
Nos sentábamos
a la mesa y mamá cortaba una enorme rebanada de pan casero y la untaba con
abundante manteca y miel. A veces, la rebanada venía acompañada definas rodajas
de chorizo o jamón. Comíamos con deleite, saboreando cada bocado.
Al mismo
tiempo que desayunábamos, y mamá y papá tomaban mate contándose las tareas que
tenían previsto realizar durante el día, despertábamos a la vida comenzando a
revivir las pequeñas rencillas comunes de todos los hermanos. Nos empujábamos, reíamos,
hacíamos comentarios irónicos sobre algún partido de fútbol jugado en la
víspera. Susurrábamos alguna travesura de la que no debían enterarse nuestros
padres. Planeábamos las aventuras de la jornada. O empezábamos a pensar
en el examen que iban a tomarnos en esa jornada en la escuela.
Hasta que mamá
decidía que era el momento de concluir de vestirnos y traía el guardapolvo. Ese
instante era toda una ceremonia. Mamá quería que saliéramos de casa
perfectamente arreglados, con cada pliegue en su sitio, prolijamente peinado lo
que era imposible. Por más cuidado que tuviéramos, siempre, siempre llegábamos
a la escuela desaliñados. ¡Menos mal que mamá nunca llegó a vernos! Porque
luego de despedirnos en la puerta con un beso e introducir en la cartera de
útiles un alfajor o alguna otra golosina que pudiéramos degustar durante el
recreo, se dedicaba a efectuar las labores diarias del hogar, que eran muchas y
muy variadas. Tantas pero tantas que nunca pudimos dejar de sorprendernos que a
las doce, cuando regresábamos de la escuela, estuviera esperándonos sonriente y
con el almuerzo listo.
Mamá,
como la mayoría de las madres descendientes de alemanes del Volga, nunca nos
dijo “te quiero, hijo” con palabras; pero lo demostró cotidianamente a través
de los hechos y sacrificios que realizaba sin siquiera citarlos. Ella, lo
comprendimos de grandes, hubiera dado la vida por sus hijos sin siquiera
mencionarlo. Entendía
que el verdadero amor no se proclama a los cuatro vientos, sino que se entrega
sin medida ni pedir nada a cambio.
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