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domingo, 19 de diciembre de 2010

El Tarta

Por Sheena Kloster

(Tenía los dientes apretados y un dolor que no puede describirse porque sólo lo conocen quienes han muerto quemados. Envuelto en las llamas, ebrio de alcohol, de locura y de fuego, Andrew recordó por última vez a Papá, a Mamá, a sus seis hermanos…)
Le había tocado el privilegio de ser el mayor, pero también, ¡oh, las hadas!, el más débil, el tartamudo, el alcohólico, el emergente de la situación lastimera vivida en el Volga. Aquella larga historia de maltrato vivida en Rusia había endurecido el carácter de ésta familia de colonos alemanes. La falta de escuela, la discriminación, el vivir huyendo, habían dejado secuelas que pasarían de generación en generación. Desconfiaban de todo y de todos, y cuando debían hacer un sacrificio personal no lo dudaban. Ni siquiera la práctica del catolicismo había conseguido cambiar la rudeza de su carácter.
Su madre había sido decidida cuando debió elegir entre Andrew y su hijo menor, y sin más contemplaciones, lo depositó en un hospital psiquiátrico, en el cual todas las semanas lo visitaba su hermano Roger, el segundo varón, el único que le acercaba cigarrillos y compañía.
(Ya no tenía manos, sus dedos delgados habían desaparecido, devorados por las llamas, inesperado final para unas manos que habían trabajado tanto cuando su padre se fue).
Se había convertido en el último sin entenderlo mucho, y Roger había pasado a ser el jefe de familia, como correspondía. Era sano, era fuerte, era apto para el trabajo y Andrew lo aceptó sin cuestionarlo. Algunos se burlaban de su tartamudez:
-¡Eh! ¡Que cante en alemán el Tarta! ¡Ché, alemán borracho… vení! ¡Si me levantás una pared te pago una cerveza!
Siempre que se burlaban, Roger lo defendía, alto y espléndido, con su voz de trueno y sus puñetazos. Los unía un amor filial que podría compararse al de Vincent y Theo Van Gogh.
Pero la vida transcurrió, sus hermanos se casaron y Andrew sentía que sobraba en todas partes: en la casa de su padre, que había constituido otra familia; en la casa de su madre, que privilegiaba al menor de los hermanos y en la casa de Roger, que continuaba asistiéndolo pero que ahora tenía una esposa y una hija, y el alcoholismo de Andrew y sus accesos de locura debían mantenerse un poco alejados de su familia.
Aquellas Navidades de 1969 había llegado la pelirroja hermana menor y tal vez sin mala intención, lo sacó del Hospital para pasar las fiestas en familia. Tal vez por irresponsabilidad o por piedad, no lo regresó y Andrew tuvo que pedir refugio en la casa de su madre, la casa que él había construido con sus manos y su esfuerzo, pero le fue negado.
(Sus azules ojos corrían como lágrimas de cera, derretidos, por aquel que había sido su rostro).
Peregrinó sin destino, de casa en casa, y al final consiguió una pieza en una pensión, muy cerca de donde vivía Roger, quien junto a su esposa le acercaban comida y ropa. Aquella noche se presentó muy bien aseado y vestido, a visitar a la familia y se despidió con amargura, sin llevarse su sándwich. Antes de irse, como siempre lo hacía, se arrodilló ante su pequeña sobrina para decirle en alemán que “era la niña más bonita y más buena del mundo”.
Más tarde llegó el infierno. Avisaron a su hermano y cuando llegó, entre cinco hombres casi no lo podían sostener. Al no poder pagar la pieza alquilada, los dueños de la pensión lo habían confinado a dormir en un furgón en el cual se refugiaba del frío un 19de julio más helado y sombrío que el lejano Volga. Nadie sabe cómo el candil cayó, no pudo salir, o tal vez lo encerraron para que no escandalice, vaya a saber…
Las llamas se elevaban altas y la turba de gente rodeaba el furgón , gente apiadada, gente curiosa, bomberos, policías…todos amontonados en torno a la lumbre espantosa de aquella horrible hoguera en la cual el hijo imperfecto, había desaparecido para siempre y la culpa empezaba a pesar en los corazones como un humo denso, oscuro y eterno.