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viernes, 6 de mayo de 2011

Mi abuelo

Debe ser la edad, o la nostalgia, o el recuerdo de tiempos pasados, mejores o peores, o mi oculto deseo de que no hubiera ocurrido lo que ocurrió y mi abuelo siguiera entre nosotros. Pero el caso es que la historia o el comentario que hago viendo el patio de la vieja casa de mis abuelos me ha traído bellos y hermosos recuerdos, todos ellos orbitando alrededor de ese hombre, seco de carnes, alto y espigado (dicen que, físicamente, me parezco mucho a él), trabajador como él solo, responsable y juicioso, siempre con una palabra de paz, de honradez, de decencia y de hombría en sus labios, sentenciando situaciones con una frase lapidaria y final, siempre llena de un juicio y de una integridad enormes. Esta imagen me trae bellos recuerdos, recuerdos que giran alrededor de ese hombre y de todas esas situaciones, miles de ellas, que viví junto a él.

En ese patio, con la puerta entreabierta, o entrecerrada para evitar que entrara el fuerte sol matutino que en esos momentos pegaba con fuerza en la fachada de la casa, en ese patio tenía siempre una silla colocada junto a la pared y en la que se sentaba, de vez en cuando, para fumarse un cigarro, hecho a mano, y con los codos apoyados en las rodillas.

¡Cuántas veces lo he visto ahí sentado, dejando pasar el tiempo, saludando a los vecinos que pasaban por delante de la puerta, pensando, soñando, recordando, viendo su vida y su labor en este mundo ya realizada, viendo a su nieto cerca de él, correteando, quitándole la boina de la cabeza, volviéndosela a poner, mientras él se dejaba hacer.

¡Cuántas veces, tras fumarse ese lento cigarro, lo he visto levantarse de esa silla y, tras dejar la misma apoyada contra la pared, decía:

- ¡A comer...¡

Dejaba la puerta abierta, signo inequívoco de su confianza en los hombres, y juntos entrábamos a la vieja y enorme cocina. Allí, y junto a mi abuela, comíamos juntos los tres mientras un gato (aún lo recuerdo), de color amarillento, rondaba por nuestras piernas por debajo de la mesa. O se subía al brazo de sillón en el que siempre se sentaba mi abuelo y, de ese brazo del sillón, al hombro de mi abuelo. Y ahí permanecía viéndonos comer hasta que mi abuelo, cansado de aguantarlo en su hombro, con un simple gesto, lo hacía saltar al suelo.

Después de comer se sentaba junto al fuego, en un banco de madera colocado lateralmente al fogón y, de nuevo, se volvía a hacer su cigarro, volvía a fumar tranquilamente, hablando, aconsejando, sentenciando, enseñando, mientras mi abuela recogía los pocos cubiertos de la mesa y en un visto y no visto los fregaba dejándolos, de nuevo y una vez más, en el aparador de la cocina donde tenía sus escasas pero bien cuidadas vajillas y cubiertos.

Una noche nos llamaron a casa:

- El abuelo se ha puesto muy mal...

Una semana estuvo en la cama, enfermo. Aunque yo creo que no era una enfermedad lo que se lo estaba llevando. Era su alma que sabía que ya tenía todo hecho y que estaba cansada de luchar y luchar en esta vida.

Uno de esos días de agonía me mandó llamar. Entré en su habitación y cerré la puerta. Me senté en el borde de la cama, junto a su cabecera. Él estaba acostado de lado, flaco y hundido en su colchón de lana:

- Sé un hombre. Jamás te pelees con nadie de la familia. Y mucho menos con tu hermano. Aunque te ofendan, piensa antes de responder.

- No te preocupes, abuelo, eso nunca.

Estuvimos hablando un rato. Cuando salí me preguntaron que qué quería el abuelo. Nada, cosas nuestras –les respondí.

Tres días más tarde fallecía.

Sabes, querido abuelo, que te quise con todas mis fuerzas, que junto a ti yo era feliz, que las horas las pasaba a tu lado sin enterarme del paso del tiempo, que te iba a ver muchas, muchas, muchas veces: de día, de noche, en verano, en invierno, que te ayudaba, cuando podía, en tus tareas del campo. Y que ahora, estés donde estés, me estarás viendo y aconsejando como cuando estabas a mi lado.

Un beso, querido abuelo y hasta siempre.


Historia de “Momentos. Instantes. Vivencias. Mi Vida”, de http://vivencias.myblog.es

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