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“La casa está llena de adioses y olvidos.
Personas que la habitaron y
se fueron.
Cerraron sus puertas.
Clausuraron su alma.
Enterraron los recuerdos
bajo llave”.
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La casa. El
hogar. Ladrillos y más ladrillos de adobe. Barro y más barro. Tierra sobre
tierra con techo de chapa cubierto de paja vizcachera. El frente blanqueado a
la cal. Descarado y añejo por el paso de los años. Lluvias y tempestades.
Adioses y olvidos. Personas que la habitaron y se fueron. Cerraron sus puertas.
Clausuraron su alma. Enterraron los recuerdos bajo llave. Tras la puerta de
madera podrida que apenas se mantiene en su lugar.
A su
alrededor, acorralada de yuyos, una maraña de pasto, árboles silvestres…
Tristeza y orfandad. Desolación. Sólo los pájaros le dan una nota de color y
sonido. Cantan pero su canto es un canto que se pierde en el abismo de la
soledad en la que se encuentra la casa.
Hace más de
treinta años que sus inquilinos se marcharon. Se fueron sin mirar atrás y sin
volver ninguna vez. Está condenada a caer, al derrumbe. Si pensara lo sabría.
Pero creo que de alguna manera lo sabe. Por eso se percibe tanto pero tanto
desasosiego. Mirarla es mirar una tumba. O un féretro. Un féretro dentro del
cual descansan los restos de felicidad que dejó la familia que se fue y jamás
volvió.