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viernes, 6 de diciembre de 2013

Historia del anciano que alguna vez creyó en el amor

Esta es la historia de un anciano que  sufrió por amor. Un viajero de la vida. Nació en las colonias; se mudó a Buenos Aires para hacer fortuna y regresar para casarse con la hija del patrón donde trabajó de peón rural, en una estancia cercana a los pueblos alemanes; pero cuando regresó para concretar la boda, se encontró con la novedad de que su amada se había casado con otro. Todo lo que obtuvo como disculpa es una carta de despedida que guarda desde hace cincuenta años y el convencimiento de que el camino de los ricos y los pobres no se unen jamás. “Hay un destino para gente con dinero -sostiene con amargura- y otro para gente pobre. ‘El oro y el barro no se mezclan’, me dijo el padre de ella cuando fui a pedirle la mano de su hija, aquella tarde en que lo perdí todo. En que perdí mis sueños y mis ganas de seguir viviendo. Si continué  fue porque no tuve el coraje de quitarme la vida. De toda una existencia no queda más que una carta, una antigua carta de amor que vine a compartir con los lectores de Periódico Cultural Hilando Recuerdos”.

De entre los pliegues de la libreta de enrolamiento sacó una carta, doblada en cuatro, y me la entregó. El papel estaba ajado, viejo y amarillento. Abrí la hoja con cuidado, crujía, de tan frágil que era, casi como un pétalo en otoño… y comencé a leer. Eran palabras de amor. Frases engarzadas con sílabas de ternura y adiós; un adiós manchado de llanto que borroneó las últimas oraciones que apenas eran legibles.
El anciano me miró leer la carta; bajó la mirada para que no descubriera como se le llenaban de llanto los ojos y suspiró hondo, como quien exhala aliviado luego de revelar un secreto largamente guardado. Dijo algo en alemán, algo como una frase de disculpa, y se sonó la nariz. Dobló el pañuelo y lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón: vestía traje antiguo, fuera de época y muy usado.
Levantó la vista y sonrió. Sus ojos celestes brillaron intensamente. Me confesó que llegó a la redacción de Periódico Cultural Hilando Recuerdos porque había visto un ejemplar y le gustó la manera “en que se relatan los recuerdos, las historias de antaño, los días felices de la niñez”. Me dijo que deseaba que leyera la carta y escribiera sobre él y su historia de amor que no fue. También me pidió que no revelara su nombre, que solamente dijera que era “un viajero de paso por las colonias. Alguien que alguna vez amó mucho y no fue correspondido. Un peón de campo que se atrevió a amar a la hija del patrón.
“Un hijo de las colonias que un día se fue a Buenos Aires y tuvo suerte. Abrí una pequeña tiendita. Empecé de abajo e hice un poco de plata”, agregó. “Siempre pensando en volver para casarme. Tenía que ser alguien para esta a la altura de ella”, sentenció con tristeza, estrujando sus manos.
“Pero cuando pude regresar ella ya se había casado con otro. Ni siquiera se tomó la molestia de recibirme. Me mandó una carta de despedida”.
El anciano volvió a bajar la mirada. Sus labios temblaron y una lágrima rodó por la mejilla. No hacían falta palabras. Le devolví la carta. Me estrechó en un fuerte abrazo, como desahogando la angustia reprimida durante años.
Una vez calmado, acotó que al leer la carta decidió retornar a Buenos Aires. Nunca se casó y jamás volvió a las colonias, hasta hoy, en que visitó la redacción de Periódico Cultural Hilando Recuerdos para hacer pública su historia de amor.
“No la culpo”, concluyó. “Se casó con alguien de su posición social. Le hizo caso a su padre. Tuvo varios hijos. Todavía vive pero no tengo el valor de ir a visitarla. ¿Para qué? Ya pasó mucho tiempo. Quizás ni siquiera me reciba. ¿Para qué ahondar el dolor? Además no creo que regrese otra vez a las colonias. Ya estoy demasiado viejo”.

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