
Una lágrima rodó por el rostro
del padre. Su indignación lo superaba. Deseaba golpear a su hija. Sacarse el
cinto y meterle las ideas a golpes, como cuando era chica y no quería entender
que las ciruelas del vecino no se pueden robar.
A su lado estaba la madre, llorando desconsolada, el rostro escondido entre sus manos. -Ojalá Dios la perdone, pobre hija mía -pensaba. Ojalá Dios no nos castigue por tener una hija descarriada. Qué hice mal para merecer semejante castigo?
A su lado estaba la madre, llorando desconsolada, el rostro escondido entre sus manos. -Ojalá Dios la perdone, pobre hija mía -pensaba. Ojalá Dios no nos castigue por tener una hija descarriada. Qué hice mal para merecer semejante castigo?
La hija tenía la cabeza baja. Su
cuerpo temblaba de miedo. Temía el castigo paterno y también el castigo divino.
El padre seguramente la iba a castigar físicamente y Dios? Ella no lo sabía.
Pero imaginaba que la castigaría con una maldición con la que tendría que
cargar toda la vida por poner los ojos en un muchacho ajeno a la colonia. Un
muchacho de apellido González. Que no era alemán. Que no era unsere leute. Que
según todos, jamás sería como los demás habitantes de la localidad y que
seguramente, terrible profanación, ni siquiera creía en Dios porque nadie lo
había visto asistir a misa jamás. Tampoco nadie lo había visto participar de
las procesiones.
-No vas a salir de la casa hasta
que no haya hablado con ese degenerado. Me escuchaste? -preguntó el padre. La
vas a ayudar a tu madre pero siempre dentro de la cocina. Después de que haya
hablado con él, se le van a ir las ganas de andar seduciendo jovencitas.
Degenerado de porquería. Eso pasa por dejar entrar a esa clase de gente a la
colonia.
Luego de la escena, el padre
salió. La madre se sentó junto a la mesa a llorar amargamente. La hija se retiró
a la habitación.
Cuatro horas después, cuando el
padre ya había regresado, con el gesto adusto y la satisfacción del deber
cumplido, llegó la hora de cenar, la madre descubrió que su hija no estaba en
la habitación: había huido por la ventana.
El padre, la madre, los hermanos,
tíos, abuelos, todos salieron a buscar a la hija por toda la colonia. No la
encontraron. Como tampoco encontraron al tal González.
-Seguro que huyeron juntos -opinó un vecino.
-Seguro que huyeron juntos -opinó un vecino.
-Lo único que nos falta! -gritó
la madre. Que los vecinos hablen de nosotros.
No volvieron a saber de su hija hasta que diez años después, cuando alguien que llegó de un largo viaje, le contó al padre que la había visto en Bahía Blanca, en una zona donde vivían varias familias alemanas y que estaba casada con González y tenía cuatro hijos.
No volvieron a saber de su hija hasta que diez años después, cuando alguien que llegó de un largo viaje, le contó al padre que la había visto en Bahía Blanca, en una zona donde vivían varias familias alemanas y que estaba casada con González y tenía cuatro hijos.
El padre no dijo palabra. Como tampoco le contó la novedad a su esposa. Para
él, su hija había muerto el día que tomó la decisión de huir. (Autor: Julio
César Melchior).
Para
conocer en profundidad aspectos sociales, psicológicos, religiosos y más, no
dejen de leer el libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga
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