simples y sencillas, comidas cotidianas, sin lujo ni ostentación, comidas, que a veces, mamá elaboraba recurriendo a su ingenio y creatividad, elaborando unos platos tan sabrosos como increíbles, con lo que tenía a mano. No había suculentas cenas, no había pan dulce, no había árbol de Navidad, sólo había una enorme mesa de madera, la familia reunida cenando en armonía, con los corazones alborozados iluminados con la luz llena de amor que el Niño Jesús, recién nacido, irradiaba a través de sus corazones. Era una noche feliz. Una noche mágica. Una noche en lo que lo más importante era cenar en familia y asistir a la Misa de Gallo. Después el Pelznickel y el Christkindie. Después las estrellas iluminando la noche de la inmensa pampa argentina. Esa pampa argentina que albergó a los colonos alemanes del Volga, con su identidad, su cultura y sus costumbres.
Esas noches mágicas de Navidad, todos sentados alrededor de la mesa larga de madera, con papá a la cabecera, mamá y todos mis hermanos, sus risas y el profundo respeto que le teníamos a nuestros padres, es posible revivirlos en los libros: en uno las comidas de mamá, sabrosas, únicas, esas que elaboraba solamente para su familia, como cada mamá alemana del Volga elaboraba para su propia familia, bajo la lumbre de un farol a kerosene, mientras los niños se preparaban para misa y papá terminaba de desensillar los caballos y dejar todo listo para continuar con la tarea en los días sucesivos. Ese libro se llama “La gastronomía de los alemanes del Volga”, la felicidad de los aromas y sabores de esas noches que la familia compartió en las colonias, en el hogar, bajo el amparo de la protección de Dios.
En aquel entonces éramos niños, niños que celebrábamos con nuestros padres, que compartimos tradiciones que los años y el tiempo fueron perdiendo y hasta desdibujando de nuestra memoria, aquellas noches de seguridad infinita, y que mamá nos alimentaba con lo más sabroso y que papá nos cuidaba de todos los males, y en nuestros corazones estaba el Niño Jesús recién nacido. Todos recuerdos que perduran en el libro “La infancia de los alemanes del Volga” del escritor Julio César Melchior.

La historia del Pelznickel y la pequeña Elisa

El Pelznickel la miró a los ojos, hasta el fondo de su alma. Parecía poder atisbar en los rincones más recónditos de su interior, allí dónde ocultaba las travesuras que sus padres no debían saber jamás, como la tarde que dejó escapar las ovejas, arruinando la quinta y la cosecha de verduras para el invierno, ocasión en que el culpable terminó siendo el pobre perro que, dicho sea de paso, recibió una furibunda paliza por el delito que no cometió. Elisa, de nueve años, cerró los ojos. Temblaba. Apenas respiraba. A su lado, su hermano la observaba de reojo, consciente de que él sería próximo.
El Pelznickel gruñó unas palabras para demostrar que estaba muy enojado con la niña. Le ordenó que abriera los ojos y se arrodillara frente a él. A continuación le preguntó si se había portado bien durante el año. Sí -mintió Elisa. Lo que aumentó la furia del Pelznickel, un viejo barbudo, de pelambre enmarañada, calzado en botas de lluvia y un vetusto sobretodo negro, de invierno. Lo que le provocaba un mar de sudor. A quién se le ocurría vestirse con ropas de invierno para aparecerse a los niños durante la Nochebuena.
El Pelznickel le revisó las manos y las uñas y la obligó a rezar, primero el Padrenuestro, después el Avemaría, después el Credo… Elisa tartamudeó, tropezó con las palabras, se confundió, empezó a sentir como sus manos comenzaban a temblar y a sudar. Hasta que no soportó más y estalló en llanto. Un llanto desgarrador. Pero no se movió ni nadie la rescató. Los demás niños miraban absortos, porque sabían que después les tocaría a ellos, y los padres y tíos observaban cómplices, conocedores de la rutina que se estaba desarrollando desde tiempos inmemoriales.
El Pelznickel repitió la actuación con todos los niños de la casa. Todos, los seis, a su turno, lloraron. Poco o mucho, pero lloraron. Las mujeres y los varones. Nadie quedó indemne de un castigo. Para la mayoría solo consistió en rezar. Para el más díscolo, sin embargo, la pena fue, además de orar, recibir unos golpes sobre las palmas de las manos, con un Rutschie.
Concluida la labor, el Pelznickel se marchó como había llegado: lanzando estertóreos gritos guturales y agitando la pesada cadena que, año a año, traía consigo para anunciar su terrorífico arribo.

