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martes, 31 de julio de 2012

Opa weiß: El abuelo lo sabe


Sentado al lado de la cocina a leña, fumando en silencio, envuelto en un aura de humo de tabaco, el abuelo se va diluyendo en el ayer, como un actor principal de una gran obra que, de súbito, se pierde en el olvido, que está fuera de su espacio y de su tiempo. Y él lo sabe. Lo sabe muy bien. Por eso, anciano, se deja estar, y mira sin ver los detalles que lo rodean, que le son ajenos, y se aferra al ayer cotidiano, al ayer tan lejano pero tan suyo y tan amado. Ese ayer en donde era joven y la comunidad era otra. Donde en los hogares reinaba el amor; entre los vecinos, la solidaridad; entre los habitantes de la comunidad, la unión; y entre los seres humanos, diálogo, contención, comprensión y jamás indiferencia. Esa indiferencia que lo aleja de las personas amadas, lo desgarra por dentro y lo hunde en la soledad de las horas muertas, de los minutos que transcurren en silencio, sin nadie que le preste atención ni le hable. Sin hijos que lo escuchen, porque están apurados para cumplir con el trabajo; sin nietos que lo mimen, porque están apurados para asistir a la escuela, jugar con los amigos, divertirse, en suma, vivir.
Y él lo sabe. Y él lo ve. Y él entiende que está demás. Que su tiempo en esta tierra terminó. Que seguramente lo llorarán, que quizás lo extrañen; pero ese consuelo no alcanza. Sabe que es momento de marcharse, de decir adiós para siempre y para siempre es para toda la eternidad.