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martes, 27 de diciembre de 2011

Desgarradora historia de vida


Mi padre se fue despacio, entre brumas de olvido y olor a morfina. Se fue apagando lentamente, lleno de pinchazos de agujas de suero que lo alimentaban y de jeringas que le inyectaban medicamentos. Se marchó consumiéndose en la cama, de tanto peso que fue perdiendo con los meses que pasó en el hospital. Los ojos vidriosos, el alma perdida en el cuerpo demacrado. Mirando a la nada, observando sin ver, sin conocer a nadie.
De vez en cuando hablaba de su pasado. Recordaba sus tiempos de la niñez. Evocaba a la abuela. Murmuraba malas palabras en alemán. Retaba, rezongaba, bufaba de dolor y desesperación. Peleaba con las enfermeras mientras tuvo fuerzas y ánimo. Decía que veía a su papá junto a la cama, contándole historias del lejano Volga. Explicaba que le decía que había llegado en un barco, que trabajó mucho, en las aradas, las cosechas, que lo explotaron los ricos, que lo engañaron y estafaron. Pero que, sin embargo, salió adelante y crió a once hijos.
En los últimos días jamás nos reconoció. Ni a mis hermanos ni a mí. Les preguntaba a las enfermeras quiénes eran esos extraños que se la pasaban sentados alrededor suyo, junto a la cama. Se enojaba con nosotros. Nos apuntaba con el dedo en señal autoritaria, indicándonos el camino de salida. ¡Pobre papá! ¡Tener que sufrir tanto después de haber luchado incansablemente para darnos la vida, la educación y mucho más! ¡Tener que morir de esa manera tan humillante! Haciendo sus necesidades en la cama, vomitando, llorando de angustia y dolor; de orfandad y soledad; abandonado del destino y de Dios.