
Con el transcurso de
los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una
comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una
escuela, almacenes de ramos generales…
Y llegaron más
familias. Y la colonia creció. Se levantaron casas de ladrillo, grandes,
hermosas, con jardines. Se embriagaron de lujo. Nació el deseo de tener dinero.
De poseer cosas materiales. Floreció el ansia de poder. Se formaron clases
sociales. Ricos muy ricos y pobres muy pobres. Unos pocos pudieron estudiar.
Muchos tuvieron que comenzar a trabajar desde niños. Se acrecentó la
desigualdad. Se perdieron tradiciones, costumbres… Se olvidó el origen.
Empezó a desaparecer el idioma. La identidad tambaleó.
Hasta que un día unos
pocos comprendieron lo que estaba sucediendo: las raíces culturales morían.
Había que hacer algo. Y esos pocos hicieron. Y todavía están haciendo.
“Hay que conservar lo que aún tenemos y rescatar lo que ya perdimos”,
decidieron. Eran pocos, es cierto. Pero su trabajo está dando frutos. La
identidad se está recuperando. Están volviendo a ser lo que nunca debieron
dejar de ser: alemanes del Volga. Descendientes de inmigrantes de alemanes de
una aldea del Volga, con sus costumbres, tradiciones, cultura e historia. En
suma: ¡con su identidad! ¡Nuestra identidad!
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