El aroma
atiza, los antiguos pupitres de madera, y todo un universo de reminiscencias
poblando las aulas de la Escuela. La
presencia de las Hermanas, tiernas y dulces. El libro de lectura. De catecismo.
La Biblia. Las
lecciones. La aritmética.; la gramática; el lenguaje... Los recreos jugando a
la payana o a decenas de divertimentos que el tiempo se llevó y solamente
perduran en el ayer de algún recuerdo. Los grupos de amigos tramando
travesuras. Y una inocencia increíble. Niñas y niños que creían en la pureza de
la vida, en los ángeles, en las hadas, en los reyes magos, y en un mundo de
fantasía que la misma existencia se encargó en trocar en cruda realidad.
Eran otros
tiempos, otro estilo de vida, más simple, más sencillo, quizás más feliz, porque se compartía lo que se tenía, porque
los sueños se podían realizar, porque nada parecía imposible y porque en la
niñez no existen los “no se puede”.