
“El agua había que buscarla en un
molino, que estaba a cien metros de distancia de la casa. Para cocinar,
bañarse, lavar la ropa y los pisos. Había que buscarla en baldes. Que eran
pesados. Muchas veces llevábamos dos, uno en cada mano. Cerca del molino mis
padres tenían una quinta de verduras, grande, en la que teníamos que ayudar
todos, desde muy pequeños. Mis padres estaban obligados a hacer esa quinta
porque el patrón solamente les daba la carne y nada más, todo lo demás tenían
que conseguirlo mis papás. Además mi madre tampoco tenía un sueldo. ¿Pero adónde
se iban a quejar? Antes era así. El rico siempre tenía la razón. Y la pobreza
era grande” -sostiene.
“A los once años me mandaron a trabajar
de cocinera a Buenos Aires, junto con mi hermana. Nunca más pudimos regresar a
casa. Todos los meses mandábamos el dinero de nuestros sueldos. No nos quedábamos
con nada. Cómo no fuimos a la escuela le pedíamos a una mucama que trabajaba en
la misma casa de familia que nosotros, que nos escriba las cartas que
mandábamos a casa. Mis papás, a su vez, que no sabían leer en castellano, le
pedían a alguien que se las lea y que nos responda” –rememora.
“Fueron años muy duros. Estábamos solas.
Recuerdo que cuando nos mandaron a Buenos Aires, casi ni sabíamos hablar en
castellano. Lloramos mucho. Mucho” –agrega.
“Trabajamos siempre en el mismo lugar
hasta que nos casamos. Primero mi hermana y después yo, a los diecisiete años. Mi
marido tenía treinta y dos. No tuvimos hijos porque mi marido era viudo y el
único hijo que tuvo murió a los tres años, por eso no quería tener más hijos. Había
sufrido mucho. Entonces me quedé a vivir en Buenos Aires Mi marido nunca quiso
ir a la colonia a conocer a mi familia. Así fue como perdí todo contacto. Ni
siquiera pude despedirme de mis padres el día que murieron. Antes era así, la
mujer tenía que obedecer al marido” –acota con tristeza.
“Nos casamos y me fui a vivir a su casa.
El trabajaba en una fábrica y yo cocinaba y limpiaba la casa. Fue muy bueno
conmigo. En el verano nos íbamos a Córdoba, a visitar a su hermana. Ella sí
tenía hijos. Era una linda época. Pero todo lo bello termina. Mi marido murió de
un infarto y yo me quedé sola, sin nadie, sin familia, en medio de Buenos Aires,
donde no conocía a casi nadie” –cuenta con los ojos llenos de lágrimas.
“Y yo me fui haciendo grande. Hasta que
un día me di cuenta que ya no podía arreglármelas sola en casa. Ya estaba muy
vieja. Entonces me vine aquí, al hogar, donde deben estar los viejos. Hace cinco
años que estoy acá. En la colonia ni se deben acordar de mí. Me fui hace tanto
tiempo y la última vez que tuve noticias de allá fue cuando murió uno de mis
hermanos, hace veinticinco años, más o menos. Seguramente si alguien se acuerda
de mí pensará que ya me morí. Por eso no pongas mi apellido cuando escribas mi
historia” –pidió. “No quiero que nadie de allá sepa que terminé sola y en un
hogar para viejos”.
Cuantas historias habrá como esta, que tristeza!!
ResponderEliminarEs necesario que se contacte con su familia, aunque no se publique su apellido.
ResponderEliminarQue tristeza vivir como ella... Perder sus raíces es como perder tu propia identidad... Yo buscaria a mi familia o pediría ayuda para encontrarla SOBRINOS!!!! 😍
ResponderEliminar