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miércoles, 1 de febrero de 2017

Clementina Ruppel, de 91 años, nos cuenta su dura vida en el campo


Me casé a los quince –cuenta Clementina Ruppel. Mi marido tenía veintinueve años. Nos casamos un jueves y al lunes siguiente nos fuimos a trabajar al campo. Mi marido haciendo todo tipo de tareas rurales y yo como cocinera para los patrones. En aquella época solamente le pagaban sueldo a los hombres y la mujer tenía que conformarse con casa y comida. La casa estaba a varios metros de distancia del chalet de los patrones y era precaria, tenía solamente una pieza grande y una letrina a cierta distancia. Uno no podía decir nada ni quejarse de nada, porque enseguida éramos despedidos. Había trabajo de sobra y el patrón siempre tenía razón aunque, muchas veces, no la tuviera. En el chalet cocinaba para los patrones, donde había de todo para comer. Para nosotros cocinaba en la pieza, dónde había una cocina a leña y lo que había era escaso, lo necesario y justo para no morirse de hambre. Fue una época dolorosa –enfatiza. Sobre todo cuando comenzaron a llegar los hijos. A los patrones no les gustaba nada que hubiera más bocas para alimentar y menos que anduvieran por el patio junto a sus hijos. Nuestros hijos siempre tenían que mantenerse aparte, lejos de los hijos de los patrones”.
“Se nos permitía ir solamente dos veces al año a la colonia a visitar a nuestros familiares –agrega. En Pascua y en Kerb, o sea, cada seis meses. No había vacaciones ni tiempo libre. Hasta los domingos había que trabajar. Sobre todo en tiempo de arada, siembra y cosecha. Yo tenía que prepararles el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena; hornearles tortas; lavarles la ropa, planchar; limpiar la casa, lavarles las paredes; a veces, si los niños eran pequeños, cuidarles a los hijos, y un montón de cosas más que ya ni me acuerdo.
“En esa estancia estuvimos cuarenta años. Lo bueno fue que pudimos criar gallinas, gansos, patos y pavos y vender los huevos y las aves, a medias con la patrona. Eso nos permitía tener un poco más de dinero y algo más para comer. Ellos nos daban carne, pan, leche, fideos, arroz y alguna que otra cosa más, como la yerba y el azúcar” –cuenta Clementina Ruppel de noventa y un años.

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