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lunes, 13 de mayo de 2013

Enrique A. Roth: Historia de vida de un alemán del Volga


Vivir era una responsabilidad desde el momento que nacíamos. No solamente debíamos ser responsables de nosotros mismos, sino que cargábamos con el peso de toda la familia desde niños. Cada integrante del grupo familiar tenía que aportar lo suyo para el sustento diario. Llevar alimentos a la mesa era toda una odisea. Éramos muchos: hermanos, mamá, papá, abuelos, algunos tíos, todos viviendo bajo el mismo techo.
Nosotros éramos catorce hermanos. Mamá y papá. Dos tías y tíos. Varios primos. Abuelos. Todos sentados alrededor de una mesa de madera grande. Todos sufriendo calladamente la miseria de ser pobres. En una casa donde, a veces, faltaba hasta lo más indispensable. Era duro acostarse y levantarse con hambre. Pero… ¡ojo! ¡Jamás se nos cruzó por la cabeza salir a la calle a pedir limosna! Eso se consideraba indigno para una familia trabajadora y honesta. Era una humillación. Si nos daban, por supuesto, aceptábamos el obsequio; pero pedir nunca.
El dolor me hizo fuerte. El sacrificio me hizo tener más fe en Dios, que nunca nos abandonaba: apretaba pero no ahogaba, siempre nos tiraba un salvavidas. Siempre había una luz al final de la oscuridad. Siempre salimos adelante. Superando mil y una dificultades, incluyendo la muerte de seres queridos. Pero nada ni nadie logró doblegarnos. Trabajamos. Luchamos. Sufrimos. Hicimos mucho sacrificio. Y un día, con tesón, apretando los dientes y el cinturón, logramos sonreír: conseguimos nuestra casa. Mejoramos nuestra vida. Y a partir de allí, a medida que mis hermanos iban creciendo, pudimos darles una vida mejor a mis padres y abuelos.
Así crecí. Me hice hombre. Tengo las manos curtidas, el corazón duro. Trabajo desde los ocho años. No fui a la escuela. No había tiempo. De niño lloré todo lo que tenía que llorar. Nadie me consoló; nadie me abrazó ni me dio ternura. Siempre estuve solo. Solo en el medio de una gran familia que se amaba mucho pero que no lo demostró en ningún momento. Según mi padre, no hubo tiempo para perder en cursilerías, había que utilizarlo para solucionar cuestiones más urgentes, como sobrevivir. Trabajar era lo más importante porque aportaba el dinero para comprar comida.
A simple vista parece que no hubiera tenido infancia. Pero, sin embargo, la tuve. Tampoco puedo decir que fui infeliz porque, a mi manera, fui feliz, muy feliz. Eran otros tiempos, con otros códigos. Recuerdo aquellos años con mucha nostalgia y volvería a vivirlos con mucha alegría. Extraño tanto a mis padres. Las cenas con ellos, con mis hermanos, mis tíos, mis abuelos, sentados alrededor de la enorme mesa de madera, conversando a los gritos, o rezando, o cantando al compás del acordeón. Sí, a pesar de todo, fui muy feliz y muy afortunado de la vida que Dios me dio.

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