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martes, 24 de junio de 2014

Susana Urban: Una historia de vida que vale pena recordar

Susana Urban junto a  su esposo Gaspar Graff 
y sus doce hijos: Ana,  Juan, Jorge, Catalina, 
Pedro, Angelina, María, Berta, Clementina, 
Miguel, Emilio y Rufino.
Una gran mujer, una gran madre, un gran ejemplo

Periódico Cultural Hilando Recuerdos rescata en esta nota la memoria de Susana Urban. Una persona de convicciones cabales e íntegras. Fiel representante de las mujeres alemanas del Volga que, a lo largo de su vida, supo dar ejemplo y dejar ejemplos para sus descendientes y todos aquellos quienes la conocieron y amaron. 




Susana Urban nació el 11 de abril de 1884, en el hogar conformado por Jorge  Urban y Susana Streintenberger, a orillas del río Volga, en la aldea Kamenka, en Rusia. Su padre era pastor y su madre ama de casa. Su madre falleció de cólera y su padre a manos de soldados rusos por no acatar una orden arbitraria: no lo hizo porque era sordo.
Relata Alcira Kaul que “mi abuela dejó Rusia en pleno conflicto bélico. Emigraron todos menos una hermana que no quiso abandonar la casa familiar”.
Susana Urban tenía 15 años cuando llegó a  la Argentina.  Al llegar a la Colonia 3 sintió una desazón tremenda. Había que comenzar de nuevo y no conocía a nadie. Pero no tuvo opción: su deber era seguir a sus hermanos, como se estilaba en aquellos tiempos: a la mujer no le estaba permitido decidir sobre su propio destino.
El tiempo transcurrió, superó las dificultades y se arraigó a estas tierras. Se casó con Gaspar Graff y ambos forjaron un hogar feliz de cuyo seno nacieron 12 hijos: Ana, Juan, Jorge, Catalina, Pedro, Angelina, María, Berta, Clementina,  Miguel, Emilio y Rufino. De esos 12 hijos Pedro falleció antes que ella.
Pero la felicidad del matrimonio no se prolongó por mucho tiempo. Quedó viuda muy joven y tuvo que criar los hijos sola, con los que se fue a trabajar al campo. Trabajando muy duro, con mucho sacrificio y tesón, pudo adquirir una casa donde los hijos fueron creciendo y formando, a su vez, sus propios hogares, pero siempre unidos, siempre juntos.
La vida de Susana Urban es muy rica en experiencia y en anécdotas. Era una mujer con mucha fuerza de voluntad. Supo salir adelante y vencer todas las adversidades que el destino le fue poniendo en el camino. Fue feliz. Y supo hacer feliz. Le regaló a sus hijos y descendientes una enseñanza moral muy firme y convicciones muy arraigadas, que les permitieron a todos ser personas de bien.

Anécdotas



“Para mí no había nada más lindo que escuchar las historias de mi abuela –añora Alcira Kaul-. De la vida que ellos pasaron en Rusia. Los inviernos, las  nevadas que tapaban las puertas y ventanas, que tenían que limpiar todas las mañanas, porque no podían salir de la casa. Me contaba que tenían todos los animales bajo techo, porque no podían salir durante el invierno porque eran muy rigurosos. Yo le preguntaba, que comían o como sobrevivían y me contaba que se preparaba y guardaba todo antes de que llegara el invierno. Otra cosa que recuerdo –evoca con mucho afecto Alcira Kaul-, es el primer día de cada año cuando había que ir a la casa de la abuela y desearle Feliz Año Nuevo y ella tenía preparadas las bolsas de papel con golosinas para todos los nietos: éramos 45 pero ella siempre pensaba en todos y nos esperaba con alegría”.
 “Recordar a mi abuela es como abrir el  baúl  de los recuerdos. Cierro los ojos y veo a la abuela sentada en su mecedora al lado de la cocina a leña, con la típica ropa de las alemanas, tejiendo medias, guantes para algún nieto o  haciendo alfombras al croché. Me acuerdo esas noches de invierno, siempre algún nieto o nieta durmiendo en lo de la abuela. Jugábamos al “Turak” y la abuela nos cantaba canciones en alemán o nos contaba algún cuento y antes de ir a dormir teníamos que rezar un Padre Nuestro, un Ave María, para estar protegidos en la noche”.
 “Mi abuela trabajaba en la quinta o en el jardín de la casa hasta muy avanzada edad.  Si le preguntabas por qué lo hacía y ella te contestaba que ‘hay que hacer de todo y no esperar que los otros lo hagan’.  Y agregaba a modo de lección: ‘Cuando ya no pueda más  lo hará otro.  Pero ustedes mis angelitos, mis queridos nietos, no pasaron lo que pasamos los que vinimos a América. La vida era muy dura.  Cuando dejamos Rusia, ya había comenzado la guerra y empezaba a sentirse la falta de alimento. Acá en argentina encontramos, después de mucho trabajar, de todo. Los que pasan hambre acá en América es porque quieren. Con un poco de tierra y agua se pueden hacer maravillas’. Y la abuela tenía razón. Cuántas cosas han pasado nuestros abuelos. Era tan lindo escuchar a la abuela y más lindo era escucharla hablar en alemán”.