Para conocer más tradiciones festivas de Navidad y Año Nuevo de los alemanes del Volga no dejen de consultar mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”, una obra bilingüe (español y alemán) Para más información comunicarse por privado o al 01122977044.

El Pelznickel y el Christkindie, dos personajes tradicionales de la Navidad de los alemanes del Volga

El Pelznickel, de barba enmarañada, arrastrando su larga y gruesa cadena, ataviado de prendas oscuras y gastado sobretodo negro, viene vociferando sonidos guturales, cual monstruo prehistórico escapado del fondo de los tiempos para castigar a los niños díscolos. En la mano un Rutschie, una rama fina y delgada, para descargar sobre los dedos de los infantes que, una vez sorprendidos en su falta, no saben rezar o, a causa del pánico, se olvidan del Padrenuestro, confundiéndolo con el Avemaría.
Un solo eco de su voz a lo lejos, provoca que los niños huyan despavoridos a esconderse debajo de la mesa y de la cama o detrás de la falda de la madre. Imposible huir de este personaje que conoce las faltas y las travesuras cometidos por todos los niños de la colonia a lo largo del año.
Pero como todo tiene su recompensa, una vez que el Pelznickel hubo partido de la casa, dejando a los niños inmersos en un mar de lágrimas, llega el Christkindie, el niño Dios, personificado en una niña vestida de blanco inmaculado, para calmar el llanto, mitigar el sufrimiento y brindar consuelo a las almas de los pobres niños de la colonia.
Toda ella es dulzura y santidad y lleva colgado en uno de sus brazos, una canastilla llena de galletitas caseras, frutas y alguna que otra humilde golosina que, para los niños colonienses, es el manjar supremo, una delicia que saborean solamente en estas ocasiones o en Pascua, cuando llega el conejito.

Costumbres de las fechas festivas, villancicos, canciones, tradiciones, y todo, todo lo que nos define como descendientes de alemanes del Volga, y que no debemos permitir se pierda en el tiempo, plasmado en el libro "La infancia de los alemanes del Volga".

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Comenzará a enseñarse oficialmente el idioma alemán en las escuelas primarias estatales de los tres pueblos alemanes que pertenecen al partido de Coronel Suárez

Una noticia extraordinaria que merece toda nuestra adhesión y reconocimiento. Algo por lo que se ha venido luchando durante muchos años y hoy es una realidad. Es un paso gigante para rescatar y revalorizar nuestra lengua materna y regresar a nuestras raíces, además de colocarla al nivel académico que merece y que nunca debió perder.

Será a partir del inicio del próximo ciclo lectivo y abarcará a las escuelas primarias N° 5 de pueblo Santa Trinidad, la N° 3 de pueblo San José y la N° 4 de pueblo Santa María.
El intendente de Coronel Suárez Ricardo Moccero y la secretaría privada Estefanía Vallejos recibieron a la concejal del Frente de Todos Carolina Radice y a la Inspectora de Educación Primaria Miriam Benítez –ex directora de la Escuela N° 4 de pueblo Santa María- para trabajar en la implementación oficial, a partir del año próximo, de la enseñanza del idioma alemán en las escuelas primarias de los tres pueblos alemanes.
El proyecto, del que son parte Radice, Benítez y la secretaría privada Estefanía Vallejos, abarca a la Escuela Primaria N° 5 de pueblo Santa Trinidad, la N° 3 de pueblo San José y la N° 4 de pueblo Santa María.
Cabe destacar que la Ordenanza fue aprobada por unanimidad en el Concejo Deliberante y declarada de Interés Legislativo a través de la diputada Liliana Schwindt, por la Cámara de Diputados.
De esta manera, los alumnos de las escuelas primarias de los tres pueblos alemanes egresarían con dos idiomas: inglés y alemán.

