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viernes, 4 de enero de 2013

Cuando las palabras no alcanzan para remediar lo irremediable


Llegó fatigado. Caminando lento. Como quien arrastra a sus espaldas la cruz de toda una vida vivida en vano. Los ojos desbordados de tristeza; el rostro rasgado de filigranas que el tiempo grabó en formato de arrugas.  El cabello cano. Las manos temblorosas y torpes. El cuerpo anciano y frágil como un sueño a punto de desaparecer en el olvido. Venía del ayer. Del pasado de las colonias. De una época que ya no existe y que sin embargo, conservaba en el alma como un último refugio al cual regresar, encontrar consuelo, comprensión, perdón, y un hombro sobre el que llorar. Pero no quedaba nada de todo aquello. Ni tampoco nadie. Recién en ese momento entendió que los años no solamente transcurrieron para él sino para todos. Y que todos vivieron, bien o mal, pero vivieron. Equivocados o acertados, hicieron lo posible para ser felices. Algunos lo lograron. Él era obvio y notorio que no lo consiguió.

Sentado en la silla, con sus ochenta años a cuestas, una voz cansina y apenas audible, abrió su corazón, desgarrando su alma en cada recuerdo. Miraba hacia dentro, hurgando en lo más profundo de su ser. En esos rincones, poblados de telarañas, donde uno va sepultando los fracasos para continuar y no caer para siempre.
Habló. Relató vivencias. Reflexionó. Demostró poseer sabiduría innata como todos los ancianos que asimilan experiencia y saben transmitirla sin pasar por petulantes. Pidió comprensión. Dijo que nada le resultó fácil. Que se fue de las colonias a los dieciséis años. Que los pueblos alemanes le parecieron muy poco para los sueños que él tenía en aquel entonces. Tenía la ilusión de volar alto, bien alto… pero cayo de bruces haciéndose pedazos el cuerpo y el alma. Las personas lo decepcionaron; el amor lo lastimó profundamente; los sueños fracasaron… Y llegó la soledad. Y quedó solo, desoladamente solo: él y su nombre, Jacobo Aurelio Resch.
Vagabundo en tierras extrañas, vivió de lo que pudo. Sobrevivió a miles de tempestades que en más de una ocasión estuvieron a punto de conducirlo al suicidio. Lloró. Pero el llanto no sirvió de mucho. No se apaga el fuego del alma ni aun con todo el agua del mar cuando se sufre por amor y se tiene en las manos y en el corazón los pedazos de sueños hechos añicos.
Contó que caminó por las colonias. Vagó por las calles. Por los senderos de los recuerdos buscando lugares y seres queridos: familiares, amigos, compañeros… Y que no encontró a nadie. Solamente en el cementerio halló varias tumbas con nombres de personas que un día amó. “Sí –reconoció-, que un día amé, hace muchos pero muchos años pero que no supe valorar en su momento. Ahora, tarde, demasiado tarde, me doy cuenta cuanto significaron –y todavía significan- para mi. Pero es tarde para decírselos o para enmendar el dolor que les causé cuando me marché a la Capital Federal sin mirar atrás y sin tener en cuenta cuanto sufrimiento causaba”.
Solo. Sin esposa. Sin hijos. Deambula por la vida. Dice que espera la muerte. También dice que se hace rogar demasiado, que ya está cansado de esperarla.  Mucho más ahora que visitó las colonias y no encontró a nadie.
Sonríe forzadamente. Con una sonrisa falsa, porque los ojos están más tristes que cuando llegó. Remover tantos recuerdos le provocó todavía más dolor. Y de nada sirven las palabras de consuelo, de aliento, de esperanza. Está cansado de escucharlas. Porque sabe que las palabras solas, sin afecto, sin amor, no valen de nada. Como tampoco alcanzan para justificar una vida vivida en vano.

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