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domingo, 10 de julio de 2011

Así vivieron nuestros abuelos alemanes del Volga

Ordeñé mi primera vaca a los nueve años. Me acuerdo que en invierno se me congelaban los dedos del frío que hacía y las heladas que caían. Lloraba de dolor. Pero papá no me consolaba, ni siquiera me escuchaba. Había que trabajar. Ordeñábamos muchas vacas entre mis hermanos, mi mamá y mi papá, que era dueño de la chacra. Nunca tuvo un peón. Nosotros tuvimos que hacer toda la tarea rural. Ayudábamos a arar, sembrar y cosechar. En la huerta, a regar arrastrando los enormes baldes llenos de agua, más pesados que nosotros. No se le daba valor a la escuela. El trabajo era más importante. Y eso que mi padre era dueño de un pedazo de campo y llegó a ahorrar lo suficiente como para comprarse una casa en la colonia y un coche nuevo. Pero ninguno de mis hermanos, ni yo, tuvimos la oportunidad de estudiar. Ni siquiera terminamos la primaria.
-¡Acá hay que trabajar! El que quiere comer tiene que ganarse la comida –repetía una y otra vez mi papá y eso era una orden. Todos le teníamos miedo, mucho miedo. Hasta mamá temblaba cuando se enojaba y nos gritaba porque habíamos hecho algún trabajo mal.
Mi niñez fue triste. Nunca lo vi contento a mi padre. Siempre rezongaba. Siempre me retaba. Nunca nos permitió jugar. Siempre tenía un trabajo para darnos cuando nos veía libres o descansando. Y jamás nos dijo que lo que hacíamos con tanto sacrificio y esfuerzo estaba bien hecho. Siempre se quejaba y le encontraba un defecto para echárnoslo en cara.
Si nos portábamos mal o cometíamos alguna travesura, cosa rara, por el terror que le teníamos, nos daba una furibunda paliza con el cinto o la alpargata. Era muy severo. Nos amenazaba con Dios diciendo que nos iba a mandar al infierno si no le hacíamos caso. Y, nosotros, pobres, le creíamos.
Soporté hasta que llegó el día de partir a cumplir con el servicio militar. Recién regresé a casa treinta años después, cuando mamá y papá ya eran viejecitos y, a pesar del dolor soportado y de la bronca contenida durante tantos años de ausencia, consumido por el rencor de haber vivido una niñez tan dura, no pude hacer otra cosa que abrazarlos y llorar desconsoladamente, y pedirles perdón por haberlos hecho sufrir esperándome durante tanto tiempo.

8 comentarios:

  1. Creo que es mucho mejor una infancia dura, difícil, estricta. Deja un mejor ejemplo y fortaleza que enseñar a pedir planes y cortar rutas...

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  2. Nos pasamos de un extremo al otro, y los extremos no son buenos. Todo en su justa medida.

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  3. Julio César Melchior10 de julio de 2011, 22:23

    Totalmente de acuerdo!!!

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  4. En mi caso pasar por ciertas dificultades en la vida, me ha hecho mejor persona. No tengo resentimiento por ello, solo el triste recuerdo de lo mal que lo pasé, pero afortunadamente, la vida me dió revancha y satisfa
    cciones. Hoy día valoro que mis hijos estudien y sean buenas personas y que no pasen por las dificultades que yo tuve que pasar.

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  5. Julio César Melchior12 de julio de 2011, 16:26

    Gracias por tu comentario! Por brindar tu experiencia y sabiduría!

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  6. Eran tiempos donde se valoraba mas una pala sin valorar un libro..

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  7. a mi me decian que era mejor para el hacha que para los libros

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  8. Mi niñez fue feliz hice la primaria y no pude seguir la secundaria por que se debía trabajar , luego de grande pude hacer la secundaria y una carrera terciaria , pero mis padres aun viven en el campo ya son jubilados

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