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miércoles, 25 de enero de 2012

Historias sencillas de gente común

Por CARLOS O. POLAK. Tornquist Bs. As.
Quienes vivimos en pequeñas ciudades, otrora pueblos, no podemos evitar recordar esos momentos que tanto significaron y significan en nuestras vidas desarrollados en la infancia.
 Hacia la década de 1960 y 1970 había en la mayoría de las casas de pueblo una importante cantidad de gallinas, las cuales formaban parte inobjetable del paisaje en esos grandes patios. Gallineros construidos con adobe o con ladrillos asentados en barro eran la morada nocturna de estas aves. Dichas construcciones tenían en su interior palos de eucalipto o similares que permitían a estos animales dormir en distintos niveles, sistema que dio origen a la famosa " ley del gallinero". Todas estas construcciones tenían por lo general su techo de chapa de cartón, muy usadas por ser lo más barato de la época.
 Era totalmente normal ver deambular por todo el terreno a las gallinas buscando insectos, picoteando y dejando alguna sorpresa para que quienes jugábamos en el patio, la pegáramos en nuestras zapatillas Boyero y cuando entrábamos en la casa, sin darnos cuenta "perfumáramos " el ambiente con la consecuente orden : "andá afuera y mirate las zapatillas!!!".
 Debido a que las gallinas recorrían los grandes patios, no era fácil encontrar los huevos. Por eso la señora de la casa estaba atenta al cacareo e inmediatamente iba a ver dónde ponía la pícara. Una vez conocido los lugares que a menudo eran distintos, los chicos juntábamos los huevos a la tardecita, siempre con el mismo encargue de mama: "dejale uno para que siga poniendo...!”.
 Algunas otras cruzaban la calle y ponían en baldíos con gran cantidad de pasto por lo que nos enterábamos más de un mes después, cuando mama gallina volvía a casa con su fila de seguidores pollitos.
 Había gallinas malas, a las que cuando juntábamos los huevos les teníamos mucho miedo porque a veces nos corrían para picarnos. Ahora cuando mamá carneaba alguna para puchero o estofado, se les terminaba lo malo ya que la mayoría de nuestras madres le quebraban el cogote con rápidos movimientos y sin que el animal lo advirtiera.
¡Cuántas cosas más habrá en torno a estas historias que fueron y ya no serán.