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miércoles, 13 de enero de 2016

Historia de hijos de inmigrantes

Autor: Juan José Sebreli
 “El tiempo de una vida”

Mis padres, que se habían casado al desencadenarse la gran depresión mundial de 1929, debieron de haber tenido una vaga noticia del derrumbe de la Bolsa de Nueva York; ese suceso estaba muy lejos en sus preocupaciones y, cuando comenzaron las desgracias, no sabiendo establecer de dónde ni por qué venían, las atribuyeron a la mala suerte personal.

Eran una pareja con módicas expectativas: mi madre acababa de obtener un puesto de maestra. Mi padre, que trabajaba en una marmolería, había sido designado responsable del local de ventas, apenas inaugurado. Instalados en la casa adjunta al negocio se dedicaron a arreglarla pensando que sería una residencia duradera, dispuestos, con conmovedora ingenuidad, a disfrutar de la sencillez y la calma, sin advertir que estaban cultivando el jardín sobre pantano. Nada hacía sospechar los peligros que los acechaban. No se preocupaban por la política pero la política se preocupó de ellos. Dos meses antes de mi nacimiento todo se derrumbaba: había estallado el golpe militar y la dictadura de Uriburu dejó cesante a mi madre. Al mismo tiempo, la crisis obligó a cerrar el negocio que atendía mi padre. De la noche a la mañana, ambos se quedaron sin trabajo y sin casa, al borde de agregarse a la numerosa fila de los “sin techo”.
El paternalismo que regía las relaciones laborales en algunas pequeñas empresas resolvió, momentáneamente, el problema: el empleador de mi padre le permitió habitar en un departamento de su propiedad, sin pagar el alquiler, a cambio de los salarios adeudados. Ese arreglo circunstancial impidió que yo naciera en  medio de la calle; nací pues, en una casa, a medias prestada, de la calle Brasil.
El miedo al descenso social, compartido por tantos inmigrantes o hijos de inmigrantes, era la otra cara de la rápida movilidad ascendente de los años de prosperidad; el pasado de pobreza del que se había logrado escapar amenazaba con retornar en un futuro siempre incierto. La crisis del treinta fue superada y la situación de mis padres mejoró a los pocos años pero, a pesar de no haber pasado nunca por la miseria extrema, esos sinsabores les dejaron una sensación permanente de inseguridad que me fue transmitida y todavía conservo, realimentada por otras sucesivas crisis económicas que debí atravesar y por el desalentador ejemplo de mis padres. Siento una profunda pena cuando pienso en ellos. Se sacrificaron toda su vida, fueron cumplidores, respetuosos, humildes, pero no les sirvió de nada y terminaron sin un centavo; sus magros ahorros habían sido devorados por la inflación, las devaluaciones y otras estafas legales. Formaron parte de la inmensa legión de víctimas anónimas de un sistema perverso que premia a la especulación y castiga la honestidad y el trabajo.

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