
Los abuelos
lo sabían. Lo sabían y comprendían profundamente. Por eso llamaron a su destino
Dios y entregaron en sus manos su porvenir. Confiaron plenamente en Él. Dejaron
que Él proveyera. Acataron el devenir cotidiano que, a veces, parecía no tener
sentido en el presente, pero que en el futuro sí lo tuvo. Aprendieron a esperar
sin desesperar. Confiaron. Se entregaron a la fe, a la conciencia plena de
creer en un ser superior. Y Él nunca los defraudó. Aun en la hora más difícil,
aun en el instante más crucial, Él estuvo a su lado, ayudándoles a decidir,
dándoles fuerza para continuar el camino y llegar a la tierra prometida.
Fue así como
pudieron dejar Alemania primero; el Volga después; y afincarse definitivamente
en la Argentina. Porque creyeron en Dios, confiaron en Dios y porque Dios los
hizo creer en sí mismos y confiar en sí mismos. De ese modo fue como
consiguieron llegar donde nunca nadie llegó: confiando siempre confiando, en
Dios y en sí mismos.
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