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viernes, 1 de agosto de 2014

¿Se acuerdan del eterno amor de mamá?

En invierno mamá nos despertaba a las siete de la mañana. Lo hacía con ternura, murmurando nuestros nombres con acento dulce mientras suavemente nos golpeaba en el hombro. Nos levantábamos aún medio dormidos y lentamente comenzábamos a vestirnos. Mamá preparaba el desayuno, inundando la casa de aroma a café negro y leche hervida.
Nos sentábamos a la mesa y mamá cortaba una enorme rebanada de pan casero y la untaba con abundante manteca y miel. A veces, la rebanada venía acompañada definas rodajas de chorizo o jamón. Comíamos con deleite, saboreando cada bocado.
Al mismo tiempo que desayunábamos, y mamá y papá tomaban mate contándose las tareas que tenían previsto realizar durante el día, despertábamos a la vida comenzando a revivir las pequeñas rencillas comunes de todos los hermanos. Nos empujábamos, reíamos, hacíamos comentarios irónicos sobre algún partido de fútbol jugado en la víspera. Susurrábamos alguna travesura de la que no debían enterarse nuestros padres. Planeábamos las aventuras de la jornada. O  empezábamos a pensar en el examen que iban a tomarnos en esa jornada en la escuela.
Hasta que mamá decidía que era el momento de concluir de vestirnos y traía el guardapolvo. Ese instante era toda una ceremonia. Mamá quería que saliéramos de casa perfectamente arreglados, con cada pliegue en su sitio, prolijamente peinado lo que era imposible. Por más cuidado que tuviéramos, siempre, siempre llegábamos a la escuela desaliñados. ¡Menos mal que mamá nunca llegó a vernos! Porque luego de despedirnos en la puerta con un beso e introducir en la cartera de útiles un alfajor o alguna otra golosina que pudiéramos degustar durante el recreo, se dedicaba a efectuar las labores diarias del hogar, que eran muchas y muy variadas. Tantas pero tantas que nunca pudimos dejar de sorprendernos que a las doce, cuando regresábamos de la escuela, estuviera esperándonos sonriente y con el almuerzo listo.
Mamá, como la mayoría de las madres descendientes de alemanes del Volga, nunca nos dijo “te quiero, hijo” con palabras; pero lo demostró cotidianamente a través de los hechos y sacrificios que realizaba sin siquiera citarlos. Ella, lo comprendimos de grandes, hubiera dado la vida por sus hijos sin siquiera mencionarlo. Entendía que el verdadero amor no se proclama a los cuatro vientos, sino que se entrega sin medida ni pedir nada a cambio.

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