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martes, 6 de diciembre de 2011

Abran cancha que viene Fangio


El Ford T daba brincos y tumbos volando por el aire, corriendo una carrera furiosa a ciegas, cruzando el campo arado, en parte lleno de pajas vizcacheras y hoyos de peludos. A veces, cuando caía luego de volar unos metros, el ruido era tan estremecedor que parecía a punto de desarmarse. El alemán que lo conducía era revolcado dentro del habitáculo, como un juguete, agitando los brazos, cuando podía, a través de la ventanilla pidiendo auxilio.
Se había sentado dentro del Ford T, frente al volante, deslumbrado por el nuevo invento. ¡Claro, cómo no estarlo! Si era el primer automóvil que recorrió las calles de la colonia. Y él, como todo habitante de la localidad quiso manejarlo. Pero cabeza dura y porfiado, no esperó hasta aprender. Preguntó para qué sirve esto y aquello y aquello y se animó a lanzarse al camino y así le fue: terminó su trayectoria con la trompa del Ford T dentro de las aguas del arroyo Sauce Corto.
Al descender, se disculpó ante el dueño justificándose con las siguientes palabras:
-No encontré las riendas para guiarlo ni para detenerlo. Es una bestia endemoniada. Le gritaba: ‘¡Alto! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Quieto! ¡Quieto! ¡Quieto, zaino! Pero no me hacía el menor caso. No es como mis caballos que cuando les grito se quedan parados. Prefiero mil veces mi carro. Es mucho más seguro”.