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domingo, 18 de marzo de 2012

Una ofrenda poética en busca de la paz interior

Graciela Schmidt y un libro catártico
y profundo que presentará
 el próximo 20 de abril.
 
Gentileza de Diario
Nuevo Día

Graciela Schmidt presentará su primer libro – “Ofrenda” – el próximo 20 de abril en la Biblioteca Sarmiento. Poemas urgentes, clavados en un presente tumultuoso, cargados de tristeza y con anclaje en la infancia y en la lectura de los grandes de la literatura pero con un mensaje univoco y universal con influencia marcada de ese gran poeta de la Humanidad que fue Walt Whitman.

“Me celebro y me canto a mí mismo/ Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también” cantó hace  150 años ese gran poeta universal que fue Walt Whitman y pocos entendieron su mensaje integrador y humanista.
Sin embargo, el tiempo fue poniendo las cosas en su lugar y el mensaje caló hondo y profundo en el alma de millones de personas. Hoy, releyendo este primer canto uno puede concluir que también este es, de alguna manera, el mensaje que Graciela Schmidt quiere ofrendar a sus lectores en el libro que el próximo 20 de abril presentará en la Biblioteca Popular Sarmiento.
Allí, ella buscará con sus poemas invitar a la reflexión transitando temas fundamentales de la existencia humana como la muerte, el dolor, el amor, el alquiler de vientres, la libertad sexual.
“Ofrenda”, que así se llama el libro, está escrito en verso libre, una especie de poesía narrada o de prosa poética y contiene  un registro de voces sincopadas que conversan, dialogan, suplican y agradecen en simbiosis con los cásicos de la literatura universal, con un marco de respeto y admiración, especialmente hacia el Fausto de Goethe.
“Este libro es una necesidad espiritual y temporal también, algo que escribí y no corregí porque pensé que no me quedaba tiempo y es mucho más mi voz que la que cualquiera de ustedes puede escuchar si habla conmigo”, confiesa la autora en una entrevista con Nuevo Día, en la que cuenta que el clic se produjo cuando en 2009 le diagnosticaron un cáncer.
“Es una ofrenda a cada uno de mis lectores, para mí lo que vale es que cada uno toque mi libro, lo pasado ya pasó, lo del futuro nadie lo conoce y es lo de hoy, y lo de hoy va a ser cuando cada lector me lea”, advierte muy convencida. 
Graciela Schmidt admite que sus poemas buscan concentrarse en las sensaciones del cuerpo y en las percepciones del espíritu porque todo es intuición. “Dioses y héroes pasan a lo largo de la obra para ser eternizados, ya que en ellos palpita el alma de los personajes”, cuenta, advirtiendo que “este libro transmite energía y si bien es fuerte, muy fuerte, y puede parecer muy triste también remeda lo que decía Alejo Carpentier, que pensaba que bueno estaría empezar por morirse y terminar en el útero”. La escritora dice que este libro es algo así: “empiezo por todos los dolores, el de haber perdido a mi padre, a mi madre, después con todos los avatares de la vida y después me introduzco en el tema del amor, amor pasional, amor sexual, que fue muy fuerte como redención, como pacto previo a la paz total, porque sin amor no se puede nada, y hablo específicamente de todo tipo de amor, pero sobre todo del amor pasional y sexual”.
Imágenes, ironías, sentencias. La autora no tiene empacho en confesar sus más secretas intimidades creando hermosos remansos y esperanzas, aún en los poemas más dramáticos y duros.

Una obra en cuatro

“Ofrenda” está dividido en cuatro partes: Ofrenda a mis padres, a la vida, al amor y a Dios, como búsqueda de la paz.
Es, a la vez, metáfora del desarrollo humano; niño, adolescente, adultez y vejez, contención, rebeldía, orden y paz. Admite la escritora que sus palabras son pasos y huellas en el camino en los que se entrelaza otra historia en tres poemas, entrecruzándose con la obra de Goethe. “Los tres comienzan con monólogos de Mefistófeles en el palacio: en el primero niego a éste su triunfo, el segundo cambia las leyes universales y el tercero desencadena en un desenlace majestuoso y lo sentencia al traer la certeza como última ofrenda a la humanidad”, cuenta la autora, definiendo a su libro como una obra apocalíptica que viene a revelar los misterios de las sombras y a anunciar la luz.
Graciela Schmidt admite la impronta de su enfermedad en la decisión de dar a conocer esta obra. “Pero lo hago no sólo por mí sino porque vi cosas que le sucedían a otras personas que no son para avergonzarse, y ahí me di cuenta de que nos falta, de que hay otras miradas, de que la sociedad aún debe cambiar su óptica, como la de aquella mujer que hoy ya no está que me dijo que tenía la suerte de tener cáncer y no Sida, y fue entonces que me pregunto, ¿cuál es el problema del Sida, la elección sexual?”, se pregunta con cierto dejo de dolor. “Esas cosas te van marcando y si fue algo brusco pero para bien, es un crecimiento, de hecho hoy me dedico  a vivir el momento, no sé lo que viene, nadie lo sabe”, reflexiona.
Este texto, escrito en horas turbulentas, marca un paralelismo entre su vida y situaciones funestas: los mundos paralelos de estar en una pileta bañándose y poco después en una entrevista con el oncólogo, cenando con amigos, pero antes entrando a la pieza a ponerse su peluca. Son esos mundos paralelos caras de una misma moneda, la de la vida.
En definitiva, “Ofrenda” está escrita con el alma, los trozos de Graciela se reparten en cada lector y son el camino que ella encontró para buscar su Itaca, que no es otra que la paz.
Esa Itaca de Kavafis, ese poeta griego que tanto admira y que le ordena mantener en su pensamiento siempre en esa Itaca:  
Llegar allí es tu destino. 
Pero no apresures por nada el viaje, 
mejor que dure muchos años; 
para que ya anciano llegues a la isla 
enriquecido de cuanto ganaste en el camino 
sin esperar riquezas de Itaca.   
Itaca te brindó un maravilloso viaje. 
Sin ella nunca hubieras emprendido el camino. 
Otras cosas ya no tiene para darte. 
Aunque pobre la encuentres, Itaca no te engañó.   
Sabio como has llegado a ser, con tanta experiencia, 
ya habrás comprendido qué significan las Itacas