Al atardecer mamá nos daba un
balde y nos mandaba al gallinero a juntar los huevos del día que, generalmente,
superaban las dos docenas. Una tarea que había que realizar con sumo respeto y
cuidado. Porque no solamente teníamos terminantemente prohibido romper un
huevo, aunque, a veces, accidentes no faltaban, sino que, también, debíamos
evitar los picotazos de alguna gallina o clueca a la que no le gustaba para nada que le metiéramos mano al nido para
hurtarle el huevo que había puesto con mucho esfuerzo y pretendía conservar a
toda costa, aun sabiendo que tenía que mantener una reyerta con dos porfiados,
tan porfiados, como mi hermano y yo, que podíamos llegar a hacer uso de
estrategias bastante salvajes para alejarla del nido. En defensa de la pobre
clueca, debo confesar que, más de una vez, la que nos sacó corriendo a picotazo
limpio fue ella. Recogíamos los huevos un poco como un trabajo que era
obligatorio realizar todos los atardeceres y, otro poco, jugando y llevando a
cabo travesuras que nunca le contamos a nadie, ni siquiera a nuestros amigos.
Nadie en su sano juicio se hubiera arriesgado a que algún alcahuete le fuera
con el chisme a papá. Entonces sí que nos hubiéramos enfrentado a un juez
severo, que siempre condenaba y aplicaba una buena tunda con la alpargata o el
cinturón, según la gravedad del asunto en cuestión. Papá no perdonaba las
travesuras y menos perdonaba que maltratáramos las aves domésticas proveedores
del tan ansiado sustento diario. Porque no solo nos proveían de huevos sino
también de carne. Pero nuestro compromiso y obligación con las gallinas y el
bendito gallinero, era mucho más amplio. No solo teníamos que recoger los
huevos sino que, una vez a la semana, era menester barrer todo el excremento
que las aves depositaban durante sus largos encierros nocturnos al que eran
confinadas para protegerlas de los zorros y otras alimañas que, con mucho gusto
y placer, se las hubieran devorado. Sumado a esto, que ya era mucho para
nosotros, una vez al mes teníamos que cambiar la paja sucia de los nidos por
limpia, que había que recoger de los campos aledaños, guadaña en mano. Cómo
verán, no éramos muy amigos de las gallinas y ellas tampoco de nosotros, pues,
las ingratas, todavía tenían el orgullo y el tupé de considerarnos intrusos en
su hogar, cuando nosotros todo lo que hacíamos era cumplir órdenes superiores
y, al final de cuentas, éramos los únicos que manteníamos no solo su hogar
limpio sino que también las protegíamos de las alimañas, que las acosaban
hambrientas y deseosas de comérselas. (Autor: Julio César Melchior).Historia, costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga. Investiga y escribe: Julio César Melchior
Rescata
Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior2026@gmail.com
martes, 30 de abril de 2019
¿Se acuerdan cuando al atardecer mamá nos mandaba a juntar los huevos?
Al atardecer mamá nos daba un
balde y nos mandaba al gallinero a juntar los huevos del día que, generalmente,
superaban las dos docenas. Una tarea que había que realizar con sumo respeto y
cuidado. Porque no solamente teníamos terminantemente prohibido romper un
huevo, aunque, a veces, accidentes no faltaban, sino que, también, debíamos
evitar los picotazos de alguna gallina o clueca a la que no le gustaba para nada que le metiéramos mano al nido para
hurtarle el huevo que había puesto con mucho esfuerzo y pretendía conservar a
toda costa, aun sabiendo que tenía que mantener una reyerta con dos porfiados,
tan porfiados, como mi hermano y yo, que podíamos llegar a hacer uso de
estrategias bastante salvajes para alejarla del nido. En defensa de la pobre
clueca, debo confesar que, más de una vez, la que nos sacó corriendo a picotazo
limpio fue ella. Recogíamos los huevos un poco como un trabajo que era
obligatorio realizar todos los atardeceres y, otro poco, jugando y llevando a
cabo travesuras que nunca le contamos a nadie, ni siquiera a nuestros amigos.
Nadie en su sano juicio se hubiera arriesgado a que algún alcahuete le fuera
con el chisme a papá. Entonces sí que nos hubiéramos enfrentado a un juez
severo, que siempre condenaba y aplicaba una buena tunda con la alpargata o el
cinturón, según la gravedad del asunto en cuestión. Papá no perdonaba las
travesuras y menos perdonaba que maltratáramos las aves domésticas proveedores
del tan ansiado sustento diario. Porque no solo nos proveían de huevos sino
también de carne. Pero nuestro compromiso y obligación con las gallinas y el
bendito gallinero, era mucho más amplio. No solo teníamos que recoger los
huevos sino que, una vez a la semana, era menester barrer todo el excremento
que las aves depositaban durante sus largos encierros nocturnos al que eran
confinadas para protegerlas de los zorros y otras alimañas que, con mucho gusto
y placer, se las hubieran devorado. Sumado a esto, que ya era mucho para
nosotros, una vez al mes teníamos que cambiar la paja sucia de los nidos por
limpia, que había que recoger de los campos aledaños, guadaña en mano. Cómo
verán, no éramos muy amigos de las gallinas y ellas tampoco de nosotros, pues,
las ingratas, todavía tenían el orgullo y el tupé de considerarnos intrusos en
su hogar, cuando nosotros todo lo que hacíamos era cumplir órdenes superiores
y, al final de cuentas, éramos los únicos que manteníamos no solo su hogar
limpio sino que también las protegíamos de las alimañas, que las acosaban
hambrientas y deseosas de comérselas. (Autor: Julio César Melchior).domingo, 21 de abril de 2019
Así se vivía el domingo de Pascua en las colonias de antaño
Los domingos de Pascua en las colonias de antaño eran
días de júbilo, las familias celebraban con alegría la Resurrección de Jesús,
en todos los ámbitos, tanto religioso, asistiendo a misa, como en el social,
organizando grandes tertulias bailables que comenzaban a la hora que se ponía
el sol, como en el seno del hogar, donde toda la familia se congregaba
alrededor de la amplia mesa de la cocina a almorzar lechón al horno con papas y
Füllsen. Esa fecha, junto con la de Kerb, eran las dos únicas celebraciones en
que todos los hijos, solteros o casados, y parientes que trabajaban o vivían
lejos, regresaban al hogar paterno. Cada casa bullía de gente. Se dormía dónde
se podía.
