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miércoles, 3 de junio de 2015

Historia de vida de Ana Rolhaiser, una abuela alemana del Volga

Foto: Collin Key
El cabello peinado hacia atrás en un rodete blanco. Los ojos celestes color cielo. El rostro de abuela buena. Y un acento de alemana del Volga en los labios contando la historia de su vida.

“Nací en cerca de un campo en Colonia Hinojo –evoca Ana Rolhaiser. Mi niñez la viví en Pueblo Santa María. La adolescencia en Colonia San José, La Pampa. Mis padres eran arrendatarios de campo. Muy trabajadores y honestos. Los estafaron varias veces por creer en la palabra en lugar de los documentos y las firmas. A los quince me casé con Agustín Strevensky. También trabajador rural. Lo intentamos todo pero no funcionó. Las condiciones de trabajo en el campo eran muy duras y los sueldos muy pobres. Lo que ganábamos no alcanzaba para nada. Y los patrones te trataban muy mal. Las condiciones de las viviendas eran muy básicas: apenas dos paredes de adobe, si es que había, una letrina y una matera dónde se reunían todos los peones a tomar mate. Por eso, al cumplir veinte años, mi marido tomó la decisión de mudarse a la ciudad de Buenos Aires. Yo no quería. Lloré mucho porque quería quedarme junto a mis padres y hermanos. Fue muy duro decir adiós a todos mis seres queridos porque sabía que quizá no lo iba a volver a ver nunca. Y muy equivocada no estaba: a mis padres no los volví a ver jamás.
“En el camino hacia Buenos Aires estuvimos viviendo unos tres o cuatro años en Bolívar. Tuve dos hijos. Siempre en la miseria. En la pobreza más absoluta. Muchas noches no teníamos ni siquiera pan para comer. Allí no estaban mis padres para ayudarnos ni tampoco había amigos ni alemanes del Volga para darnos una mano. Estábamos totalmente solos. Nadie nos quería. Éramos ‘los rusos’. Éramos extraños. No pudimos adaptarnos. Y entonces un día llegamos a Buenos Aires. Ahí sí que sufrimos. Ahí que me di cuenta lo que significa dejar el hogar y partir a tierras extrañas. Uno lo paga muy pero muy caro. Porque uno lo pierde todo, absolutamente todo. Las raíces. Y hasta la identidad –afirma.
“Fueron años duros. Muy duros. La pasamos mal pero muy mal. Nos engañaron vendiéndonos una casa que tenía dueño. Perdimos el dinero que habíamos ahorrado durante diez años con mucho sacrificio, privándonos de todo, hasta de lo más básico. Mi marido era muy crédulo. Muy inocente. En ese momento perdimos todo. Dinero, dueños, esperanzas… todo! Todo quedó en el camino. Apenas nos quedaban fuerzas para luchar por subsistir. Fue un golpe muy duro. Pero teníamos nueve hijos para criar. No había tiempo para llorar ni quejarse. Y no había, como hoy en día, dónde pedir ayuda”.
“No sé cómo pero salimos adelante. Nunca abandonamos la fe en Dios. Él nos acompañó siempre. Nos protegió. Nos cuidó. Muchas veces le rezaba llorando. Le suplicaba que nos diera paz, trabajo, comida. Y siempre nos dio todo. Tanto que un día nuestros hijos nos compraron una casa. Nos regalaron una casa. Nuestra casa. ¡Mi casa! Fue uno de los momentos más felices de mi vida.
“Cuando tuve mi casa planté flores, muchas flores. De todos los colores. Por fin podía tener mi propio jardín. Fue hermoso. Esa época muy fue linda.
“Cuando tuve mi casa quise ponerme en contacto con mis padres y hermanos pero ya era tarde, muy tarde. ¡Todos habían fallecido! ¡Qué tonta! Los años habían pasado y yo ni me di cuenta. Ya era una vieja. Tenía setenta y cinco años. Mis seis hermanos eran mayores que yo. Solamente me quedaban mis hijos y mi marido. No tenía hogar materno al cual regresar ni pueblo ni raíces donde volver. Viví en tantos sitios, en tantos pueblos y comunidades, que me sentía ajena en todos. Hasta que un día leí el libro “Historia de los alemanes del Volga”, de Julio César Melchior. En ese momento encontré mi historia y la historia de mi pueblo. Y les pude decir a mis hijos que tenía una identidad. Que era una descendiente de alemanes del Volga. Una sobreviviente. Como lo fueron mis abuelos. Como lo fueron mis padres.
“Y ese día recuperé todo lo que perdí el día que me marché de la casa de mis padres para casarme y mudarme lejos”.

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