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jueves, 30 de octubre de 2014

Historia de vida de Zulema Hubert de Schwindt

El recuerdo de las Hermanas Religiosas, la construcción del imponente templo parroquial en San José y la continuidad de la tarea misional. “Tomarse un tiempo para conversar con la gente que está enferma, destinarle una sonrisa, tomarle la mano, mirarlos a los ojos, escuchar lo que tienen para decir. No tiene precio lo que se recibe en esos pocos minutos de dedicación para quienes atraviesan el dolor de una enfermedad y quieren recibir a Jesús a través de la Eucaristía”.

Nació en Cascada pero cuando iba a empezar el tercer grado sus padres la mandaron como pupila a la Escuela Parroquial. 
Ese mismo año sus padres compraron la vivienda que está enfrente de lo que es hoy el Instituto Hermanas Misioneras. 
Zulema recuerda con mucho cariño su paso por la institución educativa: “era todo muy lindo con las Hermanas Misioneras. Todo lo que soy, la doctrina, la religión, se lo debo a las Hermanas. Uno se va formando de otra manera. Ahí envié a mis hijos y siguieron sus hijos, es decir, mis nietos”.
Recuerda a la Hermana Joela, a Trinidad, ambas difuntas, también a la Hermana Inmaculada, Gertrudis y Remildes. De ellas tiene noticias, ya que sigue en contacto permanente con la Congregación y con la Escuela Parroquial.
Es que desde hace muchos años Zulema es la celadora del grupo de AMES (Asociación Misioneras del Espíritu Santo). 
“Ellos me llaman por teléfono, me cuentan cómo están las Hermanas, entre ellas la Hermana Tarsicia, que tanto trabajó en la iglesia, o la Hermana Rosa Felice”.
Estas Hermanas eran las que hacían tortas fritas y buñuelos los días de lluvia y recuerda incluso que con una de las religiosas, en los años en que estaba de pupila, en el ´55, “iba yo caminando hasta lo de Yungplut, buscando cañas para quemar en el horno para hacer tortas fritas. Salíamos de la parte de atrás de la casa de las Hermanas y cruzábamos todo el campo, cantando en alemán o rezando el Rosario. Íbamos con la chica de Pin, haciendo ese recorrido que empezaba temprano en la mañana y terminaba cerca del mediodía”.
Apunta también el esfuerzo que hicieron las familias, historias que su padre y su madre le contaron, para llegar a construir la Iglesia de Pueblo San José, este templo magnífico, levantado como símbolo de religiosidad. 
Recuerda que sus padres le contaban que se edificaron las paredes exteriores del gran templo mientras en el interior quedaba encerrada la primera iglesia que tuvieron los alemanes de Pueblo San José. 
Una vez que estuvo lista esa parte de la obra se tiró abajo esa primera construcción para dar lugar a todas las terminaciones interiores, que son dignas de admiración y contemplación porque implican esfuerzo, sacrificio económico, dedicación y sobre todo una fuerte creencia en Dios y en la fuerza que de Él proviene.
Zulema Hubert de Schwindt tiene como misión visitar a los enfermos y llevarle la Eucaristía, tarea que cumple con algún sacerdote o bien con algún Ministro de la Eucaristía. 
“Tomarse un tiempo para conversar con la gente que está enferma, destinarle una sonrisa, tomarle la mano, mirarlos a los ojos, escuchar lo que tienen para decir. No tiene precio lo que se recibe en esos pocos minutos de dedicación para quienes atraviesan el dolor de una enfermedad y quieren recibir a Jesús a través de la Eucaristía”.
Una mujer de San José que se confiesa muy feliz de vivir en ese lugar y rodeada de la gente que conoce de toda la vida.

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