Todo comenzaba a la mañana temprano, alrededor de las
cuatro de la madrugada, cuando papá y mamá se levantaban a preparar el
almuerzo. Papá encendía el horno de barro y mamá terminaba de colocar dentro de
la fuente el lechón adobado la noche anterior junto con las papas.
Al amanecer, más temprano que nunca, despertaban los
niños ansiosos por descubrir si el Conejo de Pascua había pasado por sus casas
para dejar los tradicionales huevitos de Pascua en los niditos preparados
durante la semana en una caja. El Conejo nunca los defraudaba, siempre les
dejaba un cúmulo de huevos multicolores, preciosamente decorados, y riquísimos
(huevos de gallina que la madre, en las largas madrugadas, hervía, teñía y
decoraba).
A media mañana todos asistían a misa. Solamente
permanecía en casa una sola persona, la que tenía a su cargo concluir los
últimos detalles de la preparación de la comida que se iba a servir durante el
almuerzo. La iglesia desbordaba de gente, tanto que muchas personas asistían a
la misma participando de la ceremonia desde la vereda. Y dentro de la misma,
era frecuente que se produjera algún que otro desmayo a consecuencia de la
multitud que ingresaba.
Luego de la ceremonia todos regresaban a casa a
participar del gran almuerzo familiar, donde reinaba un clima de fiesta. Se
comía y se bebía abundantemente. Era tanta la cantidad de comida que se
preparaba que, concluida la Pascua, y habiéndose marchado la visita, los dueños
de casa comían comida recalentada o fría durante casi toda la semana.
Durante la sobremesa era frecuente que algún hermano,
tío o abuelo, sacara a relucir su acordeón y comenzara a tocar y cantar las
ancestrales melodías volguenses, rememorando su aldea natal y a la familia que
había quedado, allá lejos, a orillas del legendario río Volga para siempre.
A la hora del mate, llegaba generalmente más visita, y
mamá ponía sobre la mesa los deliciosos Dünne Kuchen y la infaltable miel.
Surgían los recuerdos y las infaltables anécdotas familiares. A veces, se
aprovechaba la ocasión para anunciar un compromiso o la fecha de una
boda.
El día de fiesta concluía con la caída del sol, hora
en la que se cenaba la comida que había sobrado al mediodía, la que se comía
fría para evitarle a mamá la tarea de tener que recalentarla en la cocina a
leña.
Finalmente los hombres solteros, las parejas más
jóvenes, tanto casadas, como la de novios, pero ésta en compañía de alguien
confiable que permaneciera atento a cualquier incorrección que pudieran cometer
los futuros esposos, y las jóvenes, pero acompañadas de un hermano o matrimonio
amigo, asistían a la tertulia bailable. Evento en el que tocaba en vivo una
orquesta local o de un pueblo vecino. Eventualmente podía llegar a contratarse
un grupo de renombre nacional.
Los
padres y los mayores permanecían en casa conversando y recordando tiempos
pasados. Muchos de ellos recién volverían a verse en la Pascua siguiente, y
algunos quizás no se reencontrarían nunca más, porque vivían muy lejos y
antiguamente todos los viajes se hacían en carro, por lo que todo traslado
desde localidades lejanas insumía días y días de un viaje agotador que,
llegados a una edad, las personas ya no soportaban. Además, todos eran
conscientes, que la muerte siempre acecha, y que un adiós no siempre significa
un hasta pronto. (Autor: Julio César Melchior).
sábado, 20 de abril de 2019
¿Conocen la tradición de los Klapperer que eran una parte fundamental en la Semana Santa?
Varias semanas previas a la celebración
de Pascua los niños que cumplían funciones de monaguillos, a los que se le
sumaban a veces una veintena más, importunaban hasta el agobio a sus padres
para que les concedan el permiso, primero, de actuar como Klapperer durante la
Semana Santa, y segundo los ayuden a fabricar una Raschpel, tarea nada sencilla
para los pequeños, pues requería poseer conocimientos de carpintería, aunque
más no fueran rudimentarios, y saber cómo armar una Raschpel no solo de diseño
decoroso sino que emitiera un sonido potente al hacerla girar.
La mayoría de los padres accedían
complacidos felices de que sus hijos manifestaran tanto alborozo en mantener
viva esta ancestral tradición aunque tuvieran que dejar de lado actividades más
apremiantes de su cotidiano quehacer, generalmente relacionado a las labores
rurales; pero los había también, unos pocos, es cierto, que se negaban a perder
el tiempo fabricando una Raschpel para que sus hijos anduvieran por la colonia
alborotando a los perros y las gallinas, y por qué no, a algún anciano
desprevenido. Los vástagos de estos padres desaprensivos, birlaban un serrucho,
martillo y clavos de la herrería y unas maderas de la carpintería, y en secreto
comenzaban a fabricarla ellos. Qué tan difícil puede ser fabricar una Raschpel
se preguntaban unos a otros mientras ponían manos a la obra, sin distinguir, en
cada martillazo, entre dedos y maderas.
Cuando faltaban dos o tres días para que
entrara en funciones este original batallón, el sacerdote los convocaba a la
casa parroquial para instruirlos en sus tareas. Ahí los niños que participaban
por primera vez tomaban conocimiento de la actividad que se esperaba tenían que
llevar a cabo durante Semana Santa y los que ya venían con experiencia de años
anteriores, escuchaban sin oír, pergeñando travesuras.
La labor de los Klapperer o die
Klapperer, así se llamaba a este batallón de niños, consistía en suplir el
mutismo de las campanas durante Semana Santa, cuando se “volaban” en la noche
del Jueves Santo, regresando recién en la noche del Sábado Santo, con el sonido
de sus Raschpel o matracas.
Los Klapperer recorrían tres veces las
calles de la colonia previo al comienzo de cada misa, reemplazando el repicar
de las campanas con el estruendoso sonido de sus Raschpel, que rompía el
pacífico silencio de la localidad asustando a los perros que les ladraban
furiosos y a los gatos, gallinas, pavos, vacas lecheras, que disparaban
despavoridos hacia campo abierto.
Cuando llegaba el momento en que debía
escucharse el primer repicar de las campanas de la torre de la iglesia llamando
a misa, los Klapperer salían a suplir su silencio, al grito de Zum ersten mal o
la primera vez, acompañando su pregón con el atronador ruido de sus
Raschpel.
