
Con voz clara y segura habla de sus
padres. De su infancia humilde en las afueras de la colonia. De sus hermanos.
De las largas noches de invierno alumbradas por la precaria luz de una lámpara
a kerosén. De la poca comida que tenían. De lo felices que eran a pesar de
todo. De lo dura que fue su niñez. De los retos de las hermanas religiosas. De
cómo le pegaban sobre los dedos con el puntero.
Nos relata tantas pero tantas cosas de
su hogar, que se emociona y llora. Las lágrimas caen de sus mejillas y él
continúa contando sus vivencias. Una vez que comenzó a hablar coherentemente,
nada lo detiene. Su mente y su memoria funcionan a pleno, hacen catarsis.
Se casó a los 19. Tuvo 13 hijos. 2
murieron siendo bebés.
“Siempre trabajé en el campo –afirma-.
Fui muy feliz en el campo. Me gustaba mucho arar, sembrar y cosechar. Las
cosechas de antes eran fabulosas, trabajaba mucha gente y lo hacía con alegría,
cantando. ¡Eran otros tiempos! –suspira.
No deja de llorar. Habla y llora a la
vez. Las lágrimas y las palabras alivian su alma. Es feliz contando su vida.
Nos agradece que pueda hacerlo. Nos agradece millones de veces que lo hayamos
visitado. Llora. Sonríe. Habla. Cuenta. Recuerda. Y de pronto se va nuevamente.
Su mente se pierde. Y ya no regresa. Se queda en ese lugar ignoto al que nadie
tiene acceso, donde viven su pasado y sus muertos.
La hija que nos acompañó también llora.
Y nos mira dando por concluida la entrevista.
Y nos marchamos. Y Anselmo queda solo. Allá
en su mundo, allá en su realidad, allá en el geriátrico, junto a otros abuelos
igual de abandonados por sus seres queridos y la sociedad, que él.
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