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viernes, 30 de diciembre de 2011

Hubo un hombre sabio, que fue mi abuelo… Nuestro abuelo. El abuelo de los alemanes del Volga


El anciano, sentado al lado de la cocina a leña tomando mate, sonrió al ver ingresar a su nieto. El pequeño le dio un suave beso en la mejilla. Como todas las mañanas, venía a saludar a su abuelo antes de partir rumbo a la escuela. Breves minutos que ambos aprovechaban para conversar. Filosofaban sobre los hechos cotidianos de la existencia. Sabios a su manera, aprendían el uno del otro. El anciano poseía el conocimiento que le había dado la vida; el niño, los interrogantes que la misma vida le planteaba.
Una mañana el anciano se levantó para regresar con un ajado libro; escogió una página y leyó: “Hubo un hombre que nació en un pueblo casi desconocido, hijo de la sencilla esposa de un humilde carpintero. Trabajó en una carpintería hasta los treinta años. Y después, durante tres, fue un predicador ambulante.
Jamás escribió un libro, ni ocupó cargo alguno, jamás tuvo casa propia. No tenía más credenciales que su propia persona. No tuvo nada que ver con los asuntos de este mundo a excepción de la influencia que ejerció sobre las almas. Siendo aún un hombre joven, la marea de la opinión popular se le volteó. Sus amigos huyeron de su lado; uno de ellos lo negó. Otro de ellos lo entregó a sus enemigos. Soportó la burla de un juicio. Fue muerto sobre una cruz y colocado en un sepulcro prestado por un amigo.
Veinte siglos han pasado desde entonces, mas hoy “ÉL” constituye el núcleo espiritual de la raza humana y es el líder de la columna del progreso, y quedamos anonadados al darnos cuenta de que todos los ejércitos que jamás hayan marchado, de que todos los parlamentos que jamás hayan sesionado, y de que todos los reyes que jamás hayan regido, todos, conjuntamente, nunca han afectado la vida del hombre sobre esta tierra tan profundamente como lo hiciera durante treinta y tres años de su breve vida un solo hombre”.
“Un solo hombre es el título de lo que te acabo de leer”, dijo el anciano al concluir. “Nunca lo olvides”.
Y el niño jamás lo olvidó. Porque ese niño, más de treinta años después, es el hombre que escribe este editorial para recordar a aquel anciano que fue mi abuelo.