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martes, 30 de abril de 2013

Mis abuelos jamás sufrieron de depresión

Autor: Roberto Méndez Paul

Estoy en una etapa de mi vida en que me encuentro sumergido en un profundo bajón anímico. Las causas, según los psicólogos, pueden ser miles. Pero a mí se me ocurrió recordar a mis abuelos y preguntarme… ¿Por qué no se bajoneaban o estresaban nunca? ¿Será un mal de este tiempo preocuparse por todo? ¿Será que estamos prisioneros de una vida consumista y materialista? ¿Será que nos hacemos mala sangre por pavadas como dicen mis tías de ochenta años?

Recuerdo a mis queridos abuelos trabajando todos los días de la semana, incluyendo sábados, domingos (los feriados no existían). Sin quejarse. Sin protestar. Sin blasfemar. Siempre con una sonrisa en los labios disfrutando de la tarea. ¿Será que solamente trabajaban en lo que les agradaba? ¿Será que no veían el trabajo como un sacrifico sino como una bendición? ¿Será que estaban más en contacto con la naturaleza?
A pesar de que trabajaron toda la vida jamás les sobró un centavo para invertir. Vivían en una casa pequeña que nunca pudieron ampliar pese a los sueños que tenían de hacerlo. Sueños que forjaron en la juventud y llevaron consigo hasta la tumba. Murieron en la vieja casa donde vivieron toda su existencia. Y no les importó. En realidad no les interesaban las cosas materiales. No pensaban en cambiar los muebles, arrancar ventanas antiguas para colocar modernas, en comprar una cocina a leña nueva. ¿Para qué? Si funciona de manera perfecta decía el abuelo. Lo que sirve no se tira.
Afrontaron situaciones muy difíciles. Criaron catorce hijos. Dos fallecieron. Sepultaron a sus padres. Algunos de sus hermanos. Sobrinos. Y lo soportaron todo. Jamás se bajonearon. Jamás sufrieron de depresión. Lloraron es cierto. Pero con el correr de los meses les volvía la esperanza y volvían a creer en la vida, en Dios. En ese Dios que para ellos lo era todo.
A mí se me hace que fue ese Dios en el cual creían ciegamente el que los mantuvo fuertes aun en las peores tempestades. Ese Dios en el cual nosotros dejamos de creer, reemplazándolo por cosas materiales: una casa nueva, un automóvil último modelo, una moto, unas vacaciones lo más lejos posible… Se me hace que vaciamos nuestras almas de Dios para llenarlas de cosas materiales. Nos arrancamos la fe en Él del corazón para dejar en su lugar el vacío. Un vacío que no puede consolarnos cuando flaqueamos, sufrimos o estamos tristes.

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