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domingo, 2 de enero de 2011

El cortejo fúnebre

El caminar de los familiares producía un sonido extraño y monótono en las calles de tierra. El cortejo fúnebre se desplazaba a veces en silencio, a veces rezando. Y era en esos breves instantes de mutismo en que el sonido de los zapatos nuevos en contacto con el polvo desencadenaban ese sonido siniestro. Las mujeres lloraban descorazonadamente, casi con exageración. Los hombres iban cabizbajos y melancólicos. Todos, vestidos de negro, marchaban detrás del féretro que era cargado por varios hombres. Delante de él, abriendo la huella de la senda final, un niño llevaba una cruz negra sobre la cual estaba grabado el nombre del difunto, y a ambos lados, lo escoltaban dos hombres manteniendo en alto oscuros estandartes. También los acompañaban el sacerdote y sus monaguillos.
Llegaron al cementerio y manteniéndose fieles al protocolo ancestral, los colonos realizaron las exequias. El sacerdote oficio el culto religioso. La esposa del difunto, luego de un grito desconsolador, perdió el sentido, y se desvaneció en brazos de su cuñada y hermana. Desesperados, los parientes la reanimaron como pudieron. No logró soportar el sombrío murmullo de la tierra golpeando sobre el féretro recién descendido en la fosa. El sepulturero arrojaba las paladas de tierra sin piedad. Fue en ese instante que los deudos comenzaron a cantar en alemán un himno fúnebre en el que se pone en labios del difunto un mensaje de despedida hasta la eternidad. Nadie escapó al sentimiento de congoja y pérdida.
Concluida la ceremonia y recobrado el orden, la multitud, absorta cada persona en sus propios pensamientos y reflexiones, observa como el sepulturero arroja grandes coronas de flores sobre la tumba fresca. En una puede leerse: 'Tu esposa e hijos, que nunca te olvidarán", en otra: "Tus nietos, que te adoran". Un aroma a primavera y a flores recién cortadas invade el ambiente. Paulatinamente, la gente comienza a dispersarse. Los parientes y amigos, a medida que se alejan, rocían la tumba con agua bendita que a tales efectos traen en pequeñas botellitas. La esposa del difunto es apartada por la fuerza. No acepta las palabras de consuelo de nadie. Llora ajena a la realidad que le rodea.
El cementerio torna a recobrar su paz habitual. Permanece el zumbido de las abejas libando las flores muertas de las coronas y el sepulturero concluyendo su tarea mientras agita la cabeza desaprobando reflexivamente la puesta en escena que llevó a cabo la flamante viuda. "Qué estupidez", murmura, "si todo el pueblo sabe que se acuesta con su mejor amigo ".

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