
Es
decir tiene el mismo tronco étnico-cultural de tantos descendientes de alemanes
que habitan en Entre Ríos, originarios de las aldeas que se instalaron aquí a
fines del siglo XIX.
La
única diferencia es el origen ruso: mientras sus abuelos vinieron de Ucrania, a
orillas del Mar Negro, la mayoría de los colonos que se afincaron en la
provincia de Justo José de Urquiza, en 1878, provenían del valle del caudaloso
Río Volga.
Miller
cultivó un fuerte interés por la historia de sus antepasados. Fue a través de
su abuela materna y de sus tías que aprendió el idioma alemán, y en una escuela
católica de la colectividad le incentivaron la importancia de conservar la
memoria familiar y grupal. Con el propósito de preservar este legado, se ha
dedicado a recopilar y documentar todo sobre él.
Actualmente
es director y bibliógrafo de la Colección del Patrimonio de los Alemanes de
Rusia. Además, está conectado con la Universidad de Dakota del Norte, que abrió
un centro de recolección de registros de todo tipo, para salvar la memoria de
este grupo étnico.
El
estadounidense se ha abocado en su país a realizar documentales fílmicos para
rescatar esta memoria. Y como ahora elabora un nuevo trabajo, viajó a la
Argentina para contactarse con los descendientes de alemanes-rusos.
Entre
Ríos es por estos días el centro de sus operaciones. Estuvo el jueves en
Gualeguaychú, donde tomó contacto con miembros de la Asociación de
Descendientes de Alemanes del Volga.
Se
acercó además a los estudios de Radio Cero, acompañado de Fabián Zubia, un
traductor argentino -también descendiente de los alemanes del Volga-, y por Bob
Dambach, director de Prairie Public Broadcasting (organismo público de
radiodifusión con sede en Fargo, Dakota del Norte).
Gracias
a los buenos oficios de Leandro Hildt, miembro de la asociación local de los descendientes
alemano-rusos, elDía y Radio Cero realizaron una extensa charla con Miller,
ayudados por la pertinente traducción de Zubia.
¿Cómo
se explica la inmigración alemana a Rusia? Según Miller, hay que situarse en la
convulsionada Europa del siglo XVII, y en especial en una Alemania atravesada
desde antes por guerras y conflictos interminables.
En
tierras germánicas, además, se respiraba un ambiente de intolerancia religiosa
que hacía difícil la convivencia. Fue en este contexto que se conocieron los
atractivos planes colonizadores de la zarina Catalina II de Rusia –ella a su
vez alemana de origen-.
La
emperatriz rusa ofrecía una serie de privilegios para los inmigrantes alemanes.
En esencia podrían conservar su idioma, ejercer su profesión, tendrían libertad
religiosa, y algo muy importante: se los eximía de prestar el servicio militar
obligatorio.
Se
otorgaban tierras en el límite sur de la Rusia europea, que era una geografía
recientemente conquistada y estaba por tanto vacía. Fue así que en el año 1763
comenzó la emigración alemana a las llanuras del Volga.
De
acuerdo al relato de Miller, después siguió el peregrinar de otros grupos. En
1812, después que el nieto de Catalina conquistara nuevas tierras en la zona
del Mar Negro, allí también se instalaron familias alemanas.
Esos
fueron los dos asentamientos germanos principales en el antiguo imperio
ruso. “Igualmente hubo alemanes en muchas partes de Rusia; incluso en
la capital de entonces: San Petersburgo. También está la inmigración de
alemanes a Volinia (cerca de la frontera con Polonia), cuyo asentamiento empezó
como un goteo poco después de 1800”, refirió el entrevistado.
Es
interesante hacer notar que, luego, muchos de estos alemanes de Volinia se
asentaron en la provincia argentina de Misiones. Vinieron en ese momento, allá
por 1920, con pasaporte polaco.
Los
colonos alemanes en Rusia se asentaron siguiendo el modelo de la aldea (un
dibujo que después se trasplantó a otros lugares). “Vemos casas
agolpadas sobre una calle principal y los campos se extienden detrás de la
vivienda de cada uno de los colonos”, grafica Miller.
Además
de las casas, los colonos construyeron escuelas e iglesias. Al principio fue
una lucha dura y constante para domar una naturaleza que se mostraba hostil.
Además, hubo que adaptarse a las condiciones que imponía la nueva situación
humana en un país lejano.
Pero
las aldeas alemanas, de perfil netamente agrario, que económicamente se
autoabastecían, prosperaron y su población se incrementó ostensiblemente. Por
cierto que dentro del imperio, había otros grupos humanos (como mogoles y gente
de religión musulmana).
