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domingo, 13 de febrero de 2011

Amantes eran los de antes

Don Luis llegó a la colonia a trote veloz, detuvo su caballo en seco, y como lo detuvo siguió de largo traspasando los cristales de la vivienda de la Elisa, que se asustó mucho al escuchar semejante estruendo.
Ya dentro de la cocina, Don Luis no supo cómo carajo hizo para que su cuerpo pasara por la venta que ahora le parecía demasiado pequeña para lograr tal proeza. Aunque dejó para después descifrar el misterio. Ahora tenía otra cosa más importante que resolver.
De un salto se puso de pié, no sin antes maldecir el dolor que sentía en todo el cuerpo. Pero era un macho hecho y derecho, que no le daba trascendencia a esas menudencias. Enfiló sus pasos rumbo al dormitorio de la Elisa.
La Elisa lo recibió en camisón, roja la cara como un tomate a punto: avergonzada y violada en su pudor más íntimo. Y mancillada en su decoro y honor.
Don Luis se abalanzó sobre ella como un toro desbocado y brioso. Le destrozó el camisón hasta desnudarla. Y la amó con fuerza desmedida, con violencia, sin preguntar si la Elisa quería o no.
La cama crujió. Los resortes debajo del colchón rezongaron. Don Luis gimió. La Elisa gritó.
Don Luis le preguntó:
-¿Te gustó?
La Elisa, aturdida, desflorada y despatarrada como una muñeca usada, apenas tuvo aliento para decir que sí.

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