
Lo acompañan dos respetables vecinos
elegidos democráticamente para guiarlo en su visita oficial.
“Calles de tierra: polvo en verano y
fango en invierno”, concluye sin dar soluciones al problema. Poco importa. Sólo
es cuestión de encogerse de hombros y seguir viaje.
Camina erguido, con mirada soberbia
y tirana, pisando seguro, sin dejar dudas que es él el que manda ese día en esa
localidad perdida en un lejano y diminuto punto en el mapa político de la
provincia de Buenos Aires que cuelga en el confortable salón del ministerio,
allá en la ciudad de La Plata.
“Donde no hace tanto calor como aquí, carajo, en medio de esta pampa indómita y
solitaria, poblada de barbarie y de localidades sin historia ni peso alguno”,
opina para sí mismo con desprecio y desdén mientras acelera el paso para
concluir cuanto antes su estadía.
“Habría tanto para hacer en este
lugar... –continúa reflexionando-. Pero en términos políticos sería como tirar
dinero a los chanchos. Sí. Porque como dice un viejo caudillo: ‘la inversión
debe compensarse con votos’. Y aquí... –miró en derredor- ¿cuántos votos
podemos llegar a cosechar? Ni vale la pena el esfuerzo de sumarlos. El
resultado está por demás a la vista. Es ínfimo y minúsculo”.
Llegan al cementerio. Deambulan
recorriendo el sitio “donde yacen los fundadores” –según le cuentan los colonos
que lo acompañan. Dos ancianas que están limpiando una tumba levantan la mirada
sin apenas prestar mayor atención a los tres hombres que a su vez tampoco le
prestan mayor interés a los yuyos que invaden el lugar ocultando la última
morada de los difuntos que esperan la resurrección final.
Sin decir palabra regresan a la
calle para concluir la caminata en la casa de uno de los colonos, donde los
esperan varios vecinos de la comunidad. Obviamente que allí está reunida la
alcurnia aristocrática de la colonia. El representante del ministro se merecía
tamaño agasajo.
Hubo elogios de ambas partes: los
dueños de casa, con el aplauso y el beneplácito de sus camaradas, se
deshicieron en conceptuosas frases de adulación que hubiesen sonrojado a
cualquier animal con dos de frente menos al representante del ministro que
respondió agradecido y henchido de orgullo y satisfacción porque –según
consideraba- los colonos sabían reconocer sus aptitudes intelectuales y
morales. Por eso hizo gala de un repertorio político digno del mejor comité de
campaña, prometiendo obras a diestra y siniestra. Tantas que si lo dejaban
continuar hasta hubiese llegado a prometer la construcción de un aeropuerto.
Brindaron por una larga vida y
permanencia eterna en el poder del gobernador y el presidente de la nación.
Almorzaron lo mejor y lo más exquisito que los dueños de casa pudieron comprar.
A las tres de la tarde, se decidió que era hora de
trasladar al representante del ministro a Coronel Suárez. Se instalaron
cómodamente en varios automóviles y, raudamente, emprendieron la marcha. Al
verlos pasar, los colonos pobres que trabajaban los campos de los señores que
iban en los vehículos, se preguntaron el por qué de tanto ir y venir de
personas vestidas de domingo en la calle principal del pueblo. Nunca lo
supieron ni se interesaron en averiguarlo. Las decisiones de la localidad como
las que concernían a su vida, se tomaban en otro lugar. Ellos, en su ignorancia
de todo contubernio político, comprendían mejor que nadie el viejo axioma que
expresa que “Dios está en todas partes pero gobierna la tierra desde el corazón
de los hombres que poseen dinero y poder”.
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