Llega Navidad y con Navidad los regalos acompañados del Pelznickel y el Christkindie

Fotografía de www.blogodisea.com
 Navidad es una época entrañable para los alemanes del Volga, una etapa del año en que se confunden el presente y el pasado, la añoranza y la actualidad, el árbol de Navidad y Papá Noel conjuntamente con concurrir a misa a medianoche y la llegada del Pelznickel y el Christkindie.
Así es como en la Nochebuena, mientras todos los integrantes de la familia brindamos con sidra o champagne y los niños de la casa esperan la llegada de Papá Noel junto al árbol de Navidad, decorado con adornos y luces multicolores, los más grandes volvemos la mirada al pasado y recordamos nuestra propia Navidad en la niñez de la colonia, cuando la Nochebuena consistía en una humilde cena llevada a cabo antes de que termine de ponerse el sol o bajo la lumbre de una lámpara a kerosene esperando luego el enrome reloj de pared marque las doce para asistir a misa. Misa a la que concurríamos todos, absolutamente todos. La casa quedaba vacía. Sólo se escuchaba el tic tac del reloj y el apacible silencio de la noche aguardando el regreso de los niños, que volvían con los corazones alborozados, felices de que hubiera nacido el Niño Jesús. Pero también, en sus corazones latía el temor de la inminente llegada del Pelznickel, ese señor barbudo ataviado con un enorme saco negro, botas de cuero y un gorro o sombrero, arrastrando cadenas y lanzando sonidos guturales, que invadían las calles de la colonia en un augurio que aterrorizaba a los más pequeños.
Y así, mientras en el presente Papá Noel gordinflón y vestido de rojo le reparte los regalos a nuestros nietos lanzando su clásico Jo Jo Jo , nosotros indefectiblemente recordamos al Pelznickel de nuestra niñez, que nos revisaba las uñas, las manos, si estaban limpias, nos hacía rezar, instruido por nuestros padres, nos sermoneaba por travesuras que habíamos compartido a lo largo de los últimos meses, a veces nos hacía arrodillar sobre maíz o sal o amenazaba con llevarse algún hermanito… Hasta que se abría la puerta y aparecía el Christkindie, el Niño Dios que lo echaba de la casa y repartía golosinas, golosinas caseras amasadas por la abuela o mamá.
Y de esta manera, este año otra vez en nuestras almas viviremos nuevamente las dos navidades: la actual, la que vamos a compartir con los hijos y nietos y la de antaño, la que compartimos con nuestros padres que ya no están y nuestros hermanos, algunos de los cuales tampoco están.
Distintas épocas. Distintas formas de celebrar la Navidad, pero la misma esencia. En el corazón de todos reinará la alegría y la felicidad por estar conmemorando otra vez el nacimiento del Niño Jesús, todos reunidos en familia como ayer, como siempre. Agradeciendo los dones recibidos durante el año.
La Navidad de antaño, con sus recuerdos y remembranzas, con las costumbres y tradiciones que se mantuvieron por siglos, en mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Travesuras de "La infancia de los alemanes del Volga"

