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lunes, 19 de agosto de 2013

Historia de vida de una descendiente de alemanes del Volga

Una mujer, descendiente de alemanes del Volga, cuenta su vida sin dudas ni prejuicios. Revela sus vivencias más íntimas y deja al descubierto qué esperaban los padres y la sociedad de una mujer en aquellos lejanos años cuando las colonias comenzaban a surgir y las costumbres, las tradiciones y la férrea moral religiosa, se aplicaban sin contemplaciones y sin tener en cuenta los deseos personales de nadie.

-Mis padres junto a sus hijos producían y elaboraban casi todo lo que se consumía en casa. Tenían quinta de verduras y frutales. Un horno de barro para hornear pan. Dos veces al año carneaban una vaca y un cerdo para hacer chorizos, morcillas, jamón. Elaboraban chucrut y pepinos en conserva.  Dulces de tomate, zapallo, ciruela, higo, manzana. Tenían gallinero con gallinas, patos, gansos, pavos, gallaretas. Criaban cerdos, conejos y tenían alguna que otra vaca lechera. Tenían de todo. Y eso que éramos una familia humilde. Pero nunca fuimos pobres. Jamás nos faltó la comida. Todo lo contrario: cuando se podíamos también ayudábamos a algún vecino necesitado, a una viuda sola, a un anciano sin hijos. Antes la gente era más solidaria –rememora Emilia.
-Mamá y papá trabajaban mucho. Los dos. Mano a mano. Mi mamá se levantaba muy temprano para hacer el Kalach, el pan diario, y papá trabaja en el campo de peón. Se iba a caballo de madrugada.  A veces, a la noche, cuando regresaba, traía una liebre, un peludo, una mulita, una vizcacha. Esos eran días de fiesta. Los chicos nos poníamos contentos. Mamá preparaba guisos riquísimos. Eran muy sabrosos. Tenían un aroma que nunca voy a olvidar –sonríe la anciana mientras una lágrima rueda por la mejilla.
-Mientras  íbamos creciendo, los hijos nos sumábamos al trabajo. Los hombres en la tarea rural y las mujeres en las labores domésticas: limpiar el gallinero, el chiquero; barrer el patio con escobas fabricadas con ramas secas; regar la quinta con agua que había que sacar con la bomba, bombeando litros y litros de agua. Y, por supuesto, había que lavar la ropa de toda la familia, coser, remendar, planchas. Ayudar en la cocina… -enumera Emilia.
-Lo hacíamos con alegría. Cantábamos en alemán. Y a la noche, después de cenar, teníamos libre para jugar en la calle, con los hijos de los vecinos. Jugábamos a la mancha, a la escondida. Cazábamos bichitos de luz y los poníamos en un frasco, sobre cerca de la cama, como un velador. Eran juegos sencillos. Todo lo inventábamos nosotros. Jugábamos a la visita, a la mamá y al papá. Eran otros tiempos. Más lindos –vuelve a sonreír Emilia.
-Todo desapareció el día que abuela nos llamó para decirnos que papá había muerto. Al principio no entendimos lo que eso quería decir. Después lo vimos dentro del cajón, con los ojos cerrados, en la habitación vacía donde dormía con mamá, que lloraba desconsoladamente. Recién nos dimos cuenta lo que significaba la noticia cuando volvimos a casa después de sepultarlo. Ahí entendimos lo que había pasado. Estábamos solos para siempre y que nunca volveríamos a ver a papá –revela la anciana mirando fijo y sin pestañar para no llorar otra vez
-A partir de ese día todo cambio. Mi hermano mayor se hizo cargo de la casa hasta que mi abuelo le consiguió un marido a mi mamá. Antes era así. Los abuelos decidieron que mamá necesitaba un hombre, que tenía que volver a casarse, que no estaba bien visto que se quedara sola con cuarenta y cinco años. Y la casaron con un hombre de cincuenta. Un solterón. Alguien que aceptó enseguida y rápidamente se hizo cargo de la familia. La llegada del solterón hizo que la unión entre mamá y sus hijos se rompiera. Él era muy mandón. Siempre nos ordenaba hacer cosas. Nos decía que era por nuestro bien, que un día se lo íbamos a agradecer; pero lo único que logró fue que los mayores se casaran pronto y se fueran de casa. Y de a poco, nos fuimos yendo todos, dejando a mamá sola con el solterón. No sé si alguna vez se quisieron; pero siempre se llevaron bastante bien. Tanto que ella le hizo más caso a él que a sus propios hijos –reprocha bajando la voz para que no se le escape alguna lágrima.
-¡Así es la vida! –exclama-. Volví a casa después de muchos años, el día en que el solterón me mandó un telegrama a Córdoba para avisarme que mamá había muerto. Cuando llegué acá, cansada de un largo viaje y llena de dolor, hacía ya unas horas que la habían enterrado. Fui al cementerio a visitarla en la tumba. Lloré mucho. Me arrepentí de corazón de no haber regresado una sola vez para visitarla y verla con vida aunque más no sea un ratito. Nunca se me pasó el enojo que tenía porque se había vuelto a casar y preferir al solterón en lugar de sus hijos –esta vez sí, Emilia lloró desconsoladamente.

-El solterón tenía ochenta y tres años. Estaba en casa, en la casa donde habíamos nacido, que ahora era suya. Por eso mis hermanos y yo nos reunimos en la casa mi hermano mayor. Discutimos que hacer con la casa. Si pelear con el solterón o no, para que nos diera las cosas que le pertenecían a mamá y que ahora eran nuestras. Decimos no hacer nada. ¿Para qué? Ya no era nuestra casa. Papá y mamá habían muerto. Casi seguro que la casa había olvidado a papá hacía muchos años y que el interior estaba totalmente cambiado a como nosotros lo recordábamos. No quise ir a averiguarlo. Me fui de la colonia sin averiguarlo y lloré todo el viaje de regreso a Córdoba –cierra su relato Emilia Simon.

5 comentarios:

  1. JULIO ESTA SEÑORA AUN VIVE O ALGUNA FAMILIA DE ELLA , GRACIAS

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  2. No, lamentable, falleció hace algún tiempo. Su historia quedará por siempre en el recuerdo y vivirá eternamente aquí, en la memoria de todos, gracias a la gentileza que tuvo para contarla y compartirla con nosotros y con los lectores.

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  3. Tierra y Vida de mis Abuelos Paternos y Maternos, GRANDES !!!!!!!

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  4. Muchas gracias por visitar mi blog, leer y comentar!!!

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  5. Cómmovedora y triste historia, que te hace ver y pensar, la lucha de las personas,que fuerza y nobleza todo por salir adelante, a esta persona dios la tenga en la gloria!

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