Ceremonia que se repetía cuando tenían
que sonar por segunda y tercera vez las campanas de la iglesia. En estos casos
los Klapperer vociferaban a los cuatro vientos zum zweiden mal o la segunda vez
y zum dritten mal o la tercera vez, respectivamente.
Acto seguido, el sacerdote daba inicio a
la ceremonia.
Los niños que cumplían la función de
Klapperer, se la pasaban en la calle, Raschpel en mano, recorriendo la colonia
en Semana Santa, volviendo locos no solamente a los animales sino, a veces,
generando alguna pequeña diablura, porque, entre tan numeroso grupo de
infantes, nunca faltaba uno al que se le ocurriera una brillante idea.
Las campanas enmudecían el Jueves Santo
por la noche cuando se decía que die Klocken fliegen fort o se vuelan las
campanas, y regresaban el Sábado Santo, también por la noche, pero esto no
significaba que no hubiera misas, todo lo contrario, las ceremonias religiosas
que se desarrollaban por aquellos años en Semana Santa eran muchas, a la
mañana, a la tarde y a la noche, y el anuncio de todas estaba en manos de los Klapperer,
que, a toda esta tarea de tener que hacer tres recorridos previos a cada misa,
reemplazando el repicar de las campanas de la iglesia con el sonido de sus
Raschpel, también debían levantarse de madrugada para recorrer las calles de la
colonia cantando el Ave María Gracia plena, repitiendo el mismo canto a las
doce del mediodía y al atardecer, porque las colonias de los alemanes del
Volga, a lo largo del año, desarrollaban sus tareas al ritmo del toque de las
campanas, momento en que hacían una pausa en sus labores y rezaban el Ángelus.
Y como si todo esto no fuera suficiente, el Klapperer asimismo recorría las
calles de las colonias anunciando el programa completo de ceremonias religiosas
que se iban a llevar a cabo durante la Semana Santa.
Semejante trabajo religioso tenía su
recompensa el domingo de Pascua, cuando este batallón de más de veinte niños se
congregaba en la casa parroquial, para desde allí empezar a recorrer la
colonia, ingresando a todos los hogares solicitando su recompensa al ritmo de
sus matracas y entonando un poema ancestral afín para esa circunstancia.
Mientras tanto las familias los esperaban con
alegría recompensándolos con Huevos de Pascua, elaborados por las madres, en
realidad huevos de gallina bellamente decorados, algunas masitas, porciones de
Dünne Kuchen o Strudel, y, muy de vez cuando, alguna familia pudiente, les
obsequiaba una monedita de un centavo, todo un dineral para un niño de aquella
época. (Autor: Julio César Melchior).
viernes, 19 de abril de 2019
Así vivían el Viernes Santo nuestros abuelos en las colonias de antaño
El Viernes Santo era día de
abstinencia total de carne y ayuno estricto. Las amas de casa cocinaban
alimentos livianos y la costumbre general era alimentarse pero sin quedar
satisfechos. Todos vestían ropas oscuras o de luto para asistir a la iglesia.
Las actividades quedaban todas suspendidas, las sociales, comerciales y hasta
las rurales. En la comunidad reinaba el silencio casi absoluto. Las calles permanecían vacías. Las personas solamente salían de sus
casas para ir a la iglesia. Las campanas de la parroquia también se mantenían
mudas, porque se habían “volado” durante la noche anterior, y su sonido era
reemplazado por matracas (Raschpel) que hacían sonar un grupo de niños que
recorrían la colonia anunciando los momentos en que debía tener lugar el primer,
el segundo y el tercer repicar llamando a los fieles a asistir a las
celebraciones litúrgicas. A las tres de la tarde se celebraba la “Liturgia de
la Pasión del Señor", hora en la que se ha situado la muerte de Jesús en
la cruz. La iglesia desbordaba de fieles, tanto que muchas personas
participaban de la misma desde la vereda. Lo mismo sucedía el viernes por la
mañana en que el sacerdote llevaba a cabo las confesiones, ya que se sostenía
que para esas fechas todos tenían la obligación de confesarse, para tomar la
Eucaristía durante la misa del domingo de Pascua.
En tanto que por la noche
se llevaba a cabo un Vía Crucis del que participaba toda la comunidad. Solo
permanecían en casa los ancianos, niños pequeños y las personas impedidas
físicamente. En esquinas elegidas estratégicamente se instalaban las catorce
imágenes que representaban las estaciones del camino que recorrió Jesús rumbo a
su crucifixión y muerte. Abriendo el paso de esta multitudinaria procesión, que
caminaba con el alma compungida y dolorida, marchaba el sacerdote y un numeroso
grupo de niños con farolitos (fackellier), realizados con papel crepé y velas,
remedando la luz del Señor. Se oraba y cantaba con profunda devoción y
tristeza. (Autor: Julio César Melchior).
jueves, 18 de abril de 2019
¿Se acuerdan cuando las campanas se “volaban” durante la misa del Jueves Santo en las colonias de antaño?

El Jueves Santo, como todos los otros días de la
semana previos al Domingo de Pascua, era una jornada de introspección, de
profundo silencio, las conversaciones se desarrollaban sin estridencias ni
risas, hasta los niños estaban obligados a mantener recato en sus juegos: el
pueblo entero estaba de luto.
Era día no laborable, para que todos pudieran vivir
como corresponde la Semana Santa y no tener
inconvenientes para asistir a misa.
La noche del Jueves Santo
se conmemora la Institución de la Eucaristía en la Última Cena y el lavatorio
de los pies realizado por Jesús y se rememora la agonía y oración en el Huerto
de los Olivos, la traición de Judas y el prendimiento de Jesús.
En las colonias, además,
tenía lugar un hecho tradicional para los alemanes del Volga: mientras se
cantaba el "Gloria" todas las campanas de la iglesia empezaban a
sonar al unísono, sonido que se esparcía no solamente por los cielos de la
localidad sino hasta una amplia zona de influencia, dado el estruendoso clamor
que generaban las tres campanas echadas a volar a la vez. Se decía que “las
campanas se volaban”. Sí, se “volaban” todas. Porque desde ese instante
quedaban mudas hasta la noche de la Vigilia Pascual, que se desarrolla el
Sábado Santo.
