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jueves, 8 de diciembre de 2016

Historia de un inmigrante

Luego de aproximadamente un mes de viaje, cruzando el inmenso océano Atlántico, soportando tormentas y tempestades y malos tratos de la tripulación, Joseph Melchior descendió del barco, en Buenos Aires, acompañado de su esposa, Dorotea Simon, y sus hijos. Un lugar nuevo y extraño. Un idioma totalmente ajeno. Un puerto que bullía de extranjeros que llegaban escapando del hambre, de la miseria, de las guerras, de las persecuciones raciales y de los prejuicios sociales. Un universo de personas de todas las razas, creencias e ideologías. Un mundo de gente buscando la tierra prometida.
En el bolsillo del saco llevaba las cartas que había intercambiado con familiares que llegaron al país unos años antes como avanzada, fundando colonias y aldeas en la inmensa pampa indómita.  En ellas estaban grabadas para siempre las palabras que viajaron por meses llevando y trayendo noticias. Desde el Volga, acontecimientos cada vez más tristes, más dolorosos y más traumáticos. Desde la Argentina, sucesos cada vez más prometedores y llenos de esperanza.
Solo Joseph Melchior y su familia saben lo que les costó llegar a la estación de trenes de Constitución y obtener sus pasajes, hablando solamente alemán y arrastrando los grandes baúles de madera en los que llevaban todas sus pertenencias. Buenos Aires era una ciudad descomunal para ellos que estaban acostumbrados a vivir en las pequeñas aldeas del Volga. Les producía vértigo moverse entre tantas personas yendo y viniendo desde todos lados y hacia todas partes y ver obras de infraestructura gigantescas jamás imaginadas desarrollándose por doquiera.
Pero llegaron a la estación, compraron los pasajes con dinero que les habían enviado desde la Argentina, y ascendieron al tren. Desde Constitución viajaron varias horas, deteniéndose brevemente en poblados que apenas habían nacido hacía unos años y cruzando hectáreas y hectáreas de campo en los que solamente se veía inmensidad, trigo, vacas y horizonte. Cada vez menos gente a medida que se alegaban de la gran urbe y cada vez menos civilización. Era claro para ellos que todo estaba por hacerse.
Por fin arribaron a destino: Sauce Corto (actualmente ciudad de Coronel Suárez). Los estaban esperando parientes y amigos. Abrazos, alegría y llanto. Todos querían información. Los de aquí querían saber de allá, de los familiares que habían quedado en las aldeas del Volga, y los que llegaban, querían saber de las nuevas colonias que se habían fundado hacía apenas unos años aquí.
Satisfechas momentáneamente las curiosidades, todos ascendieron a los carros, amontonando baúles en los lugares y espacios que encontraron, y partieron rumbo a Kamenka (en el presente pueblo Santa María), donde los esperaban los fundadores de la localidad y una vida nueva.

4 comentarios:

  1. Hermoso relato de los que inmigraron con toda la esperanza de un futuro mejor.

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  2. Muy lindo saber historias de estas, mis abuelos se radicaron en la colonia 2 mi abuelo paterno Juan Hefner y mi abuela Rosa Schwab, mis abuelos maternos Ignacio Heit y Margarita Holzmann, Mis padres Albino Hefner y Marcelina Heit
    Un saludo cordial

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  3. Hermoso mi esposo la historia de sus abuelos paternos es fascinante.

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