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martes, 13 de enero de 2015

Recuerdos de la escuela primaria

Por Carlos Emilio Araujo
Fuente: “Tango y Cultura Porteña”
 FM 97.9  Radio Cultura.
Emisión Nº 24. 11 Octubre de 1999
 
Comenzábamos la escuela primaria cursando el primer grado inferior. Era todo un acontecimiento el de colocarse el guardapolvo blanco, planchado y almidonado. Zapatos de cuero lustrado, si se tenía la buena suerte de tener un par, o simplemente alpargatas, si se tenía la mala suerte de ser pobre, como la mayoría de los chicos de las colonias; y un peinado impecable. Así se salía de casa pero al regreso, al guardapolvo le faltaba un botón, tenía manchas por todos lados y estaba casi deshecho.
En los primeros meses no se usaba tinta; sólo se escribía con lápiz negro, empezando con los palotes y luego las letras. El libro de lectura nos introducía en la maravillosa aventura de aprender a leer: “mi mamá me ama”.
La cartera escolar, colgada en bandolera, era de cuero, delgado o grueso y alojaba los elementos imprescindibles para las tareas diarias, que se realizaban de lunes a sábados. Cuaderno borrador y cuaderno de clase; libro de lectura y Manual del Alumno; caja de útiles de madera donde guardábamos lápiz, lapicera con su pluma cucharita o cucharón, sacapuntas tradicional o aquel otro que usaba hojitas de afeitar ya utilizadas; compás, limpia plumas elaborado con recortes de género unidos con un botón central; goma de borrar para lápiz y tinta; el papel glacé y el papel secante. Goma de pegar; lápices de colores en cajas de 6 o 12 unidades.
Las escuelas parroquiales eran parecidas entre sí: rigor, orden y autoridad. Las escuelas estatales, en la época de Perón, nos ofrecían un riquísimo desayuno consistente en una taza de leche chocolatada acompañada de un pancito: un majar que hasta ese momento nunca habíamos tenido la dicha de saborear.
Durante los recreos, nos divertíamos con juegos de figuritas redondas de chapa, la payana, la rayuela, las bolitas, y tantos otros juegos que hoy desaparecieron para no volver.
Toda esa algarabía se detenía al sonar la campana. Al primer toque, silencio y al segundo, cada grado formaba frente a la campana, para ingresar en forma ordenada. Nos alineábamos en 2 filas, estableciendo la distancia de un brazo extendido entre uno y otro.
Con la escuela llegaban los piojos. Y como siempre fueron problema, las religiosas con dos lápices, nos revisaban la cabeza y a los portadores, se les indicaba que concurrieran con sus padres, a fin de informarles sobre la novedad; el examen de las uñas y de las rodillas, completaban la tarea.
La religiosa pasaba lista y a la respuesta de “Presente”, nos parábamos para identificarnos. Los bancos del aula eran de madera, para dos alumnos, con un tintero en el medio. El paso de los años se apreciaba en las innumerables marcas e inscripciones que tenía, dificultando muchas veces la escritura.
El pasaje del lápiz a la tinta era un acontecimiento especial: a partir de ese momento los dedos cambiaban de color y las manchas de tinta no nos abandonarían durante años, con el agregado de manchas en los cuadernos y en el guardapolvo. Ahí conocimos el valor agregado de la goma de borrar, el papel secante y el limpia plumas.
En el aula, las tareas asignadas a la lectura en voz alta y a los trabajos manuales, unido a las horas de ejercicios físicos, siempre despertaban nuestro interés. Durante la semana de fiestas patrias, las aulas se adornaban con motivos alegóricos; inducidos por la religiosa colaborábamos en su confección (en realidad nuestros padres) conjuntamente con el ayudante de la religiosa, un alumno seleccionado por sus condiciones, para secundarla en sus tareas.
El día de la fiesta, una de las religiosas pronunciaba un discurso incomprensible e interminable. Todos lucíamos la escarapela en la zona izquierda del guardapolvo, en el “sitio del corazón”. Al finalizar el acto recibíamos alguna golosina y todos nos marchábamos a casa felices y orgullosos de ser argentinos.

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