Esta tradición de echar a
volar las campanas, todavía continúa viva en muchas colonias de alemanes del
Volga.
Para llamar a misa en los días subsiguientes se recurría a los Klapperer
(matraqueros -traducción literal- o campaneros) que con sus Raschpel (matracas)
anunciaban el llamado a misa reemplazando el sonido de las tres campanadas
habituales. Pero eso ya es otra
historia, que contaremos mañana. (Autor: Julio César Melchior).martes, 16 de abril de 2019
La magia de los huevos de Pascua elaborados por las abuelas en las colonias de antaño
Los domingos de Pascua los niños se levantaban muy
temprano a la mañana, porque sabían que durante la noche había pasado por sus
hogares el Conejo de Pascua para obsequiarles huevos multicolores, que
invariablemente depositaba en los nidos que construían para tal fin dentro de
cajas, palanganas o algún pequeño tarro, con paja, yuyos y, a veces, papel
cortado en pequeños trozos.
Estos obsequios que el
Osterhase dejaba eran huevos de gallina teñidos y decorados primorosamente por
las madres o alguna abuela que se esmeraba en mantener vigente esta milenaria
tradición. Para ello, hacían uso de artilugios secretamente guardados durante
generaciones en la familia. Para la obtención de los colores para pintar los
huevos y posteriormente decorarlos con delicados trazos, utilizaban el agua
donde habían hervido remolachas para crear el rojo, el agua de las cebollas
para darle vida al amarillo, procedimiento que se repetía con la acelga para el
verde y con otras verduras y hortalizas para obtener una amplia y variada paleta
de tonos. Previo a esto, los huevos eran hervidos durante diez minutos,
aproximadamente. Algunas abuelas también podían llegar a lustrarlos con grasa
de cerdo para que lucieran más brillantes y apetitosos.
Los niños de aquella
época, hoy ya personas mayores, cuentan que jamás volvieron a ver huevos de
Pascua tan hermosos ni tan ricos. También recuerdan que, durante su infancia,
se preguntaban cómo era posible que el conejo ingresara al patio y se metiera
en la casa con su canasta llena de huevos sin que los perros lo notaran. Porque
ni una vez, en todos los años que los huevos de Pascua aparecieron en los
nidos, los perros ladraron. Es que es un conejito muy inteligente y astuto
respondía la madre cuando insistían en obtener una respuesta, mientras la abuela,
más sabia, les confesaba el secreto: el conejo de Pascua tiene una pócima
especial que los duerme. (Autor: Julio César Melchior).
domingo, 14 de abril de 2019
Homenaje a nuestros abuelos
Los abuelos llegaron a la Argentina con los baúles llenos de esperanza. Descendieron en el puerto de Buenos Aires. Viajaron en tren a un lugar desolado en el medio de la pampa que el gobierno les señaló para fundar un nuevo pueblo. Hundieron el arado en la tierra virgen. Erigieron viviendas con adobes que ellos mismos fabricaron. Edificaron escuelas. Levantaron un altar y una iglesia en honor a su Dios, Nuestro Señor.
Andando el tiempo llegaron los hijos y la prosperidad. El pequeño poblado creció. La escuela se llenó de niños que educaban las hermanas religiosas. En los patios de las viviendas florecieron los rosales y en los campos se cosechó el trigo para el pan.
Mientras tanto en sus calles se seguía escuchando el idioma natal, en los hogares se entonaban las canciones de cuna ancestrales, la gente seguía asistiendo a la iglesia, respetando las costumbres y las tradiciones y ayudando al prójimo como el primer día, cuando llegaron de allá lejos, de su aldea natal, allende el Volga. (Autor: Julio César Melchior).
sábado, 13 de abril de 2019
13 de abril: aniversario de Pueblo San José
Pueblo San José, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en la Provincia de Buenos Aires, es fundado el 13 de abril de 1887 por 15 familias inmigrantes alemanas del Volga oriundas de las aldeas Dehler y Volmer. Las familias de Martín Sieben, Jacob Schwab, Stephan Heit, Jacob Schell y Konrad Schwab fueron las primeras en llegar y comenzar a limpiar la zona de malezas para edificar sus primeras y precarias viviendas. En los días sucesivos llegaron al lugar las familias de Johann Förster, Johann Butbilopky, Johann Opholz, Nicolás Seib, Michael Schuck, Matthias Schönfeld, Johann Peter Philip, Adam Dannderfer, Gottlieb Diel y Heinrich Heim.
Las 5 familias citadas en primer término se instalaron definitivamente en la nueva localidad,mientras que las diez restantes, con el transcurrir de los años, fueron emigrando hacia otras regiones, no solo del país sino del exterior.
El nombre que se le da a la localidad es Dehler. Posteriormente se le asignaría el definitivo de Pueblo San José pero, popularmente, hasta la actualidad, se la llama Colonia Dos (en dialecto zweit Konie).
Los primeros años fueron difíciles y muy duros porque fracasaron una tras otra las cosechas por heladas y por el desconocimiento que tenían los colonos del clima y la mala elección en la variedad apropiada de la semilla al momento de la siembra.
Sin embargo, con tesón, mucho sacrificio y fuerza de voluntad, lograron salir adelante y convertir a Pueblo San José en una comunidad progresista y en permanente desarrollo. (Autor: Julio César Melchior)
Sin embargo, con tesón, mucho sacrificio y fuerza de voluntad, lograron salir adelante y convertir a Pueblo San José en una comunidad progresista y en permanente desarrollo. (Autor: Julio César Melchior)
Información tomada del libro “Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, dónde podrá encontrar más datos al respecto. Para adquirir la obra escribir a juliomelchior@hotmail.com.
domingo, 7 de abril de 2019
El horno de barro y los Dünne Kuchen de la abuela
Don José encendió el horno de barro, que él construyó con sus manos, hace cuarenta y ocho años, cuando se casó con doña Elvira y se mudó a la casa. Lo hizo con tallos secos de cardo y unas pocas astillas cortadas con el hacha de manera fina y prolija. Sobre ésto había colocado ramas más gruesas y pequeños troncos para generar no solamente abundante llama sino, una vez consumido, carbón para distribuir uniformemente en el interior del horno.
