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sábado, 10 de octubre de 2015

Doña Elisa Stadelmann (vida y obra de una abuela alemana del Volga)

Doña Elisa Stadelmann nos recibe en su casa de adobe. Sentada junto a la cocina a leña, sonríe: su rostro ajado se ilumina al igual que sus ojos color cielo. Estaba rezando el rosario. Ataviada de negro recuerda los muertos que lleva en su memoria. Se escucha el monótono tic-tac del reloj de pared, el hervir del contenido de una cacerola y el crepitar de la leña que se consume. Nos invade la certeza de que ingresamos en el pasado; al de ella y al nuestro.

Doña Elisa enseguida nos cuenta de su niñez. Nos revela que nació en una de las habitaciones de la casa en la que todavía reside noventa y dos años después. Que tuvo once hermanos. Que jugó con muñecas de trapo que su mamá le cosía. Que jugaba con tortas de barro. Que se iba a cazar pajaritos y a pescar con sus hermanos varones. Que su papá murió cuando tenía siete años y que mamá se volvió a casar al año siguiente porque necesitaba un esposo para criar a tantos hijos (los propios más los tres que tuvo después). Y que empezó a trabajar a los nueve, ayudando a su madre y a su padre a trabajar en la quinta de verduras. Que apenas fue a la escuela hasta segundo grado. Que aprendió a leer y a escribir. En fin. Ríe. Llora. Se angustia. Buenos y malos recuerdos.  ”Pero fui muy feliz” sentencia.
Después nos habla de la época en que su padrastro la casó con un hombre ocho años mayor que ella para darle un buen porvenir y la mandó a trabajar al campo junto a su marido, donde permaneció durante quince años. Trabajando la tierra (sembrando, arando, cosechando), ordeñando, haciendo producir la huerta, preparando las conservas, encurtidos y dulces para el invierno, colaborando en las carneadas, sin olvidarse de su obligación de parir hijos, cuidarlos, criarlos, educarlos, ser sumisa y obediente del marido.
El tiempo le brindó a Doña Elisa la gracia de muchos recuerdos y la sapiencia de poder verlos hacia atrás con sabiduría y aceptación sin rencores ni enojos. Comprende que todo lo que vivió se resume en su identidad actual y que ya nada es lo que fue otrora. Todo cambió. Nada es igual. Ni las personas. Ni la moral. Ni la fe en Dios.
Aduce que el presente es mejor que el pasado “antes se sufría mucho”-sostiene. “Había que trabajar muy duro y se ganaba muy poco. Hoy no hay nadie que no tenga para comer. Eso sí, antes la gente era más solidaria. Nos ayudábamos entre todos”. Y agrega: “otra cosa que cambió mucho es la libertad que tienen ahora las chicas. Yo me tuve que casar con alguien que no me gustaba porque me obligó mi papá. Pero mi marido resultó ser un buen hombre” -acota enseguida. “No me hizo sufrir ni me trató mal”.

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