Se
diría que reinaba una suerte de coexistencia pacífica entre las etnias. Y esa
política liberal era propiciada por los gobernantes rusos de entonces. Pero
esta coexistencia empezó a resquebrajarse. Según Miller, la prosperidad alemana
despertó celo entre los otros grupos.
Cambio abrupto del entorno
Las
aldeas alemanas no sólo eran autosuficientes desde el punto de vista económico,
sino culturalmente. Y esto gracias a la libertad de que gozaba en Rusia, para
tener sus propias escuelas e iglesias.
Estas
condiciones habían permitido la conservación de su idioma y su cultura. Por lo
demás, hay que pensar que los casamientos se hacían dentro de las aldeas.
Después
de casi siglo y medio de permanencia en Rusia, la situación de la etnia alemana
se modificó. Miller señala que hubo un “cambio de opinión” de
las autoridades y de la sociedad rusa.
Hasta
ese momento estaba vigente un modelo multicultural en toda Europa. Es decir, no
había Estados que tuviesen una etnia prevaleciente, con una única religión y
lengua. En su geografía, podían coexistir otros grupos.
“Pero
a mediados del siglo XIX hubo una especie de cambio de mentalidad en toda
Europa, más afín al nacionalismo”, relató. El zar Alejandro II
emprendió así una política de “rusificación”, dirigida a
asimilar a las otras etnias que habitaban el imperio.
Fue
en este contexto que la autoridad dejó sin efecto las condiciones que hicieron
posible en el pasado la estada de los alemanes en Rusia. Se revocó así la
esencia del edicto de la zarina Catalina.
Cayó
la promesa de eximir a los colonos alemanes y a sus descendientes del servicio
militar obligatorio. A la par se los obligó a adoptar y hablar el idioma ruso.
Miller
contó que su bisabuelo decidió irse de Rusia en 1873 porque le tocaba el
servicio militar ruso y fue así que llegó a Estados Unidos. Los alemanes de
Rusia, temieron que la nueva política fuera in crescendo, y
entonces se los obligara a cambiar su religión y practicar el rito ortodoxo.
América, tierra de libertad
En
esa época países como Argentina y Estados Unidos, deseosos de poblar sus
fértiles y vastas geografías, tenían una política liberal dirigida a atraer
inmigrantes europeos.
“Sus
gobiernos hacían propaganda tanto en Ucrania como en Rusia. Era una prédica que
consistía en ofrecer libertad y nuevas oportunidades”, recordó el entrevistado.
Los
alemanes de Rusia no sólo se mostraban trabajadores. También eran
prolíficos. “Las familias se multiplicaban muy rápido. Todas tenían un
promedio de 10 hijos”, apuntó.
Hay
que apuntar que Argentina estaba en plena expansión capitalista. Terminadas las
guerras civiles en el Río de la Plata, la constitución liberal de 1853 promovió
el ingreso de capitales y de recursos humanos extranjeros.
Ese
texto constitucional declaraba: “Los extranjeros gozan en el
territorio de la Confederación de todos los derechos civiles del ciudadano:
pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces,
comprarlos y enajenarlos; navegar los ríos y costas: ejercer libremente su
culto; testar y casarse conforme a las leyes. No están obligados a admitir la
ciudadanía, ni a pagar contribuciones forzosas y extraordinarias. Obtienen
nacionalización residiendo dos años continuos en la Confederación; pero la
autoridad puede acortar este término a favor del que lo solicite (…)”
Cuando
los alemanes del Volga llegaron al puerto de Buenos Aires, un contingente fue
derivado a la provincia de Entre Ríos, el cual se estableció en la zona de
Diamante en el año 1878.
Miller
refiere que los alemanes que se quedaron en Rusia, la pasaron mal. Después de
la Primera Guerra Mundial, sobrevino la revolución bolchevique. Desde entonces,
el gobierno soviético impidió que pudieran salir del país.
En
1941, el Estado comunista suprime el sistema de colonias. “Incluso los
alemanes del Volga, que habían logrado constituir una república, la pierden.
Después los deportaron a Siberia y a Kazajstán”, contó.
En
el Nuevo Mundo, además de Estados Unidos y Argentina, los alemanes de Rusia
optaron por Brasil y Uruguay. Algunas familias partieron desde Estados Unidos
hacia Canadá.
Después
está el caso de los menonitas, una rama del movimiento cristiano anabaptista,
originado en el siglo XVI, como expresión radical de la reforma protestante.