En el interior de la casa, doña Elvira trabajaba denodadamente con sus manos, un mazacote de harina, huevos, crema y varios ingredientes más, que tenía sobre la mesa, rodeada de varias fuentes que esperaban su turno para ser llenadas y llevadas al horno. Mientras el reloj marcaba las cuatro y media de la mañana, tomó el palo de amasar. Con paciencia, delicadeza y no sin esfuerzo físico, fue trabajando la masa y distribuyéndola equitativamente en las fuentes. Finalmente tomó una sartén de la cocina a leña para concluir poniendo sobre la masa, anteriormente distribuida en todas las fuentes, una cobertura de grumos. Ya estaban listos los Dünne Kuchen para ser llevados al horno, una vez que hubieran levado lo suficiente. (Julio César Melchior).
sábado, 6 de abril de 2019
La abuela Ana recuerda las recetas de las comidas tradicionales de los alemanes del Volga
La abuela Ana hojea el libro y dos lágrimas comienzan a caer por sus mejillas, se deslizan por su rostro y se pierden en la inconmensurable tierra de los recuerdos. Se ve niña, aprendiendo a cocinar, junto a su madre, en la amplia mesa de madera gastada de la cocina. Amasan Kreppel mientras sobre la cocina a leña se calienta la grasa en la sartén. Su madre estira la masa con el palo de amasar. Le da forma a los Kreppel y uno a uno los coloca dentro de la sartén. Los fríe y los saca para espolvorearlos con abundante azúcar.
La abuela Ana piensa en su madre y en las ricas comidas que le enseñó a hacer. Recuerda cuando preparó su primer Dünne Kuche, sus primeros Strudel, algunos rellenos de ricota, otros de chucrut y otros de manzana. Los Wückel Nudel con estofado de carne. Los Kleis, con cebollitas y trozos de pan rehogado en grasa, en la sartén. Los fideos caseros puestos a secar al sol, antes de cortarlos en tiras finitas para arrojarlos a la cacerola con agua hirviendo. Las largas madrugadas amasando el pan diario para hornearlo en el horno de barro. Y tantas y tantas comidas más que es imposible recordarlas a todas juntas pero que descubre en el libro.
La abuela Ana vuelve a hojearlo y una nostalgia profunda le llena el alma de sabores y aromas. El libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, le trae al presente no solamente las recetas, los sabores y aromas de la colonia de antaño, sino también la imagen de su hogar, su familia, sus seres queridos que ya no están y la amada e inolvidable imagen de su madre.
La abuela llora desconsoladamente. Llora de tristeza y, a la vez, de felicidad. De tristeza, por las personas que ya no están, y de felicidad, por descubrir un libro que perpetúa en el recuerdo las recetas de su madre y de todas las madres alemanas del Volga. (Autor: Julio César Melchior).
martes, 2 de abril de 2019
Receta de Kartoffel und Klees
1 kg. de papas
½ kg. de harina
1 huevo
½ taza de agua
1 pizca de sal
Preparación:
Colocar en un bol ½ kilo de harina, agregar el huevo, el agua y pizca de sal; mezclar bien todos los ingredientes hasta obtener una masa liviana y dejar descansar ½ hora aproximadamente. Cortar las papas en dados y ponerlas a hervir. Luego tomar la masa con las manos y cortar pequeños trocitos, dejándolos caer directamente dentro del agua, que debe estar en ebullición. La cocción de los Klees es de 5 minutos aproximadamente. Pasar todo por colador para que escurra bien. Se puede servir con chucrut, con pedacitos de panceta dorados previamente en aceite, con crema o con huevo batido.
Esta receta y 150 más, se
pueden encontrar en el libro "La gastronomía de los alemanes del
Volga", del escritor Julio César Melchior. Se adquiere por correo mediante
el sistema de contra reembolso: Ud. hace el pedido y recién paga cuando lo
tiene en sus manos. Para ello comunicarse a juliomelchior@hotmail.com.
Los bailes de los sábados en las colonias de antaño
Las muchachas iban y venían a lo
largo de la amplia galería de la casa. Dos arrojaban agua sobre las baldosas
que sacaban de la bomba y otras dos barrían frenéticamente con la escoba,
limpiando a conciencia. Conversaban y reían, felices. Hacían planes para el
atardecer. Rosa soñaba en voz alta: “ojalá que venga Juan”. “Si se entera papá
que estás pensando en él, te va a encerrar en el cuarto y te vas a quedar sin
bailar” -opinó Luisa seriamente. “Vamos, vamos, que
todavía tenemos que barrer el patio y ordenar la cocina” - las apuró Berta. Sí,
vamos! Que después hay ayudarle a cocinar a mamá” -acotó María.
Y así
fue. Al rato asomó doña Filomena rezongando porque ya era tarde y nadie estaba
haciendo nada en la cocina. La norma en la casa era almorzar a las doce en
punto del mediodía, cuando sonaban las campanas de la iglesia: momento en que
todos paralizaban su actividad para rezar el Ángelus. Y las muchachas sabían
que las costumbres se cumplían a rajatabla. Por eso, sin refunfuñar pero sí
controlando a duras penas su ansiedad, obedecieron a su madre. Rosa comenzó a
pelar papas, Berta cebollas y Luisa comenzó a reunir ingredientes para preparar
una pasta, mientras María se dirigía a la quinta a buscar las verduras que
faltaban para elaborar el menú.
Luego
del almuerzo, la vivienda quedó en silencio. Poco importaba que fuera sábado y
las muchachas tuvieran planes para esa jornada. Nada alteraba el orden habitual
de los habitantes de la casa. A nadie se le hubiese ocurrido revelarse ni
contradecir las normas. Por respeto a los padres y a las buenas
costumbres.
Los
sábados a la tarde, después de la siesta y del mate, venía el momento del baño.
Se calentaba agua en la cocina a leña en cuanta pava y tarro hubiera en la
casa. La tina era un enorme fuenton confeccionado de chapa en la localidad y el
cuerpo y la cabeza se lavaban con jabón casero que elaboraba la abuela tras
cada carneada.
Habiéndose
bañado y concluida la cena, que se desarrollaba con el toque de las campanas de
la iglesia, a la hora del atardecer, las muchachas, que vivían en la calle
central del pueblo y eran hijas de una familia de un pasar económico holgado,
sacaron la radio a la galería. La trasladaron entre Berta y María y con
esfuerzo la colocaron sobre una mesita instalada en un rincón, para que no
moleste, en el momento de bailar. La encendieron y subieron el volumen.
