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domingo, 16 de octubre de 2016

Recordando a mamá

Mamá ya era muy viejecita y todavía se preocupaba por el bienestar de sus hijos. Lástima que nosotros pensábamos tan poco en ella. Vivía sola, en una vivienda que le quedó grande, muy grande, cuando papá murió y uno a uno los hijos nos fuimos casando y la fuimos dejando sola en la casa inmensa, donde pasaba los días añorando los años felices y lamentando el tiempo ido.
Sus ojos dulces y tiernos se le llenaban de lágrimas cada vez que recordaba el ayer. Extrañaba a su marido, fallecido hacía unos años, y a sus hijos que veía muy de vez en cuando. Comer sentada en soledad en la mesa enorme de la cocina, en las largas noches de invierno, debieron haber sido un suplicio para ella, acostumbrada a tener la casa llena de hijos.
Pero, sin embargo, nunca se lamentó de su destino. Sabía y comprendía que los hijos habían formado sus propias familias. No quería molestar ni ser un estorbo en la vida de nadie. Por eso, y pese a la soledad y al profundo dolor que sentía, prefería vivir sola, rodeada de sus recuerdos.
Mamá era bien alemana. De espíritu fuerte y alma noble, envejeció y enfermó calladamente, sin incomodar a nadie. La internamos en el hospital y enseguida entregó su alma a Dios. Se quedó dormida soñando el sueño de los justos, dejando que los vivos continuaran con su vida diaria sin problemas. Hasta último momento preguntó por sus hijos y deseaba saber qué hacían. Se sentía orgullosa de ellos. Sus hijos eran el fruto que dejaba sobre la tierra, la descendencia que iba a perpetuar su recuerdo.
Y nosotros nos quedamos solos, sintiéndonos desprotegidos. Recién en ese instante doloroso tomamos conciencia de que mamá podía irse para siempre de nuestro lado. Y nos dimos cuenta tarde, muy tarde, que apenas conocíamos algunos hechos aislados de su pasado. Ella muy pocas veces había contado cosas de su niñez y nosotros muy pocas veces nos habíamos tomado el tiempo necesario para preguntarle. Claro, mamá parecía eterna. Nunca se nos cruzó por la cabeza que mamá podía faltarnos un día. Estábamos tan acostumbrados a sus consejos, a su comprensión, a sus brazos abiertos en los que cobijaba nuestro dolor y disfrutaba nuestra dicha, que se nos fue la vida sin apenas pensar en ella y llenarla de besos y gratitud mientras la tuvimos cerca y viva.

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