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jueves, 26 de septiembre de 2013

La dura vida de abuelo Anselmo

Por momentos divaga. Entonces se extravía en laberintos sin retorno aparente, en los que su mente cae presa de un caos inverosímil, como un esclavo sin conciencia que es llevado de las narices a un olvido caótico. Balbucea nombres de personas, lugares, fechas… Inicia anécdotas que nunca concluye. Como un sastre que pretende hacer un traje de lujo con trozos de tela vieja o un hombre que desea armar un rompecabezas sin ningún sentido de orientación. Por eso hay que armarse de paciencia, de comprensión, y esperar. Esperar a que regrese. Para que cuando esté nuevamente en el presente, nos cuente su vida. Y nosotros esperamos. Y cuando nos mira y nos reconoce, sus ojos brillan de alegría y entusiasmo y parece un hecho mágico que su lucidez sea plena. Un acontecimiento tan increíble que nos parece un mal chiste que lo tengan confinado en un geriátrico y que hace unos días haya cumplido 91 años.

Con voz clara y segura habla de sus padres. De su infancia humilde en las afueras de la colonia. De sus hermanos. De las largas noches de invierno alumbradas por la precaria luz de una lámpara a kerosén. De la poca comida que tenían. De lo felices que eran a pesar de todo. De lo dura que fue su niñez. De los retos de las hermanas religiosas. De cómo le pegaban sobre los dedos con el puntero.
Nos relata tantas pero tantas cosas de su hogar, que se emociona y llora. Las lágrimas caen de sus mejillas y él continúa contando sus vivencias. Una vez que comenzó a hablar coherentemente, nada lo detiene. Su mente y su memoria funcionan a pleno, hacen catarsis.
Se casó a los 19. Tuvo 13 hijos. 2 murieron siendo bebés.
“Siempre trabajé en el campo –afirma-. Fui muy feliz en el campo. Me gustaba mucho arar, sembrar y cosechar. Las cosechas de antes eran fabulosas, trabajaba mucha gente y lo hacía con alegría, cantando. ¡Eran otros tiempos! –suspira.
No deja de llorar. Habla y llora a la vez. Las lágrimas y las palabras alivian su alma. Es feliz contando su vida. Nos agradece que pueda hacerlo. Nos agradece millones de veces que lo hayamos visitado. Llora. Sonríe. Habla. Cuenta. Recuerda. Y de pronto se va nuevamente. Su mente se pierde. Y ya no regresa. Se queda en ese lugar ignoto al que nadie tiene acceso, donde viven su pasado y sus muertos.
La hija que nos acompañó también llora. Y nos mira dando por concluida la entrevista.
Y nos marchamos. Y Anselmo queda solo. Allá en su mundo, allá en su realidad, allá en el geriátrico, junto a otros abuelos igual de abandonados por sus seres queridos y la sociedad, que él.

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