Ahora
solo cabía esperar que llegaran las primas, los primos y las amigas y los
amigos invitados. Y todo estaría listo para otro sábado de baile y diversión.
(Autor: Julio César Melchior).
Un parto difícil en las colonias de antaño
Los gritos se escuchaban hasta en
el galpón, donde las mujeres se habían llevado a los niños para que no se
percataran del nacimiento de un hermanito. Después se les diría que los trajo
el arroyo o que nació de un repollo. Pero los gritos eran cada vez más fuertes
y desgarradores y los niños, asustados, preguntaban insistentemente que le
pasaba a su hermana que gritaba de esa manera tan terrible. Las mujeres,
también desbordadas por la angustia, los
consolaron diciendo que tenía un fuerte dolor de barriga por comer demasiadas
ciruelas verdes. Los niños se miraron estupefactos, prometiéndose nunca más
volver a probar ciruelas verdes. Sabían, por propia experiencia, que, a veces,
generaban una descompostura, pero nunca se les pasó por la cabeza que unas inocentes
ciruelas inmaduras podían llegar a generar semejante dolor de panza.
Los
gritos continuaron implacables hasta que llegó doña Berta, con su habitual
atuendo negro y sus casi ochenta años a cuestas, y todas las mujeres que
estaban dentro salieron corriendo al patio a buscar palanganas, agua y a bajar
alguna toalla del tendal.
Los niños cada vez entendían menos. Qué estarían haciendo dentro de la casa para necesitar tantas palanganas, agua y toallas? -se preguntaban anonadados. Qué nueva manera de curar había descubierto doña Berta? Ellos sabían que curaba el empacho, el mal de ojo y que entregaba yuyos para diferentes dolencias pero jamás supieron de algo así.
Los niños cada vez entendían menos. Qué estarían haciendo dentro de la casa para necesitar tantas palanganas, agua y toallas? -se preguntaban anonadados. Qué nueva manera de curar había descubierto doña Berta? Ellos sabían que curaba el empacho, el mal de ojo y que entregaba yuyos para diferentes dolencias pero jamás supieron de algo así.
Media
hora después, los gritos pasaron a ser cada vez más pausados y menos terribles.
Paulatinamente el dolor de panza se le está pasando -pensaron los niños al
advertir que las mujeres que los mantenían lejos de la casa, también respiraban
aliviadas.
Y súbitamente los gritos cesaron. El silencio fue
tal, que todos se miraron temiendo una fatalidad. Las mujeres comenzaron a
observar la casa. Los niños hicieron lo mismo. Nada. Silencio absoluto. Total.
Una lágrima amarga empezó a caer… pero, a mitad de camino, se transformó en
alegría, cuando escucharon el llanto de un bebé. (Autor: Julio César Melchior).
miércoles, 27 de marzo de 2019
Así se preparaban para la Pascua los alemanes del Volga
Estamos en tiempo de Cuaresma
(que comienza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de la Cena
del Señor en la tarde del Jueves Santo), una época del año que para los
alemanes del Volga es un período de recogimiento y fervor religioso de
preparación para la fiesta de la Pascua, que antiguamente modificaba no
solamente el desarrollo cotidiano de la vida privada de cada persona sino
también la vida familiar y social, afectando hasta
la rutina sexual de la pareja. Nada de fiestas, música o demostraciones de
alegría. Sin embargo, no era un tiempo triste, sino más bien meditativo y
recogido. Era, por excelencia, la época anual de conversión y penitencia.
Los
colonos eran llamados a reforzar su fe mediante diversos actos de ayuno,
penitencia y reflexión. Grandes y chicos se preparaban para evocar la Pasión,
Muerte y Resurrección que se conmemora en la Pascua. En muchas colonias, este
recogimiento y fervor todavía sobrevive en la actualidad. Es un sello
distintivo de la profunda fe que profesaban nuestros ancestros y que nos
legaron como signo de identidad. (Autor: Julio César Melchior)
Plegaria en memoria de nuestros ancestros
de nuestros ancestros que un día,
de una aldea, de allende el Volga,
valientes se hicieron a la mar.
Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día
al puerto de Buenos Aires arribaron,
buscando en esta tierra la libertad.
Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
fundaron una nueva localidad
en la vastedad de la pampa solitaria.
Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
trabajaron esta bendita tierra,
sembrando sus sueños con el arado.
Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
transformaron este campo desolado
en un inmenso mar de trigales.
Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
juramentaron heredar en el tiempo
los valores culturales de su identidad.
Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
creyeron en un porvenir mejor,
ese que nosotros disfrutamos hoy.
Requiem para mi padre que se ha ido
En esta mañana gris de otoño,
sentado junto a la ventana, mientras tomo mate, rememoro a mi padre, que dedicó
toda su existencia al trabajo, primero, para que no le faltara nada a sus
padres, y después, para que su esposa y sus hijos pudieran tener una vida digna
y acceso a la educación que él no pudo tener pero deseaba para sus
descendientes.
Lo recuerdo trabajando, siempre
trabajando, en verano, con las gotas de sudor cayéndole de la frente, soportando el calor, y en invierno, temprano a la
mañana, mientras la helada pintaba de blanco el campo y congelaba sus manos,
sus pies y sus orejas, llenas de sabañones.
Lo
pienso sentado junto a la cabecera de la mesa, presidiendo con su sabiduría los
destinos de la familia, leyendo el periódico o los libros que me legó, cuando
todavía era un niño y me hizo comprender que leer era mi futuro.
Lo
veo hablando de su niñez, rememorando travesuras en una colonia más inocente y
más ingenua, cuando hurtar una fruta en una huerta ajena era una falta grave,
que se castigaba con una paliza o el sermón de un agente policial.
Lo siento cerca pese a que
físicamente se marchó hace cinco meses a visitar a sus padres y a sus hermanos
en el cielo. Sé que me protege como siempre lo hizo. Sé que va a cuidar de que
nunca me falte nada. También sé que nunca lo voy a olvidar y que un día, de una
tarde cualquiera, lo volveré a ver de nuevo. (Autor: Julio César Melchior).
martes, 19 de marzo de 2019
La ropa remendada y los sueños de don Pedro
Llevaba en el pantalón dos
grandes parches de tela, uno en cada pierna. Dos remiendos casi tan largos como
la prenda que vestía y que doña Elisa había cosido con suma paciencia y
aplicación, aprovechando un retazo de tela de color muy semejante. Por lo que
el pantalón era de un color indefinido a causa de los múltiples lavados al que
había sido objeto y los parches se destacaban por su tono impoluto.
