
Una vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita con los dedos.
Nosotros la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a comer!!!
Con azúcar?!!! Qué trabajo el de las abuelas!! A medida que crecia el montoncito de pepitas peladas crecia la felicidad de abuela por mimar asi a sus pequeños. Leyendo las historias publicadas en este blog, me doy cuenta de cómo n pequeños grndiosos actos diarios derramaban amor por su familia. Como compartir lo que habia se transformaba en una ceremonia de amor. COMPARTIR. Cuanto se perdio hoy en dia de eso!! En el afan de tener ya ni importa a quien tenemos a nuestro lado, ni lo efimera que es la vida. Que pobres somos hoy en dia!!!!!
ResponderEliminarCuánta cruda verdad, Mariposa, en tus palabras!!!
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