T

T

lunes, 5 de marzo de 2012

HUMOR. Pureza virginal: La historia de amor de don Félix y la señorita Juana


Colaboración de
Evaristo Suppes

Era don Félix un caballero alemán del Volga, gracioso, bien plantado y con algunos bienes de fortuna.
Muchas mocitas solteras de la colonia, donde él vivía, se esmeraban por ganar su voluntad y conquistarle para marido; pero la empresa era harto difícil.
Don Félix, y no sin fundamento, pasaba por un desaforado seductor y picaruelo. Iba revoloteando siempre de muchacha en muchacha, como las abejas y las mariposas revolotean de flor en flor, liban la miel y sólo por breves instantes se posan en algunas.
La linda señorita Juana tuvo más maña y arte que otras y logró hacer en el corazón de nuestro héroe la herida amorosa más profunda que hasta  entonces había traspasado sus entretelas llegando a lo más vivo.
Él, sin embargo, como travieso que era, si bien ponderaba a la niña su mucho amor y le pedía y aun le suplicaba que de aquel mal le curase, siempre hablaba de la cura, pero no del cura.
Acudía a hablar con la señorita Juana; le aseguraba que tenía por culpa de ella, en su lastimado pecho, no uno sino media docena de volcanes en erupción; le rogaba que apagase sus incendios y que mitigase sus estragos, y lo que es de casamiento no decía ni daba jamás palabra.
Así se pasaban meses y meses; los novios pelaban la pava todas las noches sin faltar una; pero el asunto permanecía siempre sin adelantar, ni por el lado del buen fin, ni tampoco por el lado del mal final.
Cuando él calentaba la pava y hacía para que su novia no se hiciese de pencas y fuese generosa y se ablandase y cediese, ella, o se enojaba porque él le faltaba al respeto y mostraba que no tenía por ella estimación, o bien derramaba amargas lágrimas y exhalaba suspiros y quejas considerándose ofendida. Con mil variantes, porque tenía fácil palabra y sabía decir una misma cosa de mil modos diversos, la niña solía contestar sobre poco más o menos lo que sigue:
-¡Huy, huy, don Félix! ¿Qué es lo que usted me propone? En el silencio de la noche, en la más profunda soledad, nunca estamos solos: Dios nos mira; Dios está presente y no podemos ni debemos ofender a Dios. Mi honra, además, está pura e inmaculada; está por cima de todo; hasta por encima del inmenso amor que usted ha logrado inspirarme. ¿Qué diría usted de mí si yo en lo más mínimo faltase a mi deber, echase a rodar mi decoro y me olvidase de la honestidad y del recato con que me ha criado mi cristiana y severa madre? ¡Jesús, María y José! La cara se me caería de vergüenza si yo fuese liviana. Con sobrada razón me despreciaría usted entonces. Haría usted muy bien en abandonarme y en huir de mí como de una criatura depravada y viciosa.
En fin, la señorita Juana, con estas y otras frases se defendía todas las noches muy lindamente, aunque, para no descontentar al novio y retenerle cautivo, le otorgaba de vez en cuando y en sazón oportuna, tal cual favorcito, delicado, puro, como, por ejemplo, abandonarle una de sus blancas y suaves manos, para que él la besase, la acariciase y la tuviese apretada entre las suyas, llegando, en algunos momentos de muy fervorosa pasión, a acercar ella, la virginal y tersa frente, a fin de que él, sin detenerse mucho y al vuelo, pusiese en ella los labios, imprimiendo un beso casi místico, con veneración devota, como quien besa una reliquia.
En suma, la señorita Juana lo manejó todo tan bien, que don Félix, cada día más deseoso, acabó por hablar del cura y por proponer el casamiento.
Ella, que no deseaba otra cosa, se mostró llena de gratitud y de amor. A pesar de todo y a pesar de la grande impaciencia que don Félix manifestaba, la señorita Juana redobló su austeridad y nunca quiso consentir en favores de más cuenta que los aquí mencionados hasta que al novio y a ella fuesen bendecidos por el cura.
Llegó al cabo el suspirado día. El cura se los casó. Don Feliz y la señorita Juana fueron marido y mujer.
Aquella noche, muy tarde, casi ya de madrugada, don Féliz dijo a su adorada esposa:
-Bien hiciste, querida, en no ceder a mis ruegos. Yo te adoro, pero, si hubieras cedido, hubiera dejado de adorarte, te hubiera despreciado y te hubiera plantado.
Ella, al oír esto, hizo a su marido mil amorosas y conyugales caricias, murmurando palabras ininteligibles y como quien reza. Tal vez daba gracias al cielo por el triunfo que habían obtenido su honestidad y su recato.
Sin embargo se asegura que lo que ella dijo entre dientes y él no pudo entender fue:
-¡Grandísimo tonto! Por eso es que no cedí antes, porque ya había cedido a siete y los siete me abandonaron.