
Cerró los ojos -Los
parroquianos del bar lo observaban estupefactos y expectantes-. Reclinó la
cabeza. Colocó las manos sobre el acordeón y torpemente comenzó a tocar el
himno al amor que lo acompañó durante toda su vida: “Wen ich komm”. Un acorde,
dos, tres, cuatro… Cada vez más espaciados y más desafinados… Hasta que por fin
la música se volvió un sonido desafinado y agudo. Como una exhalación. Como un
último suspiro.
Silencio. Quietud. El
viejito del acordeón quedó petrificado, aferrado a su instrumento como una
estatua. Los ojos bien abiertos. Las pupilas se le iban secando, apagando el
cristal de sus bellos y marchitos ojos celestes…
Los parroquianos,
desconcertados, fueron saliendo de su estupor… Se acercaron con cautela… Para
descubrir que el anciano había fallecido delante a ellos.
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