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martes, 22 de noviembre de 2011

Hecho insólito: una mujer alemana bautizada como "Mala" Siebenhardt

Un profundo y protocolar silencio reinaba en la sala donde funcionaba la oficina del Registro Civil. Fuera por respeto al lugar y a la investidura de la persona que lo presidía o porque quien se encontraba sentado detrás del enorme escritorio cumpliendo una función que creía fundamental para el gobierno nacional y las futuras generaciones del país sólo hablaba español y el joven que esperaba ser atendido sólo sabía expresarse correctamente en alemán, lo cierto era que podía escucharse nítidamente el zumbar de las moscas que, molestas e insistentes, osaban posarse sobre los pulcros documentos que se encontraban dispersos sobre el escritorio.
El empleado del Registro Civil levantó la miraba, apartando la atención del acta matrimonial que revisaba para posarla sobre el individuo que aguardaba frente a él. Sin intercambiar palabra, supo de inmediato para qué venía. Lo delataba el pequeño bulto, primorosamente envuelto, que la mujer que lo acompañaba traía en brazos, tiernamente acomodado junto a su seno.
-¿Viene a anotar a su hijo?, inquirió sin demasiada gentileza protocolar, dejando en evidencia –mediante una deslucida dicción- que la preparación intelectual distaba mucho de ser no ya la ideal si no la básica para realizar el menester que debía llevar a cabo.
El colono asintió con la cabeza, intimidado quizá, por la actitud presumida y el alarde de autoridad que hacía gala el funcionario de gobierno que, mediante gestos ampulosos y soberbios,  atrajo hacia sí el libro en el que registraba los nacimientos y después de hojearlo con rapidez, lo abrió en dos, comenzando a llenar un acta mientras se formulaba a sí mismo las preguntas de siempre: “¿día? ¿mes? ¿año?”. Mientras de soslayo, y manteniendo una actitud de hombre superior, acorde al estatus social y cultural que en su delirio de poder imaginaba poseer, escudriñaba al padre del recién nacido, que a simple vista se veía que era uno de esos rusosalemanes que unos años atrás colonizaron la región, estableciendo tres colonias. “Lo delata la manera de vestir”, pensó. “Tan anacrónica y particular”. “Y para colmo, no entienden casi nada de castellano. Con suerte, apenas comprenden unas pocas palabras”, reflexionó imaginándose la tediosa labor que le aguardaba.
Sin embargo, el trámite se desarrolló de manera relativamente normal hasta el instante de inscribir el nombre de la criatura.
-¿Nombre de la criatura?, preguntó.
El colono, sorprendido ante el énfasis con que fue formulada la pregunta, respondió en alemán:
-Mole Siebenhardt.
El empleado, habituado a este tipo de contratiempos, descifró el apellido. Lo había escuchado en más de una ocasión. Pero el nombre le resultó totalmente desconocido.
-¿Cómo dijo?,  insistió mirándolo fijamente a los ojos.
-Mole Siebenhardt, volvió a ratificar el hombre en alemán.
Viendo que resultaba inútil persistir en el intento de entender el nombre, bien porque el rusoalemán no sabía  expresarlo en español, lo que era probable, o porque se sintiera cohibido ante su aplomo y viril autoridad, lo que también era posible, dado el aislamiento en que viven en sus colonias y el total desconocimiento que tienen de las leyes argentinas, el empleado del Registro Civil optó por escribir en el acta de nacimiento lo que creyó justo o lo que imaginó comprender, y se abocó, fastidiado con la falta de cultura de los inmigrantes que, según él, invadían el país, a continuar con el trámite. No sin antes esbozar una leve sonrisa de superioridad. Sin sospechar siquiera el ridículo que estaba haciendo y que su ineptitud quedaría para siempre en evidencia en el acta que estaba confeccionando. Porque desde ese día, la  niña que sus padres bautizaron como Amalia, pasó a quedar registrada como Mala. El funcionario, que no conocía ni una sola palabra de la lengua alemana, pese a atender diariamente a infinidad de descendientes de alemanes del Volga y a convivir con ellos, jamás se enteró, por ignorancia intelectual y prejuicios étnicos, de la barrabasada que cometió al confundir un sustantivo propio con un adjetivo común y corriente.