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jueves, 20 de octubre de 2011

El tañido de las campanas de la iglesia era la voz de la salvación para los alemanes del Volga

Por Víctor P. Popp – Nicolás Dening

“Como la Fe regia su vida las campanas les indicaban los momen­tos del día que debían ser dedicados a Dios; cuando una aldea podía instalar un juego de tres campanas de distintos tamaños se acostum­braba establecer un código para anunciar el fallecimiento de los fe­ligreses. Se tocaba la campana mayor cuando el extinto era persona madura; cuando el muerto era un joven que había tomado la primera comunión y aún se mantenía soltero —menor de 18 anos— se utilizaba la campana mediana y cuando se trataba de un menor, el triste anun­cio correspondía a la campana más pequeña. En nuestro país se si­gue esa costumbre hasta hoy en día en los casos de fallecimientos”.

En la mentalidad sencilla de las colonias, el tañido de las campanas de la iglesia significaban algo similar a la voz de los ángeles que llamaban a la oración o a concurrir al servicio religioso; también su voz sonora podía anunciar el fallecimiento de algún vecino que había partido de este mundo hacia la eternidad. No sólo comunicaba en su timbre musical los acontecimientos de la vida religiosa de la aldea, sino que su sonido característico proporcionaba la orientación necesaria y segura a los viajeros extraviados durante las noches de tormenta y de nieve, práctica muy usual esa de lanzar las campanas al viento en esas noches aciagas y que se hacía en forma continua,
Era la "voz de la salvación" en todos los casos; se acudía a las campanas para reunir al vecindario a fin de anunciar un aconteci­miento importante, y también se las tocaba con extremada energía en los casos de incendio cuando se necesitaba la ayuda de todo el pueblo para apagarlo. En las aldeas Católicas tocaban las campanas a hora fija tres veces al día para recordar a los vecinos que debían elevar su mente a Cristo y a su Madre con el rezo del Angelus Domini.
Como la Fe regia su vida las campanas les indicaban los momen­tos del día que debían ser dedicados a Dios; cuando una aldea podía instalar un juego de tres campanas de distintos tamaños se acostum­braba establecer un código para anunciar el fallecimiento de los fe­ligreses. Se tocaba la campana mayor cuando el extinto era persona madura; cuando el muerto era un joven que había tomado la primera comunión y aún se mantenía soltero —menor de 18 anos— se utilizaba la campana mediana y cuando se trataba de un menor, el triste anun­cio correspondía a la campana más pequeña. En nuestro país se si­gue esa costumbre hasta hoy en día en los casos de fallecimientos.
Los servicios fúnebres fueron siempre una demostración de gran pesar tanto en los velorios como los entierros; toda la población de la aldea acompañaba a los deudos del fallecido, formándose largos cortejos que eleva­ban sus plegarias a Dios con cánticos y rezos, apropiados para esa cir­cunstancia. Eran momentos solemnes que llamaban a la oración y a la reflexión sobre lo trascendente; entre los Evangélicos, en cada cere­monia fúnebre los fieles eran exhortados al arrepentimiento y los Católicos acostumbraban rezar el rosario, salmos penitenciales y al ser colocado el difunto en su fosa, se entonaba el vehemente y sugestivo Schiksal que movía las fibras más íntimas de todos los acompañantes.
El intenso frío de Rusia durante el largo invierno permitía prolon­gar el velorio hasta tres días; durante ese período sucedíanse las prác­ticas religiosas y en especial, la reunión de las Hermandades que ha­llaban así ocasión propicia para fortalecer su fe.
Los ataúdes eran fabricados en la misma aldea y las fosas eran cavadas por cuatro hombres designados al efecto, quienes portaban también en hombros el féretro hasta el cementerio; se acostumbraba sepultar a los muertos en tierra para facilitar el cumplimiento de la sentencia bíblica: "eres polvo y en polvo te convertirás".
En general, los colonos alcanzaban una edad avanzada, que a ve­ces superaba los cien años, aunque la mortalidad infantil era elevada; se acostumbraba visitar a los enfermos, quienes también eran asisti­dos por los clérigos. Permanecer con el enfermo en su lecho de muerte era una demostración de afecto y un deber moral para el vecino; los alemanes del Volga no temían la muerte y se preparaban espiritual­mente para recibirla en paz. El moribundo, al notar su estado, solici­taba la presencia de sus enemigos para reconciliarse con ellos en el mejor estilo cristiano; eran momentos solemnes y conmovedores. "Mi propio padre, al notar que sus días se limitaban sobre la tierra, exterio­rizaba una extraña y sublime alegría al elevar su pensamiento a Dios y preparar su alma para ir al encuentro del Señor; durante una sema­na exhortó a parientes y amigos que lo visitaban al arrepentimiento y perdón de los pecados y acercarse a Dios, alejándose de los placeres de este mundo" (VP. Popp).
Asi terminaron sus dias muchos de los alemanes del Volga en Ru­sia; en todos los casos la asistencia espiritual del sacerdote o del pas­tor, siempre se hacía correctamente, para conferir los consuelos de la religión.
Fallecida la persona, su cadáver era aseado, vestido y bien peina­do; siempre los vecinos prestaban el mayor auxilio a los familiares en desgracia. Si las debilidades humanas habían introducido discordias y rencores entre parientes y vecinos, los momentos supremos de una existencia que se extinguía, eran propicios para el perdón, el olvido de las injurias y el abrazo del retorno a la amistad y reconciliación.
La intransigencia germana ha debido soportar un siglo de duras pruebas y constantes sacrificios, que formaron un nuevo tipo de in­dividuo: más dúctil y obediente a las obligaciones espirituales de la vida, más serio e introvertido y con más confianza en su pueblo.

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