
La niña tose. La niña hierve en fiebre. La niña delira. La niña habla. Sueña que sueña. Ríe. Llora. A veces canta una canción que nunca acaba. Murmura. Reza una letanía incongruente de palabras sin sentido. Su voz se apaga. Se hunde en la profundidad de sus pulmones enfermos.
Y sus padres lloran. Le ruegan a Dios que la salve. El sacerdote la moja en agua bendita y encomienda su alma al Señor.
La habitación está en penumbras. Es de madrugada. Solamente la ilumina una lámpara a kerosén y la protege un crucifijo.
La niña muere al amanecer.
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