Completaba su atuendo una camisa, también remendada aquí y allá, con algún
parche de tela, recreando el mismo contraste entre colores avejentados por el
uso y el color de la tela recién estrenada, como en el pantalón, y alpargatas
agujereadas, en las que asomaban, curiosos, los dedos gordos del pie.
Era
la vestimenta que don Pedro usaba para trabajar en el campo. Doña Elisa
aprovechaba a lavarla los domingos, cuando su marido se cambiaba de ropa para
asistir a misa. Durante esa jornada lucía un atuendo especialmente reservado
para cumplir con los preceptos de adorar a Dios por la mañana, almorzar en
familia durante el mediodía e ir de visita por las tardes, a visitar a sus
suegros.
Don
Pedro caminaba siguiendo la huella que el arado mancera, tirado por un caballo,
abría en la tierra, en el potrero ubicado detrás de la vivienda, donde vivía
junto con su esposa y sus nueve hijos.
Iba
pensativo. Reconcentrado. Pensando que ya habían transcurrido más de veinte
años desde el día que llegaron al lugar y comenzaron a fabricar los adobes para
levantar el humilde rancho en el que todavía vivían. Un rancho que iba a ser su
vivienda temporaria y terminó siendo su hogar definitivo. El trabajo para
roturar la tierra virgen había llevado más tiempo del esperado, las tres
primeras cosechas resultaron un fracaso muy duro para sobrellevar y los hijos
habían llegado demasiado rápido y en demasiada cantidad.
También pensaba en sus
padres y en sus hermanos, que permanecieron allá en el Volga, en la aldea,
seguramente esperando una carta que nunca llegó, porque él no se atrevió a
escribirles para contarles de su nostalgia, de su honda tristeza y de lo mal
que lo pasó durante los primeros años. Incluso en la actualidad, siendo dueño
de un pedazo de tierra, su situación no había cambiado demasiado. La última
cosecha fracasó. La helada se la llevó. Y hacía meses que no llovía. La tierra,
además de estar cada día más seca, se iba endureciendo como una piedra. Ya
pronto sería inútil intentar arar. Sin arada no habría cosecha y sin cosecha,
no habría futuro. Y don Pedro lo sabía.
¡Honor y gloria a nuestros abuelos!
Pantalón
remendado. Alpargatas con agujeros. Sucio de tierra. El hombre va detrás del
arado mancera. Es mi abuelo, tu abuelo, nuestro abuelo, el abuelo de todos los
alemanes del Volga. Las manos llenas de callos. El rostro curtido. El cuerpo
cansado. Pero la mirada es cristalina como el cielo azul en una tarde de
verano. Sus ojos irradian esperanza. Transmiten sueños. Miran al futuro.
Apuestan al progreso. Creen en el mañana. Tanto como él, que trabaja pensando
en un mañana mejor, en ese mañana que, gracias a su sacrificio y entrega, sus
descendientes hoy podemos disfrutar. Por eso: ¡Honor y gloria a nuestros
abuelos! ¡Honor y gloria a nuestros ancestros!
Dedicado a todos los inmigrantes que arribaron al país a
finales del siglo XIX buscando prosperidad personal y terminaron construyendo
la Argentina moderna que habitamos.
Cinco libros que rescatan la historia de los alemanes del Volga
Saber de
dónde venimos para saber quiénes somos. Conocer nuestras costumbres para
entender el por qué somos como somos. Develar el misterio de la vida privada y
social de nuestros abuelos y padres para definir nuestra identidad. Reconstruir
nuestro pasado para proyectar el futuro sobre bases sólidas. Todas las
respuestas en estos cinco libros: “La vida privada
de la mujer alemana del Volga”, “Historia de los alemanes del Volga”, “La
infancia de los alemanes del Volga”, “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes
del Volga”, “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Los reciben en su
domicilio en cualquier lugar del país. No se los pueden perder. Escribir
a juliomelchior@hotmail.com.
Receta de Pirok
Cortar el repollo y la cebolla en
juliana. En una olla colocar la materia grasa, calentar, agregar la cebolla y
cuando tome color, agregar el repollo cortado, tapar y revolver cada tanto para
que no se pegue. Cuando el repollo este casi a punto, agregar la carne y los
condimentos, revolver bien para que la carne quede desmenuzada, cocinar unos 10
minutos.
Armado del Pirok:
Estirar la masa ya levada (al
doble de su volumen) hasta un espesor de 3 a 4 mm, cortar en cuadrados de 10 cm
de lado En cada cuadrado colocar una cucharada bien generosa de relleno, unir
en la parte superior los cuatro vértices de la masa y cerrar apretando con los
dedos las cuatro aberturas que así se forman y colocar cada pirok con las
costuras hacia abajo en una asadera en mantecada o engrasada y dejar levar los
pirok aproximadamente 25 a 30 minutos.
Precalentar el horno a muy
caliente y cocinar cada asadera hasta que la masa quede doradita (10 a 15
minutos de acuerdo al horno).
Ingredientes
Carne Picada: 500 Grms.
Repollo: 1 ½ KG.
Grasa de Cerdo o Manteca: 2
Cucharadas.
Sal: 2 Cucharadas.
Pimienta: a Gusto.
Cebolla: 250 Gr.
Masa de Pan Con Harina: 1 Kg.
Todas las recetas
publicadas están en el libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, del
escritor Julio César Melchior, que se puede adquirir escribiendo a juliomelchior@hotmail.com.
miércoles, 6 de marzo de 2019
Se agotó la tercera edición del libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga” del escritor Julio Cesar Melchior
Fuente: lanuevaradiosuarez.com.ar
El autor
consideró que “el que haya leído el libro se da cuenta que es sorprendente lo
que han contado. Que hayan tenido la plena confianza de contar cosas muy
personales, en otros momentos cosas muy íntimas, refiriéndose a temas sexuales,
religiosos. No hay ningún tema que se haya abordado en el libro, ninguna de las
mujeres se negó a tratar esos temas. Al contrario, todas las mujeres lo
sintieron como una reivindicación”.