Anselmo y Alberto, dos hermanos de ocho y diez años, vivían en una pequeña chacra en las cercanías de la colonia. Unas dos leguas, más o menos. La chacra contaba con una casa bajita, de adobe, rústica con puertas fabricadas por diferentes carpinteros caseros, por lo que lucían maderas gruesas y finas entremezcladas. Tenía una pequeña galería, una diminuta habitación que funcionaba como sótano, dos habitaciones y la cocina, que no tenía mas mobiliario que una mesa de madera larga, sillas de diferente estilo, un armario colgado en la pared con los platos, los cucharones y algún que otro paquetito de fideo, arroz y harina y la clásica cocina a leña. Por supuesto no faltaba la imagen del Sagrado Corazón de Jesús colgado en una de las esquinas, desde donde lo observaba todo con suma atención
Cerca de allí, a unos doscientos metros del tambo, que era un fangal, cruzaba un pequeño canal, que cuando llovía mucho se trasformaba en un pequeño arroyito alimentado por las aguas que bajaban de las sierras y traía consigo mojarritas y otros diminutos peces que, obviamente, eran la atracción y la codicia de Anselmo y Alberto, que esperaban ese momento con sumo entusiasmo y pertrechados con una red que ellos mismos tejían con hilo choricero y un tachito donde arrojar la pesca.
Una mañana, de las tantas, Anselmo y Alberto tuvieron una idea brillante. Como hacía casi una semana que llovía, no tuvieron mejor idea que ir al canal, ahora torrentoso arroyito, a pescar mojarritas.
Para protegerse de la lluvia Anselmo pensó en cubrirse con bolsas de arpillera y Alberto, para no mojarse los pies, se le ocurrió que ambos se calzaran las botas de goma de su padre y de su madre, que utilizaban para ordeñar las vacas. Sin tener en cuenta que la madre calzaba 38 y el padre 45.
Y allí salieron rumbo al arroyito, Anselmo cargando la red y Alberto el tachito.
A medida que fueron avanzando las botas se fueron hundiendo más y más en el barro, porque a más cercanía del arroyito más fangoso se volvía el terreno. Y cuanto más fangoso era el terreno más se hundían y quedaban atrapadas las botas haciendo sopapa. De tanta fuerza que tenían que hacer para sacar cada pie y continuar avanzando tuvieron que recurrir a las manos y así y todo no lograban desprender la bota. Paulatinamente fueron perdiendo las bolsas de arpillera, que se las llevó el viento. La red quedó a un lado, lo mismo que el tachito. Cuando quisieron retroceder se dieron cuenta que ya estaba muy adentrados en el fango que cada vez se hacía más difícil zafar la bota por más que se colgaran con ambas manos y tiraran y tiraran.
Llegó un momento en que no les quedó otra solución que descalzarse las botas, hundir sus pies en el fango y regresar a casa empapados y sabiendo lo que les esperaba: una paliza por haber salido bajo la lluvia sin tener en cuenta que podían llegar a enfermarse y porque las botas quedaron en el fango llenándose. Hasta que el padre fue a buscarlas tenían más de diez centímetros de agua. Imposible secarlas para el ordeñe del día siguiente. No sólo eso, sino que el padre tuvo que ir a buscar las botas chapoteando en alpargatas que fue perdiendo en el camino.

Conozcan en profundidad cómo fue la infancia de nuestros ancestros, el momento en el que se formaron para llegar a ser los adultos que nos educaron a nosotros, de la mano del libro "La infancia de los alemanes del Volga".-

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Historia de la epopeya emigratoria de la familia Gottfriedt

