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miércoles, 3 de junio de 2015

“Tenía catorce años cuando me casé” –cuenta Marcelina Weimann. “Y mi marido treinta”

Antonio Albeano (detalle)
“Tenía catorce años cuando me casé” –cuenta Marcelina Weimann. “Y mi marido treinta. Mi primer hijo nació nueve meses después.  Tuve que criar a mis hijos y trabajar en el campo junto a mi esposo. Tuvimos dieciséis hijos. Mi vida fue dura. Apenas nos alcanzaba para comer y a veces, ni para eso”.

“Pasé hambre” –confiesa. “Muchas veces con mi marido nos fuimos a dormir sin cenar para que nuestros hijos pudieran comer. Fueron épocas difíciles y duras. No se lo deseo a nadie.  Duele mucho ver llorar a un hijo de hambre y no tener nada para darle, si siquiera un pedazo de pan. La gente ayudaba pero todos estábamos en la misma situación. Teníamos muchos hijos y éramos muy pobres. Nada alcanzaba. Y eso que teníamos quinta y animales domésticos para consumir y vender. Pero en los años malos todo eso era poco para una familia tan grande.
“Casi todos mis hijos tuvieron que empezar a trabajar a los ocho o nueve años. ¡Pobrecitos! Pero había que comer y para comer hacía falta plata. Antes era así la vida. Todos tenían que trabajar. No existía la ayuda del gobierno. Nadie te regalaba nada. Si no trabajabas no comías.
“Todos mis hijos crecieron sanos y son buenas personas. Gente honesta y trabajadora. Todos se casaron. Tienen sus casas y sus familias. Ya tengo nietos y bisnietos.
“Con mi marido pasamos de todo pero nunca nos quejamos. Tenemos una linda familia. Estamos jubilados. Le agradezco a Dios todo lo que me dio”.

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