Grupos
de agricultores menonitas de Prusia (donde se les impusieron en el siglo
XVIII severas condiciones para su permanencia), habían emigrado a Ucrania.
A
partir del cambio de condiciones en Rusia, que afectó a todos los alemanes
étnicos, a partir de 1870 muchos de ellos decidieron ir a vivir a Canadá y
Estados Unidos.
En
la misma época aparecen registros de menonitas emigrados de Rusia en América
del Sur. Fue en Argentina, en 1877, cuando se formó una colonia agrícola cerca
de Olavaria, en la provincia de Buenos Aires.
Parte
de los menonitas de Rusia que huyeron de la persecución comunista emigraron a
Paraguay en 1930.
Un pueblo caminante
¿Cuál
es el ethos propio de los alemanes de Rusia? ¿Cuál es el rasgo caracterológico
dominante de este grupo humano? Miller cree que nada los diferencia de los
alemanes de Alemania, salvo una cosa: han debido moverse, peregrinar por
distintos lugares, en pos de hallar una vida mejor.
Los
alemanes-rusos, por otro lado, se dicen a sí mismos que son un “pueblo
en camino”. Y en ese ideal de estar mejor, hay una actitud de no
conformarse con situaciones malas o mediocres, y de rechazo a toda resignación.
De
hecho donde ellos fueron, se levantaron y prosperaron. El entrevistado cuenta
que esto mismo hicieron en Dakota, que era un territorio despoblado e inhóspito
cuando llegaron.
¿Qué
diferencia existe entre la colectividad que vive en Estados Unidos y la que
existe en Argentina? En el país del norte los alemanes-rusos suman cerca de 5
millones de personas. En Argentina se calcula que hay 2,5 millones.
Vistos
en proporción, en función de la población global de los dos países (Estados
Unidos tiene 300 millones, Argentina 40 millones), Miller cree que en estas
pampas debería ser mayor el impacto cultural de la colectividad.
Sin
embargo, él estima que los alemanes-rusos de Estados Unidos son más activos.
Tienen producción universitaria y mediática de más escala, en orden a preservar
y difundir la cultura étnica.
Como
sea, cree que aquí en Argentina hay una marcada tendencia a preservar valores
tradicionales propios de la colectividad, como la lengua y el folclore. Al
tiempo que le llamó la atención el interés de los jóvenes por identificarse y
conocer la cultura y la historia de sus ancestros.
Según
Miller, las nuevas tecnologías de la comunicación están produciendo un renacer
de la colectividad en todo el mundo. Este revival está íntimamente conectado a
Internet, donde los descendientes de alemanes-rusos de distintos lugares del
planeta, han encontrado un espacio para interactuar y conocerse.
El
documental fílmico que él está produciendo, y para el cual está visitando
Argentina y Entre Ríos, pretende contribuir a acrecentar y difundir la historia
y la cultura de los alemanes de Rusia.
Aldeas entrerrianas
En
las fértiles tierras del departamento Diamante, el gobierno nacional
(encabezado por Nicolás Avellaneda) crea en 1878 la colonia General Alvear,
adonde los primeros inmigrantes alemanes-rusos recibieron en concesión tierras
para el laboreo.
Según
consignan algunos autores, allí alrededor de 400 familias fueron beneficiadas
con 20 mil hectáreas, las cuales fueron vendidas al precio de 1,50 peso la
hectárea, con tres años de gracia para el pago.
En
ese espacio los recién llegados se agruparon conforme a su religión (unos eran
católicos y otros protestantes) y pueblo de origen, con la idea de mantener sus
tradiciones y cultura.
Así
nacen las primeras aldeas que actualmente conservan sus primitivas
características: Valle María, Spatzenkutter, Salto, Protestante, San Francisco
y Brasilera.
Ante
la expansión que verificaron las aldeas, la tierra agrícola se convirtió en un
bien escaso. Fue entonces que Pedro Michel, Felipe Huck, Jacobo Bauer y Andrés
Müller vinieron a la zona de Pehuajó Norte, departamento Gualeguaychú, y se
contactaron con Juan Spangenberg, de origen alemán, que poseía 12.000 hectáreas
en la zona.
Allí
se proyectó instalar a los nuevos colonos. Se formaron tres grupos,
espontáneamente; los Huck fundaron la aldea San Antonio; los Bauer, Schimpf y
Reichel, la aldea Santa Celia; y un grupo más nutrido, conformó luego la aldea
San Juan.
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