José Gottfriedt reunió a su esposa, Ana, e hijos, vendió su casa, sus enseres de trabajo, todo por pocos rublos, porque eran muchas las familias que vendían sus tierras, su vivienda, y muchos también los que se aprovechaban de esa situación, y dejó atrás su aldea natal, en las márgenes del río Volga, llamada Kamenka. Dando inicio así a un largo camino de desarraigo, de cruzar fronteras, de noches sin dormir y largos días de angustia, de cientos y cientos de kilómetros, que le condujeron hasta el puerto de Bremen, en Alemania.
Allí, luego de varios días de espera, de realizar todo tipo de trabajos en el puerto, para reunir el dinero que necesitaban y efectuar engorrosos trámites, de los que poco y nada entendía, para conseguir los pasajes, abordaron un buque rumbo a Brasil. Un mes viajando en las bodegas, amontonados, junto a otras familias que también huían de la opresión, del hambre y de la falta de libertad. Soportando roedores, ratas que merodeaban de noche comiéndose los pocos restos de alimentos que encontraban, pulgas y piojos. Rezando esperanzados por las noches. Agradeciendo cada plato de comida, aunque más no fuera un mísero jarro de sopa aguada.
Los bebés que nacían morían a los pocos días, lo mismo que los ancianos. El lugar y el ambiente era demasiado insalubre para su endeble salud. Se les realizaba un breve responso y con el corazón destrozado de los familiares, los cuerpos eran arrojados al mar. Dejados atrás, en las frías aguas, como quedaban atrás los parientes y los amigos, en la ya lejana aldea, donde, en los cementerios descansaban padres y abuelos.
Un mes después, José Gottfriedt descendió en Brasil. Un país desconocido, con una lengua totalmente ajena, ininteligible, un clima opuesto, con un calor insoportable, lejos del frío y la nieve, nuevos trámites, revisación médica, pero con un gobierno que prometía libertad y condiciones de progreso, y una tierra que, a simple vista, se veía generosa, productiva, con todas las condiciones necesarias como instalar una casa y comenzar una nueva vida, lejos de las penurias y el sufrimiento.
Después de largas e interminables revisaciones médicas e intrincados trámites legales, que se complicaban por la profunda diferencia idiomática, los colonos comenzaron a abandonar el puerto, guiados por hombres que representaban a las autoridades del estado. Primero, abordaron una larga hilera de carros, amontonando baúles y enseres unos sobre otros, lo mismo que a personas (a algunos colonos no les quedó otra alternativa que viajar sobre la pila de baúles, ante la falta de espacio), para finalmente cambiar varias veces de transporte hasta llegar a destino. Un destino que, cada hora y cada día que transcurría, parecía más y más lejano.
La promesa consistía en la concesión de tierras vírgenes para cultivar trigo, como lo habían hecho durante toda su existencia en Rusia, generación tras generación. Conocimiento y experiencia les sobraba. Lo mismo que coraje y fuerza de voluntad para empezar de nuevo en un lugar totalmente ajeno. Dios los acompañaba y los iba a acompañar siempre.
Al llegar al sitio designado por el gobierno, la desazón fue grande. No solamente parecían estar en el medio de la nada, soportando un sol y un calor sofocante, con temperaturas desconocidas para ellos, sino que la vegetación y los árboles parecían querer devorarlo todo. Agobiaba ver semejante desmesura. Tantas tonalidades de verde. Y tanto animal salvaje desconocido acechando entre la maleza o saltando entre las ramas de los árboles. Gritos, chillidos, aullidos, completaban el panorama. Para los colonos fue desconsolador descubrir el lugar e imaginarse lo que les esperaba. Pasarán meses, tal vez años, hasta que podamos sembrar los primeros granos de trigo, pensaban no sin razón.
José Gottfriedt recordaría esa experiencia por el resto de su vida. La contaría decenas de veces. Lo mismo que sus hijos más pequeños que presenciaron y vivieron lo que para la familia representaron los años más traumáticos de sus vidas. No tanto por el trabajo duro y agotador que significó desmalezar y hacer habitable el lugar sino por la presencia permanente de pequeños monos, bestias desconocidas para ellos, que no solamente los acechaban durante el día si no que, durante las noches, bajaban de los árboles por decenas, invadiendo primero el campamento y luego los techos de las viviendas, metiéndose en cuanto escondrijo encontraban abierto, buscando alimento, algunos de manera agresiva y sumamente salvaje.
A pesar de todos los contratiempos y el trabajo rudo, realizado sin descanso, venciendo mil y un obstáculos, el descampado se fue transformando en aldea y la aldea en un pequeño poblado. Pero así como la incipiente localidad crecía, por la llegada de nuevos colonos, también había otros que desertaban, luego de varios años de lucha, cansados y agotados de combatir malezas y alimañas.
Como José Gottfriedt, que una noche, escuchando como los monos merodeaban de a decenas por el techo de su precaria casa, que había logrado levantar luego de años de trabajar sin tregua, asustando a su esposa e hijos, que nacieron en aquel paraje desolado, decidió emigrar a la Argentina.
Desde hacía más de un año mantenía correspondencia con familiares y amigos oriundos de su misma aldea, Kamenka, de allá, en Rusia, que habían emigrado a la Argentina y estaban instalados en una colonia fundada en 1887 por alemanes del Volga a 15 kilómetros de la Estación de Ferrocarril Sauce Corto (actualmente ciudad de Coronel Suárez).
