
A la noche, la niña, llamada Elisa,
juntó sus poquitas pertenencias y a la mañana siguiente, llorando, se fue a
vivir a la casa de don Pedro. Enseguida comenzó a cumplir con sus tareas:
cocinar, lavar, planchar, cuidar y vestir a los niños y asistir a la embarazada
en lo que le hiciera falta para hacerle más llevaderos los días en cama
esperando el alumbramiento de su octavo hijo.
Elisa pasó, sin transición, de jugar a
la mamá con su muñeca de arpillera a asumir todas las responsabilidades de un
ama de casa.
Pasaron los meses, nació la criatura tan
esperada por don Pedro; pero la madre murió en el parto.
Don Pedro quedó devastado, llorando a su
esposa, con el bebé en brazos, rodeado de sus siete hijos. Mientras la pequeña
Elisa se hacía cargo de todo. Los niños habían aprendido a quererla y si bien
lloraban a su madre, se sentían protegidos y cuidados por ella.
Dos meses después de haber sepultado a
su esposa, y haber llorado sin consuelo durante días, don Pedro fue a visitar a
don José, el padre de Elisa, para pedirla en matrimonio. Don José no lo pensó mucho.
Los hijos necesitaban una madre y don Pedro era un buen candidato.
Quince días después, don Pedro y la pequeña Elisa se casaron.
Elisa cumplía quince años y don Pedro había cumplido treinta y uno hacía apenas
tres meses.
Esta historia no dista mucho de la realidad de mi abuela materna, casándose a los 15 años con un Sr. Viudo con hijos mayores que ella. Qué vida de sacrificios!!
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