Muy
contento, feliz en realidad por la repercusión que siguen teniendo sus libros.
Así se encuentra Julio César Melchior, el escritor de pueblo Santa María. Se agotó
la tercera edición de su libro “La vida privada…”, y proyecta, para más o menos
mitad de este año, una nueva reedición.
También hay
otros dos libros que están a punto de agotarse, el que se refiere a la
infancia, y el libro de Historia de los Alemanes del Volga. El escritor,
agradece la gran repercusión que ha tenido el stand de sus libros y
publicaciones, el fin de semana pasado, en la Strudel Fest.
“El año
empezó muy bien, literariamente hablando, porque se agotó la tercera edición
del libro de la vida privada de la mujer alemana del Volga, y también hay muy
buenos pronósticos para que se agoten otras ediciones de otros dos libros, el
de la infancia, y el que está ahí, que quedan muy pocos ejemplares, es La
Historia de los alemanes del Volga”, expresó en el principio de la entrevista.
Además, de
la posibilidad de reediciones de estos tres libros, anticipó que hay otros
proyectos que tiene en gestación: “siempre hay otros proyectos dando vuelta,
veremos cómo se presenta el año. No es un año sencillo económicamente hablando.
Uno de los proyectos, quizás para fin de año, está relacionado con los alemanes
del Volga, quizá sea para fin de año. Otro, por ahí, que está listo, es uno
sobre poesía. Voy a volver a mis orígenes, que fue el primer libro que publiqué.
Si todo marcha bien, en dos o tres meses este libro verá la luz”-.
Julio César
cuenta que “en el último tiempo abrí una página especial en Instagram, dedicada
a la poesía. Sentía necesidad de volver a escribirla y quería separar bien las
cosas en lo que es mi trabajo literario con respecto a la investigación de los
alemanes del Volga, y por el otro lado, mi faceta con la poesía”. Mucha
repercusión tiene también en este espacio: “me sorprendió mucho la gente que me
sigue. También que hay lectores de poesía de todas las edades. Mucha gente que
cree que es de otra época y la verdad es que me siguen lectores de todas las
edades.
He tenido
muy buena repercusión, por lo que, a raíz de eso, es que me decidí a publicar
un libro. Es más, mi hermana que atendió el stand que teníamos en la Strudel
Fest, me contaba que muchos preguntaban que buscaban el libro de poesía”.
Agradeció,
a todos los que pasaron por el stand y compraron sus libros.
En cuanto a
una nueva edición de La Vida Privada, dijo que “estamos trabajando en eso, para
que haya una próxima. Si bien está muy difícil la situación económica, no
obstante, estamos trabajando para una cuarta edición y yo supongo que en unos
meses habrá una nueva. Supongo que primero saldrá el libro de poesía y un poco
más adelante, saldrá la 4ta edición de este libro”.
“La vida
privada…”, dice su escritor, “tiene, tuvo y seguirá teniendo muy buena
repercusión”.
Este libro
fue el puntapié para que Julio César Melchior diera conferencias en
universidades, en ámbitos académicos y frente a profesionales de diferentes
áreas, desde historia, psicología, sociología, filosofía y otras.
“A partir
de ahí, es como que el libro tuvo un auge y una repercusión muy grande. Creo
que se debe a dos factores, que se pueden resumir en uno. Primero que es el
único libro que trata el tema dentro del contexto que es los alemanes del
Volga. Es el único libro con esa temática y lo trata de manera objetiva,
descarnada y real, sin suavizar nada. Y segundo, también interesa mucho, porque
se puede hacer un paralelismo con otro tipo de culturas. Tomando la vida de la
mujer alemana del Volga, se la puede transpolar a cualquier otra cultura, y en
el fondo, el contexto social, económico, cultural, y hasta no hace muchos años,
era donde tenían que desarrollar su vida. Si bien hay ciertas diferencias
culturales, en el fondo, se puede hacer un paralelismo con otro tipo de
culturas. Eso hace que el libro tenga mucha repercusión fuera de los alemanes
del Volga”.
Además, la
cuestión muy valiosa es que el libro es resultado de una investigación, de las
entrevistas a la mujer alemana, algunas que llevaron varias horas, creando un
vínculo de confianza, entre el investigador y la entrevistada.
Julio
cuenta que “El que haya leído el libro, se da cuenta que es sorprendente lo que
han contado. Que hayan tenido la plena confianza de contar cosas muy
personales, en otros momentos cosas muy íntimas, refiriéndose a temas sexuales,
religiosos. No hay ningún tema que se haya abordado en el libro, ninguna de las
mujeres se negó a tratar esos temas. Al contrario, todas las mujeres lo
sintieron como una reivindicación. Lo que puedo ver a la distancia, es que tuve
la objetividad de ver el tema desde afuera, no involucrarme en el momento de
escribirlo. Pude ver las historias de las mujeres de manera objetivo, sin
involucrarme emocionalmente para presentarlas como heroínas.
Presenté
crudamente la realidad, todo lo que tuvieron que pasar, todo lo que vivieron.
Si bien fueron heroínas, trato en el libro de reflejar la cruda realidad que
tuvieron que soportar”.
Quien quiera conseguir ahora un ejemplar de “La vida privada…”, no hay
más. Se agotó la tercera edición. Habrá que esperar por la cuarta edición, que
ojalá salga a la luz, hacia mitad de este año.
Imponente suceso alcanzó la IV edición de la Strudelfest en pueblo Santa María
Fue un
magnífico corolario de un intenso año de actividades llevadas a cabo por las
instituciones, autoridades y toda la comunidad, y nuevamente quedó de
manifiesto lo que es capaz de lograr la unión de un pueblo, el trabajo de su
gente, el esfuerzo, la voluntad y el coraje para enfrentar y vencer grandes
desafíos. Pueblo Santa María volvió a demostrar que trabajando todos unidos se
pueden lograr grandes cosas. Felicitaciones a todos los que hicieron posible
esta gran y exitosa fiesta popular, donde todos y cada uno de los eventos se
desarrollaron de manera gratuita.
Hilando
Recuerdos estuvo presente con su propio stand difundiendo la cultura de los
alemanes del Volga mediante los libros publicados por el escritor Julio César
Melchior. Muchas gracias a la gran cantidad de personas que pasaron por el
stand y adquirieron las obras literarias.
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