En la correspondencia le contaban detalles de la localidad, fundada hacía apenas algo más de diez años, de la productividad de la tierra, de los excelentes rindes que estaban obteniendo en las cosechas de trigo, también le brindaban detalles de la benignidad del clima, le explicaban que aquí las estaciones se diferenciaban claramente, entre primavera, otoño, invierno y verano, y que las temperaturas no eran tan agobiantes como en Brasil. Y, por supuesto, le remarcaban que por estos lares no existían monos.
Todos estos detalles, sumado al hartazgo de afrontar cotidianamente tantos infortunios, hicieron que José Gottfriedt decidiera hacer nuevamente los baúles y volver a emigrar. Esta vez a la Argentina.
Por lo que otra vez, afrontó el penoso proceso de la despedida, de familiares y amigos. De la casa que había construido y transformado en su hogar. De la tierra que lo cobijó durante aquellos años y que él creyó iba a ser su terruño hasta el final de sus días. Otra vez tuvo que malvender todo lo que había logrado adquirir con tanto sacrificio, esfuerzo y coraje. Sólo se quedó con lo que podía transportar en la larga travesía que nuevamente lo esperaba, no sólo a él, si no a su esposa y a sus hijos pequeños, entre ellos, un bebé de meses.
Cargó los baúles y a su familia al carro, y en soledad, retornaron por dónde habían llegado, desandando el complicado y peligroso camino al puerto. Largas noches y eternos días de viaje. Pasaron penurias. Con extravíos incluidos. La vastedad era inmensa y el silencio, a veces, insoportable. No fue sencillo.
En el puerto, otra vez, los trámites y las explicaciones que exigían las autoridades al ver que abandonaba el país que, según ellos, le ofrecía todo para afincarse. Pero fue inútil. Inútil hablar, porque el colono hablaba en alemán y las autoridades en portugués. E inútil porque nada lo haría cambiar de parecer. La decisión estaba tomada.
Concluidos los trámites, ascendieron al buque y emprendieron el viaje rumbo al puerto de Buenos Aires, donde otra vez, los esperaban autoridades aduaneras, con sus tediosas revisaciones médicas, sus registros, sus preguntas inteligibles y su eterna dificultad para entender el idioma alemán. Siempre con filas interminables de inmigrantes, provenientes de infinidad de naciones del mundo, hablando diferentes idiomas: polacos, rusos, judíos, italianos, españoles, turcos, franceses, entre otros. Todos con ansias de comenzar una nueva vida. Los había casados, con familia numerosa, viudos y viudas, con hijos y sin hijos, jóvenes de ambos sexos y hasta adolescentes y algún niño que llegaba escapando del hambre y de las guerras.
Finiquitados todos los trámites, engorrosos, pesados, por momentos tediosos y molestos, comenzaron el recorrido por los caminos de la indómita pampa, cargando sus baúles, sus enseres, su soledad y su esperanza, sus ansias de volver a comenzar, de encontrar una tierra, construir una vivienda, un hogar, y estar con personas y familias de su mismo origen, rumbo a Pueblo Santa María, que los fundadores habían bautizado Kamenka, el mismo nombre de la aldea de la que emigraron las primeras 24 familias y 1 persona soltera, que sentaron las bases de la nueva localidad.
Al llegar por fin al incipiente poblado descubrieron, con desazón, una vez superada la emoción y la felicidad, que ya no quedaban tierras disponibles de la inmensa extensión de campo que había dispuesto Eduardo Casey, para ser colonizada. Es más, periódicamente iban arribando más y más contingentes de familias en busca de un nuevo horizonte, sin encontrar nada de tierra virgen para sembrar sino tampoco espacio donde radicarse dentro del tejido urbano, y entonces, así como llegaban, decidían inmediatamente partir rumbo al sur de la provincia de Buenos Aires o hacia la provincia de La Pampa, para adquirir campos en nuevas colonizaciones que se anunciaban y fundar sus propias colonias.
José Gottfriedt, luego de unas semanas de tratativas, y con el dinero que traía, fruto de su trabajo y la venta de su vivienda y enseres domésticos en Brasil, consiguió un terreno donde levantar su nueva vivienda. Cosa que hizo, con la colaboración de su esposa, hijos y vecinos. Una vivienda precaria, como la de la mayoría de las familias de esa calle, la última de la colonia, que ya tenía construcciones distribuidas por doquiera, sin seguir ningún trazado urbano lógico ni ordenado. Con calles cortas y sin salidas. El objetivo primordial de todos, era tener una casa y trabajo. No había tiempo para pensar en detalles catastrales.
José Gottfriedt y su esposa Ana, tenían hijos de tres nacionalidades. Unos habían nacido en la aldea Kamenka, en Rusia, otros, en la aldea que dejaron atrás, en Brasil, y finalmente los que nacerían en Pueblo Santa María, donde el matrimonio se radicó definitivamente, en los inicios del 1900.
Los hijos serían 11 en total. Una de sus hijas, llamada Rosa, nacería el 10 de noviembre de 1917 (según dice su documento oficial, aunque en realidad nació por lo menos dos antes de esa fecha, día en que su padre la llevó a anotar en el Registro Provincial de las Personas).
Rosa contraería matrimonio con Juan Jacob. Con quien tendría 5 hijos. Uno de esos hijos sería una niña, María Cristina, que se casaría con Toribio Julio Melchior, que, a su vez, tendría dos hijos, María Claudia y yo, Julio César.