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martes, 21 de octubre de 2014

Historia de sacrificios y discriminación (Vida de un abuelo alemán del Volga)

Llegó al país en 1910. Arribó solo trayendo un baúl repleto de sueños que uno a uno fue sembrando en tierra estéril y vientres secos que ya no tenían la suficiente fertilidad para darle vida a sus ilusiones de poseer una parcela de tierra propia y un hijo rubio como los trigales corriendo detrás de las mariposas en la vastedad de la pampa que, irónicamente, aquel día que pisó por primera vez la estación de ferrocarril de Coronel Suárez, le prometió un futuro lleno de riquezas para los hombres de buena voluntad que, como él, vinieran a colonizar y poblar la inmensa y floreciente Nación Argentina.
Los primeros dos años los vivió recluido en un galpón de chapa trabajando en mil y una tareas rurales, casi como esclavo, para un patrón inmigrante perteneciente a la misma etnia que llegó a la región veinte años antes e hizo fortuna olvidando pronto las penurias pasadas y la ayuda recibida para comenzar a abrirse camino por cuenta propia como propietario de una chacra comprada con créditos y favores del gobierno. Para él no hubo nada de eso. La fiebre colonizadora había concluido. Los emigrados de las aldeas del Volga que continuaron llegando se instalaron dónde y cómo pudieron, haciendo surgir en los aledaños  de las colonias nuevas calles en lugares insólitos, algunas con salida a ninguna  parte, donde construyeron precarias viviendas de adobe que la realidad social trocó en sinónimo de pobreza y conformaron un conglomerado de habitantes que fueron conocidos con nombres despectivos, formando una comunidad marginal y casi independiente dentro del mismo pueblo.
-La discriminación siempre aparece -reflexionó el inmigrante rememorando los primeros años en la Argentina-. En Rusia porque éramos alemanes, por nuestra irrenunciable fe en Dios y porque queríamos preservar nuestra forma de vida. Aquí, como no podía ser de otra manera, ya que el creerse superior o mejor que un semejante es algo inherente a la condición humana, también hubo discriminación. De parte de los criollos porque no nos comprendían y nos miraban con aversión dejando traslucir en sus actos despóticos todos sus prejuicios sociales y culturales. Nos despreciaban, sí, nos despreciaban, sin molestarse en tratar de entender nuestras costumbres. Claro, fue más sencillo mofarse de nosotros y hacernos sentir poca cosa que tomarse la molestia de tratar de aceptarnos tal como somos, retrasando con esta actitud soberbia nuestra integración plena a la sociedad argentina que tanto sufrimiento nos costó y por la que debimos renunciar a la mayoría de las tradiciones que conservamos durante centurias. Queríamos ser iguales a ellos sin entender que la diferencia nos volvía interesantes, únicos y nos daba identidad. Sí, siempre hubo y  habrá  prejuicios  y  discriminación. Hasta    entre    nosotros.
¿Para qué negarlo? La división entre    aristocracia    y    plebe    existe    en  todos   los   pueblos   y   todas   las   etnias   y culturas. Ricos que menosprecian a los pobres, lindos que desvalorizan las virtudes de los feos, cultos que se creen sabios y desprecian al que no tuvo oportunidad de estudiar porque desde pequeño agachó la espalda para arar, sembrar o trabajar en lo que sea. Personas que le dan más trascendencia al parecer que al ser y denigran al humilde que se conforma con lo que posee. Qué importa lo que ocurra puertas adentro de la casa si hacia fuera mostramos un hogar ordenado, un hermoso coche y tenemos dinero suficiente para gastar en cosas superfluas. Qué importancia tiene la felicidad. Interesa lo que piensan y digan los demás-, ironizó remarcando la sentencia sin advertir en ningún momento que, como todos los ancianos, dialogaba consigo mismo desarrollando una infinidad de ideas a la vez sin prestarle la más mínima atención al meollo de la cuestión que originaba la reflexión: sus monólogos concluían siendo un enorme pulpo con varios tentáculos.
Sin embargo él sabía perfectamente de lo que estaba hablando porque soportó el martirio en carne propia como muchos de sus hermanos de sangre que nunca lograron una buena posición económica o social. Conservaba en el alma las cicatrices de varias heridas recibidas en ultrajantes circunstancias que humillaron su orgullo y lastimaron su amor propio. Aprendió a callar pero no a olvidar. Bajaba la cabeza y soportaba. Sabía que los pobres siempre son pobres y nunca tienen derechos, tanto en Rusia como aquí, sobre todo en los comienzos del siglo XX.
Cumplidos los dos años de trabajo en la chacra del inmigrante avenido a rico, inició una vida errante que lo condujo a seguir la huella de las cosechas de trigo, maíz y girasol. Vivió como los gitanos, mudándose de campo en campo, formando parte de un numeroso contingente de personas que, con sus carros, enseres y familias, vagaban por la provincia ofreciendo sus servicios de cosecheros.
La existencia trashumante que llevó lo privó del amor y tuvo que conformarse con disfrutar de camas ardientes de sexo pero vacías de sentimiento. Ninguna mujer le dejó un recuerdo perdurable, todas fueron como el fuego que arrasa un rastrojo y no deja más que ceniza que el viento arrastra a ninguna parte.
Cuando se cansó de esa existencia (porque existir no es lo mismo que vivir) alquiló una vivienda en la colonia. Pero era tarde ya para empezar por donde debió haber empezado cuando arribó al país y las circunstancias adversas que halló no se lo permitieron o –pensaba ahora- tal vez fue demasiado débil para luchar por sus ideales y se dejó vencer enseguida, porque es más sencillo y menos conflictivo abandonarse ciegamente a la corriente arrolladora del Destino que jugarse por lo que uno cree. Nunca exigió nada –reconoció avergonzado. Siempre aceptó la decisión de los demás aun cuando estaba en desacuerdo y creyera lo contrario.
Los años pasaron y envejeció. Hoy reside en el hogar de ancianos, sin jubilación para mantenerse, sin parientes que velen por su salud, y sin amigos que lo visiten porque los poco que tuvo se los fue llevando el tiempo.
-Linda mañana, dijo señalando el horizonte como excusa para escapar de los malos recuerdos.
La anciana que estaba sentada a su lado coincidió con su opinión. Ambos se miraron y sus manos se buscaron como dos pájaros necesitados de afecto. Sus pupilas brillaron de ternura.
Encontró el cariño de una mujer cuando no lo esperaba y cansado de una existencia de soledad y miseria aguardaba la muerte. Comprendía que no le quedaban disponible años para forjar una ilusión y proyectar un destino diferente pero al menos tenía el consuelo de conocer el amor y amar y ser amado aunque más no sea una sola vez en su vida. (Julio César Melchior).

1 comentario:

  1. Qué hermoso, al menos al final de su vida encontró el amor...

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