El futuro

 “Me acuerdo de un trabajo que cuando la abuela lo llevaba a cabo se transformaba en una fiesta para los más chicos. Cuando se reunían en la casa de alguna de sus hijas para desarmar los colchones de lana y volver a hacerlos de nuevo. Me acuerdo que si una hija vivía en el campo nos íbamos en el carro, la abuela y alguna hija de la colonia, casi siempre mi mamá, y ella nos dejaba  usar ese banco para abrir la lana apelmazada”.
“La abuela leía mucho la Biblia y comentaba lo que le parecía iba a suceder en el futuro. Decía que va llegar un momento por más lejos que este alguna persona de otra, van a verse y hablar como si estuvieran en una misma casa; que viajar de un lugar a otro, va ser más fácil y más rápido y no como lo tuvimos que hacer nosotros que soportamos un viaje de 3 meses o más y muy mal, desde Rusia a América; que en el futuro no iba a existir diferencia entre mujeres y hombres. La verdad no se equivocó en nada. Esto me lo contó hace 46 años. También me dijo que llegará el día en que los hijos no respetarán a sus padres ni los padres a sus hijos. Muy equivocada no estaba”, afirma Alcira Kaul

El adiós

 “Tuvo un derrama cerebral el 16 octubre de 1977”, recuerda Alcira Kaul con tristeza.  “Un día después de la celebración del Día de la Madre. Las Hermanas religiosas le armaron un rosario de flores naturales, porque mi abuela siempre rezaba el rosario”.
“Los 11 hijos llevaron el féretro de su madre hasta la iglesia y después hasta el cementerio. La acompañaron siempre en vida y ya fallecida ellos la quisieron llevar hasta el descanso final: fue muy emotivo ver que los hijos llevaran el ataúd. Cuando pregunté por qué lo hacían respondieron que nuestra madre fue muy buena, queremos que ella se sienta acompañada hasta el último minuto. Los hijos siempre la acompañaron siempre. Tanto que todos los domingos se reunían en la casa de la abuela, a celebrar sus cumpleaños y en las fiestas Kerb era un mundo de gente que giraba en torno de ella. Era una época feliz. Es más, cuando la abuela ya no estaba entre nosotros, los hijos continuaron reuniéndose para Kerb, como una manera de rendirle homenaje y decir seguimos juntos estando juntos, mamá”.

4 comentarios:

  1. Entre lagrimas leí y recordé tantas costumbres y enseñanzas que no olvidare jamas ...porque es una manera de rendir homenaje a aquellos que no están!....gracias♥

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  2. Hermoso! Gracias por compartir todo esto..tiene mucho en común con las historias de mi abuela.

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  3. Muchas gracias por visitar el blog, leer y compartir vuestras emociones, sensaciones, sentimientos y recuerdos. Es un honor contar con vuestra visita.

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  4. Gracias por la historia, me hizo acordar a las historias de mi mamá.

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