
Luego
regresa con un balde de agua, llenado en la bomba, un trapo de piso, y se
dispone a lavar cada rincón de la vivienda, mientras sus hijos y los nietos, se
sientan semidormidos, refunfuñando en secreto, a desayunar.
El reloj marca las siete de la mañana. Tardísimo para
levantarse, según el criterio de la abuela, y tempranísimo, aún de madrugada,
según opinión de sus hijos y nietos. Que no pueden comprender de dónde saca la
abuela tanta energía y voluntad para levantarse, desayunar unos mates con pan,
manteca y miel, y ponerse a trabajar enseguida en sus quehaceres domésticos.
Que también incluyen preparar sabrosos platos tradicionales que heredó de su
madre y esta, a su vez, de la suya, pasando por infinidad de generaciones, para
el almuerzo y la cena. Sin olvidar los típicos Kreppel para la hora del mate.
Nada la saca de su rutina. Ni siquiera la cuarentena. Ella
ama su hogar. Ella ama su vida. Ella es feliz con lo que es y con lo que tiene.
Y aún en este momento que, pese a estar atravesando una situación de angustia,
como le sucede a cada vecino de la colonia y a cada ser humano del mundo, ella
es feliz porque puede disfrutar de todos sus seres queridos en casa, junto a
ella, viviendo bajo el mismo techo, compartiendo la vida cotidiana en familia,
como antes, cuando sus hijos eran niños. Porque para la abuela su hogar y su
familia, es lo más importante. Porque la abuela es pura ternura, puro amor.
(Autor: Julio César Melchior).
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